Sombreros y sarapes


Leopoldo Barragán Maldonado

CENTENARIO DEL FILOSOFO

Primera parte

A juicio personal, no existe mejor forma de homenajear a un amigo que reconocer sus enseñanzas propagadas a lo largo de su trayectoria de vida, más todavía cuando el festejado incorpora en su persona valores sociales y morales. Hablo de Jorge Portillo del Toro, a quien por medio de estas líneas festejo a título personal el primer centenario de su natalicio, un maestro de filosofía, de los decanos universitarios, el filósofo colimense por antonomasia.

Gracias a los espacios periodísticos de EL NOTICIERO, rendiré tributo a la memoria de mi maestro y amigo entrañable, precisamente en la forma que considero sería la preferida de él: Hablar de filosofía. Es deplorable que el maestro Jorge Portillo del Toro, a 100 años de su nacimiento, pase desapercibido en la agenda universitaria; en forma específica, de la Escuela de Filosofía.

Jorge Portillo del Toro nació el tres de junio de 1916, estudió contabilidad en la Universidad de Guadalajara, incursionó en el mundo de la política al ser invitado a la campaña de Manuel Avila Camacho. Jorge fue empresario en el ramo de la grenetina y producción de azúcar. Bajo la administración del Gral. González Lugo se desempeñó como tesorero de gobierno y fundó la Dirección de Pensiones. Su labor docente en la Universidad de Colima la inició el tres de septiembre de 1955, culminándola el 27 de julio de 1985. Fue integrante distinguido del Seminario Mexicano de Cultura, del Club Cinegético de Colima y presidente del Club Rotario de Colima (1958-1959).

Tengo presente aquella especie de confesión que solía decir cuando le preguntábamos cómo había ingresado a la Universidad a impartir la cátedra, entonces el profesor contestaba: “¡Porque los hice creer que sabía filosofía!”. En 1967 fue candidato del PAN a la gubernatura del estado, y por su declarada oposición al régimen fue secuestrado en 1970 en Hermosillo, Sonora, y liberado en los Mochis, Sinaloa. Entre sus principales obras destacan: “Rapsodia en cero absoluto” (1979), “Más allá de los ocasos” (1984), así como los ensayos inéditos: “El toro y la luna”, y “El sexto día”.

Jorge Portillo del Toro no sólo fue mi profesor preparatoriano de filosofía, sino un entrañable amigo y colaborador fundamental en la difusión de la actividad filosófica colimense en la década de los 80’s. En los tiempos previos a la fundación del Círculo de Estudios Filosóficos (1982), cuando nos reuníamos a cenar la bohemia, hacía acto de presencia, y al elevarse los niveles etílicos el profesor Jorge nos deleitaba con un tango, en más de una ocasión se levantó a ejecutar el refinado baile con caminata, corte y quebrada. Normalmente las charlas de sobremesa del maestro giraban acerca de la cultura árabe, en especial de Khalil Gibran. Creo que en la perspectiva filosófica de Jorge Portillo se agitaba la sentencia del poeta libanés: “Protegedme de la sabiduría que no llora y de la filosofía que no ríe”, ya que su enseñanza iba siempre acompañada de jovialidad y picardía.

Nos contó que en una ocasión, al llegar a dar su clase en un bachillerato vespertino, alguien le lanzó un cohetito a los pies, sacándolo un poco de su acostumbrada ataraxia pedagógica, por lo que decidió armar un cohetón para cobrar la factura, llegado el momento propicio ingresó al salón arrojando el chiflador artefacto, al escuchar el zumbido los alumnos de inmediato salieron despavoridos del salón. En otro día de tantos, nos platicó que la Dirección de Recursos Humanos había mandado instalar un reloj checador para controlar las entradas y salidas del personal docente, Jorge no dudó en descomponer el mecanismo del aparato vertiéndole constantemente su taza de café caliente.

Pero más que hablar del pensamiento árabe, de la escolástica o criticar las filosofías del Renacimiento, la Ilustración y el marxismo, lo que siempre esperaba escuchar con gusto eran sus originales disertaciones acerca del PUP, regocijándonos cuando el maestro sacaba el manual de aquella organización fundada por Hermenegildo Torres, e inspirada en el más puro espíritu socrático del “yo sólo sé que nada sé”, regida certeramente bajo el lema: “Más vale aceptar ser pendejo que demostrar no serlo”.

El maestro nos invitaba recurrentemente a incorporarnos al PUP, ya que según él no se requerían documentos, la pura expresión de nuestras caras era suficiente para afiliarnos, y sin empacho alguno procedía a ubicarnos en la vasta clasificación de la universal organización, en ese inmenso corral del que nadie escapa ni puede cerrar la puerta.

Otro de los temas por demás atractivos en las charlas con Jorge Portillo era la filosofía del ocio sustentada como piedra angular contra el trabajo intelectualmente improductivo, banausia, le llamaban los griegos, en este sentido decía el maestro: “¿Cuándo han visto un letrero que diga ‘peligro, hombres descansando’?, ¡los güevones son pacíficos, los trabajadores peligrosos!”. Pudiéramos decir que el lema de ese filosofar alegre del profesor Jorge quedaría plasmado en su dicho tantas veces nos repitió: “La gente más tonta, la que no sirve para nada, sirve para trabajar”.

Continuará…