Recuerdos de la obra de García Márquez montada en Colima


Víctor Gil Castañeda.-

Hace aproximadamente ocho años, el Teatro Hidalgo de la ciudad de Colima se vistió de gala cuando recibió en su escenario el montaje de la obra “Diatriba de amor contra un hombre sentado”, del escritor colombiano Gabriel García Márquez, Premio Nobel de Literatura, quien recientemente falleciera en la Ciudad de México.

Por aquel tiempo, la FIL de Guadalajara había dedicado sus espacios a las bellas artes y la literatura de Colombia. Aprovechando la cercanía con nuestra entidad, permitieron que esa obra de teatro también fuera escenificada aquí. Se trata de un extenso monólogo que podría ser el antecedente latinoamericano del reconocido Festival de Monólogos, que año con año viene celebrándose en nuestra región y en el mismo recinto.

“Diatriba de amor contra un hombre sentado” es el reclamo de una mujer desesperada, contra un marido que la engañó toda su vida. Le fue infiel con una bella jovencita, después que en sus primeros años de relaciones maritales la esposa sufrió para conseguir escalar en los aspectos económicos, materiales, educativos y sociales. Originalmente, esta obra fue estrenada en Colombia en el Teatro Nacional el 23 de marzo de 1994, en el marco del “IV Festival Iberoamericano de Teatro”, con la coproducción del Teatro Libre de Bogotá, el Teatro Nacional y el Instituto Colombiano de Cultura.

La obra se ha presentado en varios lugares, como en la sala “La Comedia de Rosario”, el 26 de agosto del 2005. Comenzó una gira nacional, con estreno en Buenos Aires, en el mes de enero del 2006, en el Teatro Payró. La creación de “Diatriba de amor contra un hombre sentado” tuvo, como le conocemos a Gabriel García Márquez, matices de realismo mágico. La historia transcurre en 1978, en la década de cambios sociales que suceden en otras comunidades que no aparecen en el ambiente capitalino. Allí, el hombre desvaloriza a la mujer y se muestra muy macho. Esta señora caribeña toma conciencia de su situación, de una manera lenta y en soledad. No es una dama que ha pasado por el psicoanálisis.

En esa sociedad, el casado puede tener las amantes que quiera, pero si pide el divorcio, lo dejan “pelado”. A ella no le importó tanto que tuviera mujeres, pero al final sufre, por una amante fija del marido.

Es una pareja especial. Ese hombre sentado, de apariencia pasiva, ejerció su dominio a distancia. Es verdad de su infidelidad, y como todo infiel, celoso. No fue impedimento para ella tomar decisiones. Ella es una mujer que se descubre como audaz y dueña de un gran coraje. La describe como poseedora de un dominio fácil, característico de quien está más allá de la desesperación. Esa madrugada, ella va a llevar a cabo una acción que parece extraída del realismo mágico. Eso de “meter candela” a alguien resulta inverosímil, pero no en la situación en que se encuentra la mujer. Es como la mayoría de parejas, ligadas por el rencor o el deseo de dominar, antes que por el amor. Un poco a la manera de las películas y telenovelas. El matrimonio de la obra no ha llegado a ese punto. El hombre permanece indiferente y ella muestra un apasionamiento libertario. No es una obra psicologista, aunque se puedan perfilar caracteres. Es ante todo una propuesta dramática, que devela aspectos de una realidad nunca dicha y que ofrece la posibilidad de trabajarla de modo brechtiano. Cuando la mujer se dirige al público, reflexionando, derrumba la cuarta pared. La protagonista de la obra es Graciela, una mujer que tiene 25 años de casada con un hombre de la “alta” sociedad.

La obra habla de cómo las personas dejan de ser ellas mismas, para entregarse a un juego de fingimientos, tanto en la sociedad, como la vida en pareja. Trata de la vida de la élite y de todas sus creencias.

En una parte de la obra, Graciela expresa: “¡Nada se parece tanto al infierno como un matrimonio feliz! Sólo un Dios hombre podía regalarme esta revelación para nuestras bodas de plata. Y todavía debo agradecerle que me haya dado todo lo necesario para gozar de mi estupidez, día por día, durante 25 años mortales. Todo, hasta un hijo seductor y holgazán, y tan hijo de puta como su padre. Qué te creías: ¿Que íbamos a cancelar a última hora la fiesta más hablada del año, para que yo quedara como la villana del cuento y tú bañándote en agua de rosas? Ja, ja. ¡La eterna víctima! Pero mientras tanto te niegas a contestarme, te niegas a discutir los problemas como la gente de bien, te niegas a mirarme a la cara” (página 11).

EL AUTOR

Gabriel García Márquez nació el seis de marzo de 1928, en Aracataca. Un pueblo de la costa atlántica colombiana. Murió en México este año. En 1947 se instaló en Bogotá y empezó a estudiar Derecho. Sus impresiones no fueron mejores que las de Zipaquirá, con sus “cachacos” que siempre “andaban de negro, parados ahí con paraguas y sombreros de coco y bigotes”. La capital le parece “gris y yerta”, “asfixiante”, sinónimo de “aprehensión y tristeza”. Con estos rasgos describió a Bogotá, cuando raramente apareció en su mundo ficción.

Abandonó los estudios de Derecho. En un viaje a Barranquilla conoció un grupo de periodistas que le fascinaron y decidió instalarse allí, para orientar totalmente su vida en el periodismo. Empezó a trabajar de columnista en “El Heraldo”. Se instaló en  un cuartucho ínfimo, un bloque de cuatro pisos llamado “El Rascacielos” y allí empezó a escribir su primera novela: “La hojarasca”.

Se integró en el llamado “Grupo de Barranquilla”, que se reunía en el “Café Happy” y el “Café Colombia”. Miembros del “Grupo de Barranquilla” son Germán Vargas, Alvaro Cepeda y Alfonso Fuenmayor, periodista de “El Heraldo”, de gran formación intelectual, al que García Márquez le debe el descubrimiento de los autores que más tarde se convirtieron en sus modelos literarios: Kafka y Joyce. Muy especialmente: Faulkner, Virginia Woolf y Hemingway.

A las tertulias del “Café Colombia” acudía también Ramón Vinyes, un viejo catalán republicano, escritor, ex librero y profesor de un colegio de señoritas, al que García Márquez homenajearía como personaje, llamándolo “el sabio catalán”, junto a sus tres amigos, en las últimas páginas de la famosa novela: “Cien años de soledad”. En 1954 fue convencido por Alvaro Mutis y García Márquez regresó a Bogotá. Allí, de nuevo para “El Espectador”, trabajó como reportero y crítico de cine. Ese periodo de apasionada dedicación al periodismo, dejó posteriormente huella en su literatura.

Entre su obra numerosa, abarcó la novela, el cuento, los guiones de cine, la crónica, el teatro, el periodismo cultural y literario. Pueden mencionarse algunos textos como: “La hojarasca”, “El coronel no tiene quien le escriba”, “La mala hora”, “Los funerales de la Mamá Grande”, “Cien años de soledad”, “Relato de un náufrago”, “Diatriba de amor contra un hombre sentado”.