Rectitud en Iglesia y Estado


Antonio Flores Galicia.-

No basta tener grandes y perfectas leyes, urge cumplirlas, vivirlas. Cuando se dio para México la ley referente a la Iglesia y el Estado, recibieron certificado de ciudadanía, por medio del secretario de gobernación González Garrido, católicos y anglicanos, pentecosteses y metodistas, y se dijo: “A las iglesias corresponde buscar el mejoramiento moral de sus feligreses y al Estado garantizar y buscar la justicia social”; se estaban aplicando reformas al artículo 130 constitucional.

Urge, en todos los ciudadanos, el respeto de la ley y la actuación, buscando la paz. Si el Estado y la Iglesia dialogan, si establecen vínculos permanentes de conocimiento de personas, dentro del proceso de modernización y reforma, se evidenciará otro momento histórico para México.

Con esta reforma de nuestra ley civil, se atiende a distancias de nuestra historia. Detrás están momentos de lucha y odio entre Iglesia y Estado, se pasa a un respeto mutuo, como es la esencia de una República.

Cuando reciben reconocimiento jurídico las asociaciones religiosas, tienen garantía para un régimen equilibrado interiormente. Al ser reconocidas por el Estado, se da vigencia al tratado fundamental de la separación del Estado y la Iglesia, porque al definirse el ámbito de su competencia, ser establece el principio de la corresponsabilidad ciudadana. Triste cuando en un país que es de todos, se divide a los que lo forman.

Se necesita el respeto de las organizaciones religiosas entre sí, equilibrarse en los aspectos de la economía e importancia ciudadana. Es triste ver, entre las sectas, la ambición de economía. Perdonen la expresión, pero estoy seguro: No piensan en el espíritu, sino en la economía; Cristo es otra cosa. Si hay libertad religiosa, existe derecho a practicar ceremonias, devociones y actos de culto, de acuerdo a la propia conciencia y respetando a los semejantes. No es correcta la oposición, sí urge ver la verdad.

Urge tener presente el principio de igualdad, para que adquiera plena vigencia la libertad que consagra nuestra constitución. Nuestra ley reconoce los valores jurídicos y el Estado, lo que las diferentes iglesias deben tener entre sí. Todas las iglesias y agrupaciones son iguales frente a la ley y la autoridad competente. En el marco del nuevo derecho mexicano se responde a un sentido de respeto plural. Las agrupaciones religiosas, enraizadas en nuestros pueblos, son frutos de sentimientos éticos y moral de la existencia cotidiana del ser humano.

Vamos utilizando nuestro cerebro. Solamente pongo un caso que no se tiene en cuenta: Si cuando la Conquista no hubiera intervenido la Iglesia Católica, en México, los invasores habrían hecho esclavos a los nativos de su economía. Estudien tantita historia de México y verán la verdad.

Urge cuidar que en el cumplimiento de los compromisos religiosos no se trueque en dominio ventajoso para unos cuantos, sean asuntos del Estado o de la Iglesia. Urge convivencia armónica.

Que haya respeto a la ley, tanto del Estado como de la Iglesia. Las reformas no son para abrir puertas al combate obstinado, murmuración y hasta estupidez. Dominemos odio e ignorancia, buscando sobresalir. Muchas veces se ocupa callar mientras se despejan confusiones y circunstancias. Se escriben artículos que manifiestas odio e ignorancia, buscando sobresalir y oportunismo.

Nuestra vida nacional gira en torno a un complejo de elementos que crean una nación. Por eso urge muchas veces callar, mientras se aclaran confusiones. No es con venganzas privadas como viene la paz y el progreso. Los altos funcionarios están expuestos a venganzas, castigos por sus errores, publicación de falsos supuestos e impugnaciones sin respuestas.

Cuidado con rencores y cargos, con murmuraciones que se hacen pruebas. Primero hay un “dizque”, luego un “vieron” y un “oyeron”; pero luego nadie sabe quién dijo ni quién vio. Así.

Por eso, todos seamos valientes ante la corrupción y la impunidad; actuemos decididamente contra la pobreza y la desigualdad social; superemos la desconfianza que se vive en ciudades y pueblos; pongamos gobernantes capaces de crear convivencia sin desviaciones, con armonía necesaria; hagamos conciencia en los gobernantes y los sacerdotes, y que se la ganen; urge un magisterio responsable y una policía creíble; que sean confiables el comercio, los medios de comunicación, los partidos políticos. Que haya convivencia. Ya no perdamos el tiempo en buscar culpables, primero respondamos: “¿Y yo, qué debo hacer?”.