Literatura de poder y relaciones cinematográficas en Juan Rulfo


 

Víctor Gil Castañeda

Primera parte

“PEDRO PARAMO” EN EL SIGLO XIX

Con justa razón afirmó el Dr. Jorge Ruedas de la Cerna que la literatura del Siglo XIX estaba descuidada y olvidada, más por desinterés de los críticos que por el contenido narrativo allí manifiesto.

Los libros que leímos acerca de este periodo inclinan la balanza a favor de su pensamiento. Hablo de novelas como “Atalay Netzula”, pero en especial, del sorprendente Facundo, que nos llevó a diseñar un proyecto de trabajo, en la primera parte de este artículo, encaminado a presentar la figura del caudillo como instrumento central en la literatura hispanoamericana.

Juan Facundo Quiroga, riojano educado en San Juan, es la personalidad inherente a lo largo de la historia ofrecida por Domingo Sarmiento. Hombre de genio terrible, matón y con un sentido de la autoridad extremada. Un personaje que vimos reflejado en otros documentos importantes de las letras hispánicas.

Hablamos aquí, por ejemplo, de aquellas resonancias manifiestas en novelas como “Pedro Páramo” (Juan Rulfo), “El señor presidente” (Miguel Angel Asturias), “Yo el supremo” (Augusto Roa Bastos), “La sombra del caudillo” (Martín Luís Guzmán), “El coronel no tiene quien le escriba” (García Márquez)… además de otro libro fundamental en esta enumeración, el del español Ramón del Valle Inclán, titulado “Tirano banderas”.

Sabemos que para cada texto se comprende una época específica y condiciones sociales determinadas, pero no podemos negar que hay un hilo conductor parecido, como aquellas imágenes fotográficas que se suceden a lo largo del rollo con pequeñas variantes en la intensidad de la luz o la distancia.

Por eso decimos que la novela de Sarmiento adquirió cabal sentido para nosotros cuando tuvimos la referencia posterior a las novelas mencionadas. Nos causó desconcierto, al principio, la manera de abordar el tema y la forma en que nos ofrecía personajes, acciones, reflexiones y discursos políticos. Todo combinado en un género literario al que no hallábamos configuración total, porque tratamos de aplicar nuestra concepción de los “géneros” en el sentido comúnmente estudiado. Pero Facundo constituye una estructura en sí misma, una armazón que lo es todo, pues como indica Anderson Imbert, no es ni historia, ni biografía, ni novela, ni sociología(1).

Creemos, al igual que José Antonio Portuondo, que el Facundo de Sarmiento será siempre uno de los libros capitales de nuestra América, que se adelantan a esa peculiar interpretación de géneros -sociología, biografía, novela e historia-, que algunos creen ingenuamente patrimonio exclusivo de nuestra hora presente y que no es sino expresión de la necesidad inaplazable de unificar vida y poesía, en la averiguación agónica de la raíz de nuestros grandes problemas colectivos(2).

Tal indicación viene al caso por el argumento de la misma obra, que nos ofrece la historia de dos personajes (Rosas y Quiroga), que a lo largo de su vida ocasionaron diversos daños a la estructura jurídica y económica de la Argentina. Sus ambiciones de poder estaban exentas de un orden administrativo, vital y coherente con las intenciones de una clase media en crecimiento, que buscaba dejar atrás el orden semifeudal y caciquil del Siglo XIX, enfrentado a la imagen de progreso emitida por Europa y aplicada con rapidez por la floreciente nación americana. Estado al que Sarmiento compara, en muchas partes de la novela, con la desarticulada Argentina.

El autor acentúa su interés en este punto, por la detallada descripción que nos hace de ciudades y pueblos. Anotamos solamente algunas de ellas: Jujuy, Salta, Tucumán, Catamarca, La Rioja, San Juan, Mendoza, San Luis, Córdoba, Santiago del Estero, etcétera.

Sin embargo, estas pobres ciudades enfrentarán, en el transcurrir narrativo, las crueldades y el vandalismo de tres sujetos temidos por la sociedad; Quiroga, Rosas, y el menospreciado Santos Pérez. Este último, un gaucho malo, alto de talle y hermosa cara, barba negra y rizada, que frecuenta los caminos en busca de víctimas.

Si éste era mortal para el crecimiento de los pueblos, Rosas se distinguía como un déspota y estanciero. El autor lo describe con sagacidad al decir que era inaudito el cúmulo de atrocidades que se necesita amontonar, unas sobre otras, para pervertir a un pueblo, y nadie sabe los ardides, los estudios y las observaciones que ha empleado, Juan Manuel Rosas, para someter la ciudad a esa influencia mágica que trastorna, en seis años, la conciencia de lo justo y lo bueno, que quebranta al fin, los corazones más esforzados y los doblega al yugo(3).

De Quiroga nos podemos imaginar todo, indudablemente lo peor. Pensemos que tan sólo fue perseguido por un tigre “cebado” para comérselo, pero al final, el felino es acuchillado por el propio caudillo, en un alarde de fuerza y ostentación de dominio; poder sobre lo natural y sus habitantes.

Continuará…

(1)Anderson Imbert, Enrique. (1974). Historia de la literatura hispanoamericana. Tomo I (“La colonia, cien años de república”).  (Breviarios, 89).FCE: México, pp. 247-248

(2)Portuondo, José Antonio. (1982). América latina en su literatura. (“La lucha por la libertad y la justicia”).  Introducción y coordinación de César Fernández Moreno. (Serie: América Latina en su cultura). Siglo XXI/ UNESCO: México,  p. 403.

(3)F. Sarmiento, Domingo. (1991). Facundo: civilización y barbarie. Vida de Juan Facundo Quiroga. Ensayo preliminar de Raimundo Lazo. (Colección “Sépan cuantos…” No. 49). Porrúa: México, ps. 105-106

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