Muertos


Yuriria Sierra.-

Cómo nos cuesta a los mexicanos llamar a las cosas por su nombre; cómo nos gusta ponerles otros -eufemísticos, cóncavos, espirales, inexactos siempre-; cómo dominamos la maestría de escapar a todo aquello que miramos al espejo; cómo solemos fabricarnos explicaciones a la medida de nuestro autoengaño, ésas que nos hagan habitar lo más cómodamente posible la irrealidad que constantemente construimos. Cómo dominamos el arte de la simulación (arriba, abajo, de frente, de espaldas, de un lado y de otro) hasta volverlo nuestro idioma incontestable, nuestra forma de vida, nuestro maltrecho y delirante pacto social.

En México, cada una de las partes tiene una sofisticada reserva de trucos y suertes mentales y retóricos para filtrar la realidad hasta hacerla lo más parecida posible a nuestra fantasía. Para evadir el dolor (porque estamos históricamente dolidos); para evadir el llanto (porque los machos no lloran), pero sobre todo, para evadir la verdad (porque nadie nos enseñó jamás a venerarla).

¿Cómo exigir a nuestros gobernantes que nos digan la verdad, si en nuestra exigencia parece ir implícito el ruego de que nos engañen? ¿O qué es, si no, el rechazo de las pruebas, contundentes hasta donde se pudo, de la muerte de los estudiantes de Ayotzinapa? “Los queremos vivos”, insisten. Pero no están vivos.

Toda la reconstrucción, los testimonios, todos, la única correspondencia genética que fue posible establecer (debido al deterioro de los restos) en Innsbruck, así como toda la información recabada, confirman una sola certeza: Están muertos. Muertos. Y tenemos que empezar a llamar a la muerte por su nombre.

Como sociedad, ése debe ser nuestro más contundente paso en la búsqueda de una verdadera justicia en este caso. De no hacerlo, nos tiraremos todos, tomados de la mano, al abismo de las alucinaciones grupales, de las falsedades colectivas, del espejismo consignatario, de la esperanza sin sustento, de la insensatez que no conoce fondo.

Empecemos por admitir, reconocer en toda su magnitud la realidad, aprendamos a nombrarla, porque sólo desde ahí podremos exigir a otros que lo hagan. Están muertos. Los 43 estudiantes de Ayotzinapa están muertos. ¿Y por qué están muertos? Porque Iguala y Cocula, al igual que todo Guerrero, y que tantos municipios y estados de nuestro país, se han convertido en el alimento de esa gigantesca medusa que todo lo devora: El crimen organizado.

¿Y cómo ha podido ese poder fáctico adueñarse de un país entero? Por su poder infinitamente corruptor, que desde hace décadas ha infiltrado a las instituciones del Estado mexicano en sus tres niveles, pero también ha infiltrado a sus sociedades, ha comprado lealtades adentro y afuera de los gobiernos. Ha llegado al precio de policías, jueces, gobernadores, pero también ha encontrado sus bases y su milicia entre miles de ciudadanos.

Con la infiltración de las autoridades a los narcos no les bastaría; necesariamente han tejido también la complicidad de importantes sectores entre la ciudadanía. Como agricultores, como halcones, como sicarios, como mulas y transportistas, como prestanombres… y, por supuesto, como consumidores.

Vociferar que éste fue un “crimen de Estado” es tan falaz como pretender que un episodio así no se repetirá si no reelaboramos nuestra histórica relación con la mentira. En todo caso, el de Iguala fue un “crimen de la sociedad”. De las múltiples omisiones, simulaciones y ambiciones de los múltiples átomos políticos y ciudadanos que conforman las células del crimen organizado. Si empezamos a contarnos la verdad sobre nosotros mismos, entonces sí hay un espacio para transformar la realidad y exigir a los gobiernos que hagan el trabajo que les corresponde a ellos.

Sólo entonces podremos construir sobre cimientos sólidos, y no sobre falsos, nebulosos, sesgados y tantas veces huecos, discursos de autoconsumo sobre nociones tan importantes como justicia, democracia, derechos humanos, equidad, transparencia…