Una historia de piratas

Este es el sitio actual, en Manzanillo, en donde el 10 de noviembre de 1622, atracaron los cinco navíos piratas de origen holandés, más el español que habían capturado, con la intención de aprovisionarse en Salagua.

COLUMNA: Vislumbres

Enmarcado el tema dentro del mismo contexto histórico que hemos venido exponiendo en las colaboraciones anteriores, hoy les quiero comentar que, desde que don Antonio de Mendoza, el primer virrey, visitó la Villa de Colima en 1541, entendió que los diminutos puertos de Salagua y Navidad eran estratégicos para mantener y agrandar los intereses de la Corona y, que, por ende, debían cuidarlos de las ambiciones de otros países que, como Portugal, seguían expandiendo sus dominios y engrandeciendo sus rutas de navegación.

Por ese mismo motivo, desde que en 1564 se logró encontrar la ruta de ida y vuelta desde los puertos de Navidad y Salagua hasta las islas Filipinas, los sucesivos alcaldes mayores de Colima y Autlán recibieron el cargo añadido de “capitanes de guerra”. Teniendo como  obligación inherente, la de vigilar y proteger los puertos bajo sus respectivas jurisdicciones y el poder de usar para tales efectos, a todos los hombres que hubiese viviendo dentro de sus respectivos ámbitos territoriales.

Y este sigue siendo el arroyo en donde el alcalde mayor de Colima y el capitán Sebastián Vizcaíno apostaron sus hombres armados entre la muy tupida arboleda para sorprender a los piratas.

El problema, sin embargo, es que desde que inició el primer año del siglo XVII, a los habitantes de la Villa de Colima, la naturaleza “les tupió durísimo” y, tal como dije en el capítulo anterior, no pocos tuvieron la tentación de abandonar la villa e irse, por ejemplo, a buscar una mejor vida en Zacatecas o Guanajuato, en donde, como había metales preciosos, tal vez pudiesen contar con mejor suerte para enriquecerse y regresar, ya ricos, a su añorada España, o formar parte de la élite novohispana.

Pero dentro un día de principios de noviembre de 1622, llegó a la villa un correo a caballo procedente de la costa, anunciando que una armada pirata de bandera holandesa, integrada por cinco barcos muy bien armados, atacó a un navío español frente a las costas de Zacatula, forzando a su capitán, pasajeros y navegantes a huir en lanchas hacia la playa rocosa, falleciendo varios.

El navío capturado venía directo desde las costas de California, pero había permanecido varios días atrás en el puerto de Salagua, en donde fue provisto por la gente de Colima con frutas, verduras, cerdos, vacas y gallinas. Por lo que la noticia los llenó de sorpresa.

Pero el correo añadió una nota: que según se le había informado, la flota pirata se dirigía al mencionado Salagua, y que, por lo tanto, era menester que el alcalde mayor organizara los hombres de Colima para ir a defender al puerto.

Para buena suerte del alcalde, por aquellos días estaba de reposo en Colima el capitán de navío Sebastián Vizcaíno, gran experto en estos lances, y entre los dos organizaron a todos los “vecinos y estantes de la villa” que pudiesen portar un arma y, rapidísimo, tomando atajos por los cerros, se fueron hacia el puerto, encontrándose, ya casi para llegar, al capitán Carmona y sus hombres, quienes desde Zacatula se habían venido, a pie, con la intención de llegar precisamente a Salagua, para tratar de recuperar su barco.

Ambos contingentes se unieron, pusieron una emboscada a los piratas y, cuando éstos, en número de 200, bajaron de sus lanchones para ir a llenar sus barriles de agua dulce en el arroyo de Salagua, les comenzaron a disparar, causándoles varias bajas y obligándolos a huir rápidamente, llenándose de orgullo por haber realizado tan singular hazaña.

 

EL DÍA EN QUE SE ACABÓ EL CACAO

Durante casi todo ese primer lapso de existencia de la Villa de Colima, el cacao había sido el cultivo más rentable y esperanzador para sus habitantes, y a ese cultivo estaban agregando el de la caña de azúcar y los cocoteros, junto con los de algunos frutales a los que les estaba yendo muy bien, y otros que apenas se estaban aclimatando.

Pero a la “madre naturaleza” no le importaba ninguno de esos pequeños logros y, así, “el 29 de octubre de 1626, una terrible borrasca, dijéramos ahora un ciclón, barrió no sólo con los palmares y las huertas de cacao de la provincia, sino que dejó sin hogar a la mayoría de vecinos de la villa de Colima, donde arrasó la población al grado que, de verse todos tan perdidos, decidieron despoblar la villa”.

Cuatro años antes se había levantado un censo respecto a los propietarios de cacao y se había notificado que, de los menos de cien criollos y españoles que vivían en ese tiempo en la Villa de Colima, 31 eran dueños de 322 mil árboles de cacao, que daban de beneficio aproximadamente “un peso cada árbol al año”. Cifra que en tan remotos ayeres era de muy grande consideración y que daba, a los más prósperos, la condición de ricos.

Pero el huracán fue tan fuerte que, según lo narró un poco tiempo después, fray Antonio Tello, guardián (o párroco) del Convento de San Francisco, no sólo “derribó y arrancó todos los árboles de cacao”, sino una gran cantidad de “palmas de coco, frutales y cañaverales de aquellos valles”, quedándose casi todos vecinos de la dicha villa sin nada, y sin elementos para poder recuperarse de la enorme pérdida que habían sufrido.

Al verse ante tal situación, no pocos pensaron en la posibilidad de irse de otro sitio en donde pudiesen vivir sin enfrentar tantísimas calamidades. Pero “don Juan de Sámano Quiñónez, Alcalde Mayor y capitán de guerra de aquella provincia […] les requirió que no se desavecindasen de ella ni la desamparasen hasta” que no pudiese hablar con el virrey de ello.

(El virrey) entendió que, si no les autorizaba la exención de impuestos o cosa parecida, los vecinos la Villa de Colima se iban a desesperar, se mudarían de allí, y dejarían, por ende, desprotegido al puerto. Por lo que les volvió a permitir que plantaran otra vez los palmares (que otro había prohibido) y los exentó de ciertos pagos durante diez años.

Pero, en contra de lo que los antiguos propietarios de árboles de cacao esperaban, resultó que aun cuando procuraron hacer las más “exactas diligencias” para “plantar árboles de cacao y reedificar las huertas destruidas”, ya no les fue posible restaurarlas, porque tras el huracán “quedó una [extraña] destemplanza en la tierra” y las nuevas plantas que sembraron ya no pudieron crecer, y aún se secaron “totalmente algunos árboles que habían quedado en las huertas de particulares de la dicha Villa”.

Así, pues, desmoralizados y todo, los productores que se quedaron en Colima empezaron a recuperarse con la caña, la ganadería y el todavía muy buen negocio de la sal, que exportaban incluso hasta las minas de Guanajuato y Zacatecas, pero tampoco les duró mucho el gusto porque cuando apenas estaban reponiéndose de tan grandes descalabros, ocurrió…

 

LA GRAN QUEMAZÓN

Según las indagaciones realizadas por el profesor Genaro Hernández Corona, una de las mayores y más entristecedoras desgracias padecidas por los desesperados habitantes de la Villa de Colima en el siglo XVII, se manifestó en forma de un gran incendio acaecido el primero de marzo de 1653 (pero del que se le mandó información al virrey hasta el día 16 de ese mismo mes), cuando gobernaba en esta jurisdicción el alcalde, capitán don Alonso Orejón, quien escribió lo siguiente:

“Hace quince días, como a las tres de la tarde, poco más o menos, se prendió fuego en un jacal de las casas de morada de doña Manuel de Victoria, mujer legítima de Don Juan de Hoyo y Velasco, vecino de esta villa, y por ser de paja como las demás cubiertas de las casas de los vecinos de ella y soplar aquella hora gran viento, fue pasando el fuego de unas casas a otras; y aunque… los más de los vecinos acudieron a remediar el incendio, fue imposible detenerlo, con que se abrasaron la mayor parte de las casas de esta villa y entre ellas la Iglesia Mayor y Parroquial con sus retablos, altares, ornamentos, monumento y demás cosas del culto divino y el Convento de Nuestra Señora de la Merced e iglesia de él. En la misma forma se abrasaron sus altares, vivienda conventual de los religiosos y demás oficinas de él con todos sus ornamentos. [Lo mismo] las Casas Reales (o de gobierno)… [Hasta llegar a ser] treinta y ocho casas con la cárcel, enseres que se quemaron con las casas y mucha cantidad de ropa… [Por lo] que ha quedado la villa con menos de la cuarta parte de las casas que antes tenía, y éstas muy maltratadas, por ser de la gente más pobre que viven a partir de la plaza”.

De nada, pues, sirvió que de los moradores que vivían muy cerca de las orillas del Río Colima y del Arroyo Chiquito hayan intentado apagar el fuego que estaba por consumir sus viviendas, y se quedaron sin su principal iglesia y sin la del convento de Los Mercedarios. Todo ello sin aún decir que, según un apunte posterior, terminaron totalmente dañadas “cuarenta de las cincuenta y dos casas” que había entonces en la mencionada villa, más “cuatro muertos y muchos heridos graves”, provocando “la consternación de muchas familias que quedaron a la intemperie” o buscaron el refugio bajo los árboles que no se quemaron, quedando “sin víveres y sin protección”.

Esa gran quemazón debió dolerle muchísimo a la población castiza y criolla de la Villa de Colima, por lo que una vez más muchos quisieron mudarse de allí, para buscar otras tierras menos arduas. Pero las condiciones socio-económicas ya no eran, tampoco, las que habían prevalecido todavía un medio siglo atrás, y como no les resultó fácil moverse y comenzar en otro lugar desde cero, invocaron una vez más la protección del cielo y clamaron a Dios para que los protegiera.

 

UN SANTO QUE TODAVÍA NO ERA CANONIZADO

Dicen que un día de 1668, tanto los clérigos como la gente del Ayuntamiento decidieron elegir a un Santo Patrón y que un fraile misterioso se hizo presente antes de que iniciara la asamblea.

Y, al referirse a este punto, el doctor Miguel Galindo Velasco, en sus Apuntes sobre la Historia de Colima, publicados hace 96 años, dice que, como en aquellos lejanos años no había distingos entre los asuntos religiosos y profanos, tanto los curas como los integrantes del Ayuntamiento de la Villa, decidieron reunirse para elegir un santo patrón, y que “como los franciscanos fueron los primeros [frailes] que trataron de cristianizar estas regiones” se pusieron “muy listos para que se eligiera un santo de su orden”, promoviendo el patronazgo de San Felipe de Jesús (aunque, a decir verdad, en ese tiempo todavía no estaba canonizado), martirizado el 5 de febrero de 1597 en el Japón, y que llegado el día “de la elección”, un poco antes de que la asamblea iniciara, “disimuladamente llegó un fraile franciscano con el encargado de la Casa Consistorial (hoy diríamos la Presidencia) … Y le dijo reservadamente: ‘Dígales, cuando vayan llegando, que elijan a San Felipe de Jesús, que él será buen patrono. Y se retiró rápidamente”.

Agrega que “el conserje, portero o intendente no se fijó cuál era el fraile que le dio el consejo, pero cumplió con él”. De manera que cuando “se acercaba un regidor, le decía de pasada: ‘[Oiga don fulano]un franciscano vino y dijo que sería bueno que eligieran a San Felipe de Jesús, porque él será buen patrono para temblores’. Llegaba otro regidor y le decía lo mismo, y así sucesivamente. [De modo que] todos llevaban la consigna, pero, inocentemente, todos guardaban el secreto”.

A la hora de votar, todavía según lo investigó el doctor Galindo, todos los regidores apuntaron en su papeleta el nombre de Felipe de Jesús, al que por cierto ninguno de ellos conocía, por lo que se asombraron mucho de la coincidencia. Repitieron la votación para afirmarla y volvió a salir el mismo nombre. Luego le preguntaron al conserje acerca de cuál de los frailes residentes en la villa había acudido con él, pero éste no supo decir cuál fue.

Dice, todavía más, que los asistentes se organizaron para ir, en ‘bolita’ a preguntar al convento, y que, ya ahí, el conserje no pudo identificar al fraile que lo había visitado en el Ayuntamiento, por lo que llegaron a la conclusión de que aquella aparición había sido milagrosa, y que había sido el mismo Felipe de Jesús, quien vino a ofrecerse como el Santo Patrón de Colima.

Desde finales del siglo XVIII algunos clérigos recién llegados a Colima trataron de corroborar esta versión y a lo más que pudieron llegar, según testimonios que datan de 1772, fue que, ya en ese entonces, la gente vieja de Colima, decía poco menos lo siguiente:

Que la función se realizaba con marchas, fuegos, luminarias, carros de luces, comedias y toros que se han lidiado siempre en la plaza de aquella villa”. Y que“todo el vecindario de esta villa (tenía) voto y juramento… de solemnizar anualmente en su día al Glorioso Proto-Mártir, Señor San Felipe de Jesús … para en parte satisfacer al afecto de habérsenos ofrecido por Patrón y Defensor de temblores como consta en su antigua tradición que nos trasciende desde nuestros antecesores”.

Ahora bien, en cuanto corresponde a la existencia de la primera imagen del Santo a la Villa de Colima, aquellos mismos investigadores, digamos, afirmaban haber tenido en sus manos un documento que hacía referencia al hecho de que “fue el sábado primero de septiembre de 1668, cuando llegó a Colima la primera imagen de San Felipe de Jesús”. Y que “días antes, cuando el Alcalde Mayor, Francisco Álvarez de Herrera, tuvo noticia de que habría de llegar a la villa de Colima la imagen del santo, ordenó a los pobladores que se le hiciera honroso recibimiento”.

Recibimiento de cuyos detalles y posteriores manifestaciones hablaré después.