Relámpagos Filosóficos


Teodoro de San Buenaventura

 

He implorado al Rey del Universo me permita escribir algo que brinde alegría y felicidad a mis amados lectores. Lean el milagro:

Retomando el esotérico mensaje de dos chistosos apotegmas: El de Cleóbulo el Línidco, uno de los siete sabios de Grecia, que dice: “La mayor felicidad del hombre es no saber nada”. Y el de Hermes Trimejisto: “La mayor felicidad es morir lo más pronto posible”.

Si ambos alegres martillasos los empapamos en el océano de jerigonza mexicana, nos conduce al: “Me viene guango el pantalón”.

Estos tres destellos humorísticos del pensamiento humano, Cristo los sintetiza en uno solo: “Que la paz del Señor sea con vosotros”, convertido en saludo.

Como toda palabra de vibración negativa e hiriente daña y nos daña, la regla de oro de todo lo dicho es guardar silencio.

Ante esta pantalla, los sabios consejos de monjes tibetanos saltan a la vista: “Cuando vayas a hablar, pregúntate ¿es verdad, es necesario, es amable?, y la del sonoro toque de trompeta de Salomón: “Procura que tus palabras sean dulces”.

Si la mente habita en tu cerebro y la conciencia en tu corazón, se pregunta ¿de dónde provienen estas de sabiduría? Al instante un rayo de luz del Sol Central (Dios), te dice despejando la incógnita: ¡De la Ley del Amor!, ¡Dios es amor!

Nuestra vida en este planeta Tierra es un relámpago. Yo hasta que cumplí 75 años me acordé que me faltaba poco tiempo para morirme. Me jubilé con 45 años de servicio en el magisterio, pensando disfrutar unos cinco más de baquetón; ya llevó 19, en mis 87 años de edad, todavía pateando el suelo y hasta corro cuando hay peligro de que un carro me atropelle. ¡Bendito sea Dios!

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