Ríete, nada ganas con llorar


Antonio Flores Galicia.-

A lo mejor tú no tienes problemas ni enemigos. Les caes bien a todos, te alaban y buscan, te mencionan y felicitan, se alegran y te abrazan cuando te encuentran. Pero, acompáñanos a los que no somos “monedita de oro, para caerle bien a todos”. Te voy a contar lo que sucedió en la carnicería de un amigo.

Ese día, llegó un perro a la carnicería de mi amigo. Varias veces lo espantó el carnicero, pero el perro pronto regresaba con movimientos de ser muy sumiso. De pronto, el carnicero se dio cuenta de que el perro llevaba un sobre en el hocico. Lo tomó y leyó: “Favor de enviarme una docena de salchichas y dos kilos de piernas de carnero”. Dentro del sobre iba un billete de 200 pesos. Tomó el dinero, colocó el pedido dentro de una bolsa y la colocó en el hocico del perro, que inicio su regreso.

Le quedó gran curiosidad al carnicero y rápido bajó la cortina para echarse a seguir al perro. El can caminó dos cuadras, volteó a la derecha, caminó dos cuadras hasta la terminal de los carros, se subió a uno por la ventanilla, a cinco cuadras se bajó y siguió por la calle, caminó dos cuadras a la derecha, volteó a la izquierda y se detuvo frente al número 800.

Varias veces saltó para tocar con la cabeza el timbre. Como nadie abría, saltó la barda, trepó por un árbol, para con la pata, golpear el cristal de una ventana y se regresó a la calle para esperar que le abrieran la puerta.

A los pocos minutos salió en bata y muy furioso un señor. Inició fuerte golpiza contra el pobre perro y le gritaba: “Perro inútil, nuevamente olvidaste llevarte la llave”. Mi amigo el carnicero, que había seguido muy curioso al perro, gritó indignado. “¡Por Dios, amigo! ¿Qué es lo que está haciendo? Su perro es un genio y muy servicial”.

El dueño del perro contestó indignado: “¡Qué genio ni qué fregados! Es la segunda vez en la semana que este perro tarado olvida llevarse las llaves y llega molestándome a mí que soy su amo”. Qué cosas hasta ridículas hacen los soberbios.

Creo que los lectores ya habrán entendido todo lo que indica esta actitud del dueño del perro. Cuánto sufren los súbditos que tienen un superior así y, peor, si están rodeados de los “barberos” que solamente tratan de estar bien con él, como aquél súbdito invitado a desayunar y antes de sentarse a la mesa, vio que en la cava faltaban dos finas y caras marcas de vino: “Señor, faltan dos marcas finas en su cava, en la tarde las tendrá”. Así las cosas. A muchos nos toca tener la suerte del perro mandadero. Y, ¿qué se puede hacer? La única solución es imitar al perro, recibir cuanto venga.

Pero, te voy a contar otra de alumnos creídos, cuando terminaron sus estudios de pastoral que el párroco les daba en ocho semestres. Ve, que la desviación síquica también se da en clases inferiores.

Las alumnas se creyeron de otra clase social, que eran unas santas de clase religiosa más elevada. Acordaron celebrar su titulación de evangelizadoras con una cena en el restaurante de categoría Tragalejos. Perdieron el miedo para conversar, fumando finos cigarros, tomando cervezas de fama y caros vinos. Inició una situación muy relajada.

-Qué gran párroco tenemos, casi lo adoran todas las personas. Todas lo queremos mucho. Cuando lo encuentran las personas, inclinan la cabeza y dicen: “Adiós, santísimo Señor Cura”.

-No, Pipis, eso es poco. Yo soy sobrina del Señor Obispo de Tangamandapio, y todos los que lo tratan le llaman Santísimo Padre.

-Qué te cuento, Elvirita. Mi cuñada, es prima hermana del Cardenal Pompis y cuantos lo encuentran, le dicen Eminentísimo Padre de Cristo.

-¿Por qué no hablas, Tramoyita? Cuéntanos algo, le dijo Cuquita.

-Bueno, voy a hablar. Mi hijo es un joven rubio, de 1.95 metros de estatura, atlético, bronceado, modelo de revistas, trabaja como teibolero en grandes ciudades, sus partes son descomunales y cada vez que sale en escena, todas las mujeres se sofocan y exclaman: “¡Oh, Dios mío, casi me muero”.

-Con razón estabas tan callada, Tramoyita.