“Querido Diego te abraza Quiela” de Poniatowska


Cuquita de Anda.-

Segunda y última parte

El retorno a mi hogar paterno es definitivamente imposible, no por los sucesos políticos sino porque no me identifico con mis compatriotas. Por otra parte me adapto muy bien a los tuyos y me siento más a gusto entre ellos. Son nuestros amigos mexicanos los que me han animado a pensar que puedo ganarme la vida en México, dando lecciones. Pero después de todo, esas son cosas secundarias.

Lo que importa es que me es imposible emprender algo a fin de ir a tu tierra, si ya no sientes nada por mí o si la mera idea de mi presencia te incomoda. Porque en caso contrario, podría hasta serte útil, moler tus colores, hacerte los estarcidos, ayudarte como lo hice cuando estuvimos juntos en España y en Francia durante la guerra.

Por eso te pido, Diego, que seas claro en cuanto a tus intenciones. Para mí, en esta semana, ha sido un gran apoyo la amistad de los pintores mexicanos en París, Angel Zárraga sobre todo, tan suave de trato, discreto hasta la timidez. En medio de ellos me siento en México, un poco junto a ti, aunque sean menos expresivos, más cautos, menos libres. Tú levantas torbellinos a tu paso, recuerdo que alguna vez Zadkin me preguntó: “¿Está borracho?”.

Tu borrachera venía de tus imágenes, de las palabras, de los colores; hablabas y todos te escuchábamos incrédulos; para mí eras un torbellino físico, además del éxtasis en que caía yo en tu presencia, junto a ti era yo un poco dueña del mundo.

Elie Faure me dijo el otro día que desde que te habías ido, se había secado un manantial de leyendas de un mundo sobrenatural y que los europeos teníamos necesidad de esta nueva mitología porque la poesía, la fantasía, la inteligencia sensitiva y el dinamismo de espíritu habían muerto en Europa.

Todas esas fábulas que elaborabas en torno al sol y a los primeros moradores del mundo, tus mitologías, nos hacen falta, extrañamos la nave espacial en forma de serpiente emplumada que alguna vez existió, giró en los ciclos y se posó en México.

Nosotros ya no sabemos mirar la vida con esa gula, con esa rebeldía fogosa, con esa cólera tropical; somos más indirectos, más inhibidos, más disimulados. Nunca he podido manifestarme en la forma en que tú lo haces; cada uno de tus ademanes es creativo; es nuevo, como si fueras recién nacido, un hombre intocado, virginal, de una gran e inexplicable pureza.

Se lo dije alguna vez a Bakst y me contestó que provenías de un país también recién nacido: “Es un salvaje –respondió-, los salvajes no están contaminados por nuestra decadente ci-vi-li-za-ción, pero ten cuidado porque suelen tragarse de un bocado a las mujeres pequeñas y blancas.” ¿Ves cuán presente te tenemos, Diego? Como lo ves estamos tristes. Elie Faure dice que te ha escrito sin tener respuesta. ¿Qué harás en México, Diego, qué estarás pintando? Muchos de nuestros amigos se han dispersado.

Marie Blanchard se fue de nuevo a Brujas a pintar y me escribió que trató de alquilar una pieza en la misma casa en que fuimos tan felices y nos divertimos tanto, cuando te levantabas al alba a adorar al sol y las mujeres que iban al mercado soltaban sus canastas de jitomates, alzaban los brazos al cielo y se persignaban al verte parado en el pretil de la ventana, totalmente desnudo.

Juan Gris quiere ir a México y cuenta con tu ayuda, le prometiste ver al Director del Instituto Cultural de tu país, Ortiz de Zárate y Angel Zárraga piensan quedarse otro tiempo, Hayden, a quien le comuniqué la frecuencia con la que te escribía, me dijo abriendo los brazos: “Pero, Angelina, ¿cuánto crees que tarden las cartas? Tardan mucho, mucho, uno, dos, tres meses y si tú le escribes a Diego cada ocho, 15 días, como me lo dices, no da tiempo para que él te conteste”.

Me tranquilizó un poco, no totalmente, pero en fin, sentí que la naturaleza podía conspirar en contra nuestra. Sin embargo, me parece hasta inútil recordarte que hay barcos que hacen el servicio entre Francia y México.

Zadkin, en cambio, me dijo algo terrible mientras me echaba su brazo alrededor de los hombros obligándome a caminar a su lado: “Angelina, ¿qué no sabes que el amor no puede forzarse a través de la compasión?”. Mi querido Diego, te abrazo fuertemente, desesperadamente, por encima del océano que nos separa. Tu Quiela.