Religión, vida y muerte en el mundo prehispánico


La historiadora Guilhem Olivier dice que para entender la religión del México antiguo, conviene conocer cómo concebían al universo los antiguos mexicanos. Si bien existieron variantes, tanto en el espacio como en el tiempo, los principios generales que fundamentaron la percepción indígena de la tierra, el cielo y el inframundo, fueron muy similares.

A grandes rasgos, se puede decir que los antiguos mexicanos pensaban que la tierra era una superficie plana, de forma rectangular o circular, rodeada por el mar que se levantaba en sus extremos para alcanzar los cielos.

Tenemos como caso a los Bacab, que eran deidades mayas que sostenían los cielos. También simbolizados como cuatro árboles que representaban los cuatro puntos cardinales y uno en el centro, que sería el quinto árbol o dios.

Cada uno era portador de un día y se le representaba con un color diferente. Por ejemplo, Kanal Bacab (era el Sur, color amarillo y portador del día “Cauac”), Chacal Bacab (era el Este, color rojo y portador del día “Kan”), Zacal Bacab (era el Norte, color blanco y portador del día “Muluc”) y Ekel Bacab (era el Oeste, color negro y portador del día “Lamat”).

Por eso los cuatro Bacab se confundían con los dioses de la lluvia y del viento. Eran patrones de la apicultura. En el México central, estos cuatro portadores del cielo fueron representados en el Códice Borgia y el Códice Vaticanus 3773. Por eso aparecen los cuatro dioses nahuas asociados a dichos puntos cardinales: Tlacahuizcalpantecuhtli (Este/ portador del día y año “acatl”), Xihutecuhtli (Norte/ portador del día y año “tecpal”), Quetzalcóatl (Oeste/ portador del día y año “calli”) y Mictlantecuhtli (Sur/ portador del día y año “tochtli”).

Además, tenían vínculos con las estrellas y con los seres llamados Tzizimime, que iban a descender al fin del mundo o durante los eclipses, para devorar a los hombres. La noción de los cuatro sostenedores del cielo se conserva en varios grupos indígenas actuales. Por ejemplo, los huaxtecos de San Luis Potosí consideran que cuatro hombres que murieron ahogados están encargados de dicha tarea. Cada año, cuatro nuevos ahogados los sustituyen.

Sobre la división vertical del cosmos, las fuentes presentan divergencias en algunos detalles. Sin embargo, parece que los mesoamericanos pensaban que existían trece cielos y nueve capas para el inframundo. Cada una de éstas estaba habitada por dioses, astros y otros seres mitológicos.

En el Códice Vaticano-Latino 3783 se representan los diferentes cielos. En el primero moraba la Luna, en el Tlalocan. En el segundo, Citlalicue “La de la falda de estrellas”. En el tercero moraba Tonatihu “El Sol”… y así hasta el más alto, el décimotercero, el Omeyocan, “Lugar de la dualidad”, donde vivían Ometecuhtli y Omecíhuatl, “La pareja suprema”.

Los 13 espacios celestes y los nueve espacios inferiores aparecen también entre los mayas. Hay nombres para los trece dioses del cielo (“Oxlahuntiku”) y para los nueve dioses del inframundo (“Bolontiku”). Estos dioses aparecen citados y nombrados en libros como: El Popol Vuh, El Chilam Balam de Chumayel y El Chilam Balam de Tizimín.

La historiadora Guilhem Olivier agrega que para entender un poco más el pensamiento religioso de los mesoamericanos, debemos detenernos en el tema de la dualidad o dualismo. De hecho, la Deidad Suprema de la mayoría de los panteones indígenas se concebía como una figura doble que los nahuas llamaban Ometéotl, el “Dios Dos”. Esta misma entidad se dividía en otras dos deidades; Ometecuthli (“Señor Dos”) y Omecíhuatl (“Señora Dos”).

De acuerdo a la leyenda de los tarahumaras, ancestrales habitantes de la Sierra Madre Occidental, el mundo fue creado por; Rayenari (“Dios Sol”) y Metzaka (“Diosa Luna”). En su honor los indígenas; bailan, sacrifican animales y beben “tesguino”. Este grupo indígena se llama a sí mismo Rarámuri, que significa “pies ligeros”.

Esta visión dualista se aplicaba también a los otros miembros del panteón que aparecen frecuentemente bajo la forma de parejas. Igualmente, una serie de elementos, a la vez opuestos y complementarios, estructuraban todo el universo; Femenino/Masculino, Frío/Calor, Abajo/Arriba, Jaguar/Águila, Inframundo/Cielo, Noche/Día, Número 9/Número 13, Humedad/Sequía, Muerte/Vida, Oscuridad/Luz, Fetidez/Perfume, Viento/Fuego, entre otros. Estos elementos y su clasificación permiten entender numerosos aspectos del pensamiento indígena presente en la estructura social, así como en; sus mitos, rituales, invocaciones, fiestas propiciatorias y deidades.

Agrega el Dr. Miguel León Portilla que “los dos mil dioses de la gran multitud de que habla Gómara, eran para los sabios e iniciados tan sólo otras tantas manifestaciones de lo uno. En la figura del Dios Tonacatecuhtli encontramos un sustituto del monoteísmo. Es él el Viejo Dios Creador que reina en el treceavo cielo y desde allí envía su influjo y calor, y gracias al cual, los niños son concebidos en el seno materno. Para expresar la idea de que las fuerzas cósmicas eran emanaciones del principio divino…se designaba a los dioses de la naturaleza como hijos de Tonacatecuhtli…”.

Más adelante, Miguel León Portilla, citando a Alfonos Caso, indica que en “las clases incultas había una tendencia a exagerar el politeísmo, concibiendo como varios dioses lo que en la mente de los sacerdotes sólo eran manifestaciones o advocaciones del mismo dios”.

Continuará…