Mujeres por Manzanillo


Ma. Esther H. de Razo.-

¡Hola, amiguitas!

Me están ocurriendo cosas que me gustan, me emocionan y, desde luego, no puedo dejar de relatárselas.

Desde que llegué a Manzanillo, hace tantísimo tiempo, no esperaba volver a experimentar algo así, vivir aunque sea por un corto tiempo en contacto con la naturaleza, un lugar que parece extraído del cuadro de un paisajista famoso.

Estoy a pocos kilómetros delante de Camotlán, rumbo a Minatitlán, en un rancho propiedad de una amiguita, donde les juro que no se siente el tiempo.

No saben la emoción de levantarse de mañanita, quieras o no, por los mugidos de las vacas madrugadoras y exigentes; lo mejor de todo es que ya aprendí a ordeñar y ser más cuidadosa con el entorno.

Me siento hacendada y lo seré por un corto tiempo, ya que mi amiga tuvo una salida al extranjero y yo me ofrecí a ayudarle con el manejo de su propiedad en tanto vuelve.

Como tengo complejo de “mamitis”, ya tengo bien consentidas a las vacas, después de su habitual sorgo, pasadas unas tres horas, les llamo “mosas”, “mosas” y al principio ni me pelaban pero ahora ya es diferente porque las llamo para ofrecerles dos tortillas a cada una, sólo que me recomendó el vaquero que está a cargo, que no les dé ni una más, porque se inflan como globos y que mi amiga les llama “mosas” como diminutivo de hermosas y por consiguiente a los todos les dice “mosos”. Sorry, yo agarré parejo.

Pues sí, amiguitas, es una delicia poder disfrutar de esto tan bello y vivificante. Yo quiero ser ranchera pero en un lugar como éste, con tele por cable, teléfono, a minutos de poblados, lleno de hermosas flores, pasto, luz eléctrica, alarmas, cámaras, gente trabajadora, amistosa y, sobre todo, respetuosa, vecinos que apenas te conocen te hacen sentir como si fueras de su familia, campos fértiles rodeados de arroyuelos, con clima agradable por el día y un frío congelante por las noches. Con todo esto, yo sí cambio campo por ciudad.

Sabedores los dueños de otros ranchos que la dueña de éste, en el que estaba yo a cargo, no se encontraba, el domingo pasado llegaron un poco antes de las siete de la mañana y me invitaron a que fuéramos a las “cherecas”, me hice, no sé porqué, a la idea de que íbamos a algo así como un menudo o un caldo de chacales; llegamos a un corralón lleno de vacas y muchos vaqueros, mujeres pocas, jóvenes y niños, total que las llamadas “cherecas” son leche recién ordeñada directa a un vaso enorme de vidrio con el fondo de azúcar con chocolate rayado y si quieres con tuxca o alcohol.

A los niños por supuesto que sin licor, las damas al igual que los varones con tuxca, casi todos. Cuando terminé el mío me preguntaron que si quería otro, estaba delicioso, pero en ayunas, si lo hubiese aceptado, seguro me caigo del caballo. Cuando nos retiramos pregunté qué cuánto debía, ¡sorpresa!, eran gratis, asisten persona de no sé cuántos ranchos, el señor dueño de la ordeña me contó que es una tradición de cada ocho días ir, lo mejor, es cortesía del ganadero. Sólo te cuesta lavar tu vaso y colocarlo para que otro lo ocupe.