Relámpagos Filosóficos


Teodoro de San Buenaventura

Juzgar sin tener los pelos de la burra en la mano nos induce a cometer dos delitos: El de no mentirás ni levantarás falsos testimonios de carácter divino, y el de el de injurias y difamaciones de honor de carácter humano.

¿Qué esperamos de un tribunal pagado por el gobierno para que investigue los peculados del propio gobierno que le dio chamba? Los gobernantes les pueden decir a los investigadores: ¿Qué prefieres, este portafolio lleno de dólares o que mis sicarios te encostalen en unión de toda tu familia?

Lógico es que si el o los gobernantes aun sintiéndose cristianos, no obedecen la palabra de Dios inscrita en la Santa Biblia, jamás les importará deturpar (manchar) el traje de luz de su alma.

Para colmo, el hacer público lo que no tiene remedio al pueblo, por empaparnos e inmiscuirnos en el arguende, mal nos va por pasarnos viendo la paja en el ojo ajeno, en lugar de ver el relleno sanitario que cargamos en el propio.

Más nos vale a pueblo y gobierno afiliarnos a numen de la charla que trascribo: Dos santos monjes anacoretas se encontraron en un bosque al norte de la India. Cuando llegaron al ¿qué me tienes de nuevo?, uno de ellos dijo: Que mi gurú me llevó a constatar que Dios sabe lo que hace, para eso me llevó a una casa, tocó, el dueño nos recibió sin soltar la mano de un niño pequeño. Mi maestro le pidió le permitiera pasear al niño. El padre accedió. Al pasar por un puente, mi gurú arrojó al niño al río. ¡Quéeee!, grité. Dios sabe lo que hace, fue la contestación.

Seguimos caminado y llegamos frente a la casa de madera y palapa de una familia humilde, pobre y en la ruina. Mi gurú prendió un cerillo y le arrimó fuego a la casa. “Dios sabe lo que hace”, repetí con burla. ¡Sí!, me contestó.

Va el por qué: El hombre que vimos primero, tenía pensado cometer un gran robo usando al niño como carnada. Con el tiempo, el niño sería un ladrón más. Dios dará al alma del niño otro cuerpo humano potente, honorable y próspero.

Al que le quemé la casa, al enterrar uno de sus orcones, encontrará un cofre repleto de monedas de oro, y el resto de su vida será feliz él, su esposa y sus 10 hijos. “Dios sabe lo que hace”.

Yo, dijo el otro monje, de recién ingresado al convento, le decía a Brahama, si para encontrarte y platicar contigo tengo que bañarme cada rato, mejor me convertiré en ballena y viviré en el fondo del mar.

Si para encontrarte he de comer raíces, me convertiré en ramadillo. En eso hubo un relámpago en el cielo, el centro de un ángel, con sonora voz, le dijo: “A Dios se le encuentra practicando la Ley del Amor”, y desapareció.

“El que tenga oídos, que oiga”. Amén.

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