Manzanillo a través de sus vías, lagunas y el mar


Mayahuel Hurtado.-

Habitantes de Manzanillo, de las cercanías de Miramar, los canales que conectan a la Laguna del Valle de las Garzas, la zona de Ventanas y algunas otras donde se ha tenido la presencia de cocodrilos, piden que se tome con mayor seriedad cada caso, pues desgraciadamente para estos animales, sus condiciones de vida han cambiado drásticamente, por consiguiente, su comportamiento y hábitats.

Lamentablemente, la ciudadanía se encuentra en riesgo, pues se desconoce el comportamiento de un animal de estas magnitudes, considerando que un bebé cocodrilo mide por lo menos un metro y medio. Para ello piden que en las zonas en las que con mayor frecuencia se han presentado acontecimientos relacionados con estos animales, cuenten con señalamientos, para que por lo menos bañistas y pobladores tengan conocimiento de su presencia.

No dudo en absoluto que Guadalupe Tene, titular de Protección Civil, ya diseña alguna estrategia, pues es precisamente a esta dependencia a la que le ha tocado abordar estos llamados ciudadanos y se debe reconocer el esfuerzo por mantener la seguridad y equilibrio natural de nuestro puerto.

En otro tema, los docentes porteños se muestran inconformes ante la reciente aprobación de la Ley Antibullying, pues consideran que es demasiado severa para los trabajadores de la educación, en el estricto sentido de las limitantes que la misma ley contempla para atender ciertas problemáticas que se presentan en los centros escolares.

Para comenzar, un maestro tiene limitaciones para intervenir, incluso, en problemas de conductas, ya que si el alumno es agresivo, se deben canalizar a ciertas áreas, como trabajo social, para que de ahí se intente concientizar al alumno de que esas acciones perjudican a todos; ahí se cita a los padres, pero un gran porcentaje de ellos se muestran desinteresados por acudir al plantel a dar puntual seguimiento al caso de sus hijos y existen otros casos más en que pese a que se demuestra que el alumno ha cometido faltas, los padres acuden a señalar sin fundamento las acusaciones y es a los profes y director a quienes les toca bailar con la más fea.

Ahí no terminan las limitaciones, un docente no puede retirar del aula al alumno que agrede a otros o que incluso insulta a un maestro, bajo el argumento de que la educación es un derecho. Se le da un seguimiento, pero en la mayoría de los casos se encuentran antecedentes familiares muy críticos, en los que va desde la violencia doméstica, desintegración familiar y otros factores más severos.

Algo que quisiera resaltar es la obstinación de algunos padres para no reconocer ante las pruebas que su hijo requiere de manera urgente “ayuda”; los casos de acoso escolar en planteles indican que por lo menos tres de cada 25 niños tienen estas conductas y de acuerdo al contexto es como ellos lo desarrollan. En cuento a las extensiones de esta ley, lo mismo si se suscitan riñas en las que participen varios alumnos.

Hasta aquí dejo la primera reflexión en la que los trabajadores al servicio de la educación tienen toda la razón, pero también enfatizo mi reconocimiento a los padres de familia que se preocupan por sus hijos y hacen equipo con la escuela, para juntos avanzar y mejorar la conducta del adolescente en beneficio de su educación.

Cierro este tema afirmando que si dentro de las aulas porteñas existieran maestros que realizan estas conductas de acoso escolar y en el que se perjudique la vida y el desarrollo académico de un niño, adolescente o joven, se aplique todo el rigor de la ley y se garantice que esto no vuelva a ocurrir, por ahí existe una experiencia personal que me ocurrió en la primaria Ford como madre de familia, casos lamentables de los que debe quedar constancia para que no se repitan y es ahí donde pido que esa ley sí se aplique.