Nombres a las escuelas públicas


Ramón González Pérez.-

Hace aproximadamente 30 años o más, me encontraba comisionado en la Dirección Federal de Educación Primaria, y, acompañando al entonces delegado general de la SEP, Lic. Pascual Martínez Duarte, por el puerto de Manzanillo, con la presencia de la inspectora escolar de una de las zonas de ese municipio, la entonces secretaria general de la Delegación Sindical, le informaba al delegado de la obtención de un terreno en San Pedrito para la edificación de su escuela primaria, que dicho sea de paso venía funcionando en casas particulares prestadas por sus propietarios, pero ubicadas en los cerros que rodean aquel lugar.

El Lic. Martínez Duarte les indicó que se contaba con los recursos indispensables para la realización de la obra, misma que se iniciaría en unos días más.

Al mismo tiempo, el delegado de la SEP, les cuestionó sobre el nombre que habría de llevar la nueva escuela, por lo que las presentes, de manera unánime, le dijeron que el nombre de su querida inspectora, que era la ahora respetable anciana Profra. Celsa Lorenzano Velasco, algo que de inmediato aceptó Martínez Duarte.

Tuve que intervenir para decirle que si ese era su deseo, entonces le prestara un arma de fuego para que se suicidara, pues el reglamento correspondiente a los nombres de las escuelas señala que éste debe ser de alguien ya fallecido y que tenga en su haber la realización de algo trascendente, que deje huella en su desempeño profesional, y, a mi ver, el ser inspector escolar o supervisor de zona, como pomposamente se les llama ahora, no es nada trascendente, sino un logro profesional y personal de quien desempeña ese cargo, pero no hay nada que pase a la posteridad de su vida de desempeño en un cargo. Máxime si en algunos casos se debe a transacciones monetarias entre la autoridad que puede otorgar el ascenso y la parte sindical, como sucedía en épocas pasadas.

Traigo esto a colación porque en la actualidad no se respeta para nada lo dispuesto en el reglamento aludido, sino que sin que haya nada de lo que ahí se señala, sin ningún miramiento aparecen escuelas, aulas o espacios educativos con el nombre de personajes que todavía están vivos y nada han aportado ni aportarán en bien de la educación del estado.

En cierta ocasión que regresaba, precisamente de Manzanillo, al incorporarse el auto en que viajaba a la avenida Gonzalo de Sandoval, leí asombrado un letrero que decía “A la Escuela Secundaria Técnica Lic. Silverio Cavazos Ceballos”, que se desempeñaba aún como gobernador del estado, mucho antes del atentado que le costara la vida. No pude menos que extrañarme y lamentar el culto a la personalidad a que fue tan proclive el citado político tecomense.

Y no fue para menos, pues luego del trágico avionazo que le costara la vida al joven gobernador Profr. Gustavo Alberto Vázquez Montes, tal vez por el cargo de conciencia, aparecieron sitios, hasta inadecuados, a los que se les impuso el nombre del malogrado gobernante, exagerando con esa costumbre; a la fecha, aún siguen explotando el nombre del profesor, en una innegable actitud que les lleva a tratar de limpiar sus cochinas conciencias.

Pero no sólo eso, sino que siguen los funcionarios menores, mayores y hasta el mismo titular del Ejecutivo estatal, con esa costumbre, tal sucede con una mal hecha Unidad Deportiva construida, mejor dicho, mal construida, en el puerto de Manzanillo, a la que le pusieron el nombre de Mario Anguiano Moreno, y vaya usted a saber a cuántas obras u obritas más les impondrán los nombres de alcaldes, diputados, senadores o algún funcionario que busque perpetuar su nombre o de ésos otros que andan chapulineando en busca de otro cargo que les permita seguir chupando del presupuesto.

En fin, que el citado reglamento para imponer nombres a escuelas oficiales, se han pasado, y se lo seguirán pasando, por el arco del triunfo, en aras de perpetuar sus nombres y que perduren para la posteridad, sin importarles que a las generaciones futuras les importe un bledo el nombre de la institución en la que cursan su educación básica, media superior y superior.

Ya no hay nombres ilustres como el de Rosario Castellanos, Moisés Sáenz, Justo Sierra, Jaime Torres Bodet, Agustín Yáñez y tantos más prohéroes de la educación pública en nuestro país. Ahora se trata de personajillos acomodaticios y nada más.

Es cuanto.