Relámpagos Filosóficos


Teodoro de San Buenaventura.-

 

Desde la época de Sócrates (siglo V a.C.), en un frontispicio de Oráculo de Delfos, inscrito en un letrero decía: “Nocete ipsum” -conócete a ti mismo-.

Cuando nosotros -seres humanos- invertimos nuestra mirada hacia una sincera introspección, nos damos cuenta que por ser hijos de Dios, hechos a su imagen y semejanza, y aunque, nuestro ser está integrado por cuerpo, mente y alma. Siendo el alma un átomo de luz de vida eterna, procedente del Reino Divinal, dotadora de vida, conciencia, inteligencia, sabiduría, salud, belleza y felicidad si obedecemos sus mandatos. Que la mente tiene tal poder respetando nuestro libre albedrío que, todo lo que pensamos o expresamos con palabras, bueno o malo, se materializa.

Nuestro cuerpo, cuando está sano, por lo general pasa impulsándonos a satisfacer nuestros sentidos sin freno alguno hacia la lujuria (sexo, gula y pereza). Es cuando uno llega a los 70 años de edad cuando nos acordamos de la infalible ley de la muerte.

Por suerte, uno es creyente en Dios y en alguna de sus múltiples religiones y asiste a su culto en templos o centro iniciáticos, a duras penas puede retomar el camino estrecho que conduce al Padre, evitando en un 95 por ciento darse batacazos como vaca vieja en los más apetecibles pecados.

Cuando esto nos sucede, recordamos al Mártir del Gólgota que cuando caía por el peso de la cruz, con ánimo se levantaba y la seguía cargando. ¿Qué hace uno cuando no se conoce a sí mismo? Actúa peor que las más feroces bestias sin piedad ni amor a Dios, al prójimo y a sí mismo. Pasar “viendo la paja en el ojo ajeno”, equivale a seguir matando mujeres adúlteras a pedradas, sin antes descubrir nuestras culpas.

 

POSTRE ALEGRE

 

Mi santo padre, que en paz descanse, platicó a un amigo un sueño:

Que caminando por el camino estrecho que conduce a la gloria. A su lado derecho vio bosques, hermosos jardines, lagos, ríos llenos de preciosas aves. A su lado izquierdo, profundos precipicios, fuego horrendo del que sobresalían cabezas de personas del gobierno que él conoció en vida y también amigos que habían ejercido distintos oficios.

-Oye, Lico, -dijo a quien lo escuchaba- ¿no viste albañiles? ¡No!, le contestó mi papá. Lo único que escuché fue unos gritos que salían del fondo, que decían: ¡Meeeezzzclaaaaa!

-Ay, Lico, mejor no te hubiera preguntado.

Tan, tan.