Madres, ejemplo de dignidad y trabajo


Karla Gabriela Gómez Torres/Patricia González.-

En esta fecha tan especial por ser el Día de las Madres, narraremos dos historias de dos mujeres que no tienen pareja , quienes con el sudor de su frente se ganan la vida con trabajo digno y bajó los incesantes rayos del Sol.

El primer caso es de María Francisco Francisco, de 21 años, indígena de Michoacán, que tiene diez años en Colima con una hija de 7 años que sacar adelante, quien recorre las calles de la ciudad vendiendo alcancías de varias figuras y cazuelas de barro, con la finalidad de mejorar la vida de su hija; su marido se fue tras el sueño americano, con la promesa de mandar billetes verdes, pero Ana María sigue esperándolo en el cobijo de sus padres.

Sudorosa  y cansada, carga un rebozo para poder subir a su hija cuando le diga que está cansada o tienen sueño y con el poder sostenerla, lo suficientemente resistente para cargar sus esfuerzos, sus sueños, sus anhelos esperando que un día su suerte y su destino cambien, y deje por “un solo día” de caminar por las calientes calles asfaltadas de Colima.

 “Las hago de barro y las pintó, las chicas las vendo en 30 pesos, las medianas en 50 pesos; hay días buenos y malos, a pesar de ello seguimos en la calle tratando de sacar algo para vivir”, dice la joven madre.

Mientras Ana María nos refería su historia, su hija feliz brincoteaba de un lado a otro, sin darse cuenta a su edad de inocencia, las dificultades por las que pasa su joven madre.

Cabizbaja, cuenta nos cuenta que su esposo de vez en cuando le manda algo de dinero, pero no cree que algún día regrese, “tiene muchos años prometiéndome que vendrá, me dice que trabaja en una empresa de madera y de vez en cuando me llama”.

Ana María se quitó el cabello de su frente sudorosa y perlada por el sol y dijo: “tengo que salir adelante por mi niña, quiero que vaya a la escuela y tenga más que yo”, después de esto siguió su camino cargando sus obras a cuestas, y su hija a un lado, buscando un futuro mejor, no importa que sea 10 de Mayo.

La otra historia se trata de Manuela Jiménez Araujo, una joven de 23 años de edad, que trabaja de agente de tránsito, quien a pesar de su corta edad ha tenido que superar pruebas difíciles en la vida, entre ellas la discriminación de sus compañeros de trabajo.

Madre soltera de una hija de 4 años, siguió los pasos de su madre para poder salir adelante al no contar con el apoyo de un esposo, logrando terminar sus estudios de bachillerato para poder conseguir un trabajo estable.

Originaria de Tepames, confesó ser orgullosamente agente de vialidad desde hace unos años,  a pesar de ser cansado trabajar ocho horas bajo las inclemencias del Sol, pero logra ser satisfactorio al final del día al poderle servir a la sociedad colimense.

Manuela, señala que dentro de la corporación no hay diferencia de género en cuanto a las funciones que desempeña junto con sus compañeros a pesar de que en forma cultural, es mucho mayor el número de agentes varones que ingresan a la Dirección de Transito, “actualmente somos 10 compañeras,  cubrimos  diferentes  lugares y a pesar de la diferencia de altura y peso, se nos brinda la misma capacitación para poder desempeñarnos en operativos, cruceros o patrullas”, dijo.

Hace una revelación muy personal, que nos confió que ha tenido que superar detalles con algunos de sus compañeros, quienes al principio sin conocerla intentaron “coquetearla” al hacerle  invitaciones a salir, pero oportunamente todo eso cambió al ver su trabajo y desempeño.

Mencionó que nunca se ha sentido ignorada o maltratada por los conductores, por el contrario, desde su punto de vista: “A las mujeres  nos ven con respeto, pues saben que no les vamos a hablar con groserías o con ganas de pelear, por el contrario, somos más respetuosas y con ello nos ganamos el respeto de los ciudadanos”.

La agente cree que la sociedad es muy agradecida, que las respeta porque ven que ayuda a niños a cruzar las calles a las personas adultas mayores, a personas con capacidades diferentes, incluso auxilia en el traslado de heridos de algún accidente y esto la hace sentir útil, y apreciada por la sociedad, “poco a poco la sociedad se acostumbró a ver mujeres en los cruceros, incluso levantando infracciones y la mentalidad fue cambiando, hoy son más aceptadas y respetadas, ahora somos las mujeres las que mantenemos al hombre, somos autosuficientes”, dijo al finalizar.