Tarea Pública


LA UNAM CIERRA LA PUERTA

Carlos Orozco Galeana

Recientemente, la Universidad Nacional Autónoma de México (Unam) abrió sus puertas al ocho por ciento de los aspirantes que hicieron pruebas en febrero y junio de este año. En cada inicio de ciclo, entre 100 mil y 200 mil aspirantes se han quedado fuera de la prueba, por lo que un 92% tendrá que buscar su hueco en otra universidad o prepararse para los exámenes del año que viene. La Unam es la única oportunidad de estudiar una carrera para muchos mexicanos, ya que sus matrículas son prácticamente gratuitas. Datan de cuando yo estudié ahí, 200 pesos anuales.

Esta universidad, la más grande de Latinoamérica, acepta a 16 mil 958 nuevos estudiantes y niega el acceso a 178 mil 960 para el curso próximo. ¡Asombroso! No es fácil, de acuerdo a este porcentaje, conseguir un puesto en esta universidad. La prueba de admisión consiste en un examen de 120 preguntas que abarca todas las áreas del conocimiento, desde matemáticas y química hasta historia y literatura.

La explicación de las cifras de rechazo de la Unam está en el sistema de acceso directo, por el que la mayoría de estos futuros universitarios han cursado la prepa (el bachillerato) en centros de la universidad. Estas instituciones propias educan a 112 mil jóvenes que acabarán, sin exámenes de por medio, en el centro de educación superior más grande de Latinoamérica.

Esta fórmula, antiquísima, restringe de hecho el acceso igualitario o mediante competencia, porque un gran porcentaje de los ingresados quizás no tengan vocación o deseos de estudiar ahí y lo harán por presión familiar o por tener un título académico, en detrimento de quienes podrían aportar más esfuerzos al estudiar ahí.

Si la Unam no acepta a más estudiantes es porque su presupuesto no le alcanza y porque tiene ingresos propios mínimos derivados del costo de inscripciones y servicios en general. Incluso, sus autoridades exponen frecuentemente sus dificultades financieras al Gobierno Federal, por lo que sería buena idea ahora sí la posibilidad de que sus egresados, una vez insertos en el mercado laboral, aporten una cuota a la casa de estudios, aunque sea temporalmente, porque así se expandiría la cobertura y la calidad al invertirse más en educación y la Unam adquiriría un estatus de mayor solidaridad.

Recuerdo que hace unos años -de cinco a siete- hubo una iniciativa en ese sentido con algo de formalidad, se debatió y no se llegó a una conclusión. El periodista Andrés Openheimer, en sus recorridos internacionales, ha referido que en algunas universidades asiáticas hay ese esquema contributivo de los egresados. Valdría la pena intentarlo no sólo en la Unam, sino en todas las universidades mexicanas, en lo que sería un esfuerzo generoso y propiciaría la igualdad. Claro, todo ello, con una selección rigurosa, porque si hay recursos escasos, éstos deben orientarse a apoyar a estudiantes que sí tengan claridad en la vocación, perseverancia y constancia en sus estudios. Nada de que me inscribo, no me muero y me titulo, aunque sea un título vacío.

Vuelvo al argumento muy conocido de que no todo el que quiera entrar a la universidad tiene forzosamente que hacerlo si carece de conocimientos o cualidades específicas. El bachillerato a veces no tiene el nivel de calidad que se requeriría para la formación profesional. Cuando los bachilleres pretenden llegar al nivel superior, miles de ellos no alcanzaron el nivel suficiente para fundar sus aspiraciones de ingresar al nivel superior.

El reto de la educación superior mexicana es: Cómo armonizar oferta y demanda, cómo garantizar la igualdad y cómo mantener la puerta a quienes sí lo merecen por su vocación y sus cualidades.