Relámpagos filosóficos


Teodoro de San Buenaventura.-

Cuando cumplí 21 años de edad, un 13 de julio de 1951, siendo director de la escuela primaria de Camotlán de Miraflores, mis alumnos opinaron celebrarme mi cumpleaños con la anuencia y cooperación de sus padres.

Como don “Chanito”, dueño del tocadiscos, no podía la batería, yo me acomedí a llevarla. Ni él ni yo nos fijamos que no tenía puestos los tapones, así que el ácido charpeó mi ropa y quedó como si la hubiese puesto de tiro al blanco, llena de portillos.

Hoy, a mis 84 años de edad, por segunda vez me festejaron. Mi yerno Miguel Ceballos y su esposa, mi hija Elvira Valencia Puga, el sábado 12 del presente, con sus dos hijos y mi esposa Elba, me llevaron a comer a un lujoso restaurant ubicado en el fresco y hermoso poblado de Montitlán. Más allá de la ciudad de Colima.

El mero día 13, mi yerno Adrián Ayala Guízar y mi hija María Lo, con mis bellos nietecitos y mi costilla, la Vita, me llevaron a cantarme las mañanitas a las aguas termales, Las Jaras, en el poblado de La Garita, municipio de Tamazula, Jalisco. Por cuatro veces me di mis baños, entrando primero al horno donde suda uno a morir, y luego en las piletas de agua caliente que conducen de mantos acuíferos del centro de la tierra. Allá dormimos en un lujoso departamento y el día 14 nos regresamos felices y contentos.

Mi cuerpo se deshizo de un costal de toxinas y para la tos que traía por tomar Coca-Cola helada, mi yerno Miguel, que es catedrático y médico homeópata, me recetó y regaló una bolsa de flores trituradas de gordolobo. Me he tomado tres tés y ya me alivié, ¡gracias a Dios!