Piel con sabor a sal


Cuquita de Anda.-

Primera parte

La tarde se confundía con el anochecer y rayos de rojo fuerte se abrazaban de las nubes, cayendo en la olas del azul del mar, haciendo un arcoíris en la espuma; Alejandra, suspirando, se recargó en el tronco de una palma, la fresca brisa bañaba su rostro, sintiendo en su cuerpo un suave placer, miraba a lo lejos como era frecuente en ella, duraba en la misma palma horas, como esperando algo o alguien, alta, morena, muy hermosa, y solitaria, no permitía compañía alguna, busca la soledad siempre, las largas pestañas sostenían las gotas que de vez en vez salían de sus ojos, en silencio, se perdían unas en la arena y otras la delataban por parecer brillantes en sus pestañas, todas las tardes regresaba con la cabeza baja suspirando, añorando, una señal, sin respuesta.

Miraba a lo lejos esperando ver el barco de su teniente de corbeta adorado, aquel hombre bello, alto, con cuerpo de Apolo y ojos aceitunados, entre verde y café, hombre que sabía dibujar las líneas de su cuerpo, del cual se enamorara desde su llegada a la base naval de Manzanillo, puerto donde le conoció y se enamoro como sólo una vez ama uno en la vida, pero se le tramitó de emergencia su cambio, partiendo a Veracruz y tuvo que quedarse, cada día transcurrido le llenó de sufrimiento el corazón, y en cada barco de la Armada que llegaba a puerto, sufría lo indecible por no bajar de él, el amor de su vida.

Todas las tardes la seguía un joven, guapo y con un futuro, dueño de un hotel de Manzanillo, que una tarde conociera a Alejandra en sus paseos a la palma del amor. Desde ese día quedó prendado de ella, pero la forma de llorar de Ale hizo que lo pensará en acercarse de inmediato.

La contemplaba y la amaba cada día más hasta que una tarde se acercó y le confesó los sentimientos de tanto tiempo guardados por él, el infinito y tierno cariño que sentía por ella, la mujer que de alguna manera cambiara la vida de Ernesto, un hombre que no conocía el amor, amante de la diversión; Ale hizo el cambio en él, ya que desde que ella apareció en su vida, sólo pensaba en que llegara la tarde para verla, admirar esos ojos tristes, ese ser que le trasmitía una ternura intensa y que gustoso daría la vida por verla feliz.

Ale no podía querer a nadie más, su corazón estaba paralizado desde que partiera Pierre.

Vivía sin vivir, la esperanza de volver a ver al único amor de su vida la mantenía viva. Y así se lo manifestó a Ernesto, quien le dijo -Sólo permíteme ser tu amigo, apóyate en mí, soy incondicional, quien te respetará y esperará todo el tiempo que tú quieras.

Desde ese día, Ale le permitió a Ernesto acompañarla a sus paseos a la palma del amor y desde ese día no volvió a llorar más, se contaban lo hecho en el día, sus avances en su trabajo y Ale, impulsada por Ernesto, volvió a pintar, su mano volaba sobre la tela y ambos reían. Ale volvió a sonreír, poco a poco le dio vida a muchos paisajes y las olas danzarinas bailaban en los paisajes que ella pintaba.

Continuará…