Referencias Políticas


Tumbas y velorios en la Villa de ayer y hoy

 

Salvador Olvera Cruz

 

Históricamente se considera que los nahuas fueron antecesores de los villalvarenses, y pueblo de Colima, grupos que tuvieron respecto a la muerte una visión heredada de los nahuas primitivos, que sustentaban la creencia de la existencia de una vida después de la muerte, caso que se corrobora con la colocación de ofrendas que colocaban en las tumbas de tiro de los difuntos.

Sin embargo con motivo de la conquista y tomando en cuenta la religión católica que profesaban los españoles, consideraba que después de la muerte había una vida más de corte espiritual, daba lugar a la forma en que se procedía a sepultarlos; pues antes de esto se les velaba, dando margen a rezos y plegarias orientadas al perdón de los pecados del fallecido, y consecuentemente la salvación de su alma.

Retomando el caso de la sepultura de los muertos en la época prehispánica vale recordar, que nuestros antepasado recurrían a las llamadas tumbas de tiro, a las cuales daban vida cavando hoyos en el suelo, para luego, abrir cavidades laterales en que colocaban los cadáveres acompañados de las ofrendas consistentes en utensilios de cocina, agua y alimentos, así como armas para la caza de animales, para alimentarse en su largo camino al más allá.

Lo anterior se puede corroborar con las tumbas de tiro encontradas en los terrenos de la Campana del municipio villalvarense, como también en las que fueron descubiertas en la zona aledaña a la estatua de la Diana Cazadora en el año 2005.

En la época colonial las autoridades españolas dieron a la iglesia la facultad de sepultar a los muertos en panteones que se establecieron en la zona aledaña a los templos que se edificaron, como también la casta sacerdotal era sepultada en los frentes o interior de las parroquias.

En esa época los habitantes comunes era en la mayoría de los casos sepultados en los corrales de sus mismos hogares, hasta que los gobiernos españoles y la iglesia concretaron la existencia de los cementerios.

En el caso particular de Villa de Alvarez, se ha especulado que en la parte posterior del anterior templo, que antes fue una capilla existió un cementerio, caso que hasta la fecha ha quedado sólo es eso, en una mera especulación e hipótesis.

En cuanto a panteones formalmente concretados, y tomando en cuenta que el crecimiento demográfico y desarrollo de Villa de Alvarez que se iniciara con mayor perspectiva durante el siglo XX, el actual panteón municipal es el que se registra con la formalidad requerida, el cual por cierto con el incremento poblacional en las últimas cinco décadas, empieza a ser insuficiente razón por la que se reclama ya, de un nuevo cementerio.

Asimismo vale recordar que en nuestros días se cuenta ya con un cementerio privado, como también las comunidades rurales cuentan con sus espacios para dar sepultura a sus difuntos.

En el caso concreto de los decesos de personas, se han venido tejiendo en el devenir de los tiempos una larga serie de costumbres, que van desde la vestimenta de la gente en los velorios y sepelios, bebidas y comidas que se ofrecen a los acompañantes, objetos en que se coloca a los cadáveres, y lugares de velación, hasta llegar a las cremaciones.

Al respecto vale decir que en Villa de Alvarez, como en todo el Estado y la región, ha existido la costumbre de vestir de negro en los funerales, con lo que se pretendió significar una manifestación de respeto hacia el difunto.

Abundando sobre el tema vale mencionar que la gente en general ha recurrido a vestir de negro; porque los colores como el rojo y otros, se toman como tonos alegres en contraparte con el dolor que se vive en los casos de decesos.

Ha sido tradicional también, que en los velorios se ofrezca a los asistentes café y canela en jarros de barro, bebidas a las que se les agrega alcohol, tuxca, o mezcal, práctica que aún sobrevive; aunque hoy en día se sirve el café, canela o refresco en vasos desechables.

Otro renglón tradicional es el lugar en que se celebraban los velorios; porque hasta mediados del siglo pasado, la gran mayoría de difuntos eran velados en sus hogares, en tanto hoy en día ese caso ha disminuido en buena medida; ello con la presencia de las casas funerarias que además de comercializar los ataúdes, hace lo mismo con las capillas de velación, donde se proporciona el espacio mobiliario y bebidas para los asistentes.

En los velorios de antaño, el fallecido era colocado en la pieza principal del hogar en su cama, o cuando se trataba de niños en una mesa.

Igualmente era una constante que los vecinos del fallecido colaboraran con el café, canela y licores, cigarros, pan, velas, veladoras y otros apoyos, incluyendo coronas y flores, como también recurrían a llevar las sillas con que contaban para que se sentaran ellos, y personas en general que acudían a los velorios.

Asimismo no hay que pasar por alto la participación que tuvieron en el pasado reciente señoras e incluso varones, que contaban con conocimiento pleno para conducir el rezo de rosarios en los velorios, a los cuales agregaban cánticos y citas bíblicas relacionadas con el caso.

En cuanto al traslado de los difuntos al panteón, cabe recordar que antes se llevaba el cadáver en su ataúd a hombres de familiares o amigos, para después en carretas tiradas por bestias de carga, hasta llegar al uso de las actuales carrozas. En el caso de niños fallecidos, era común que su padre lo llevara cargando a hombres de su hogar al cementerio.

Se el primero en comentar en "Referencias Políticas"

Deja un comentario

Tu correo electronico no sera publicado.