Leyendas de la Armada

Leopoldo Barragán Maldonado. | Foto: Especial

Johan Johansson fue un entendido hombre de mar, nacido en el puerto sueco de Helsingborg, cercano a las costas danesas; debido a la pobreza de su familia desde niño rondaba por los muelles del puerto, y sin importarle su corta edad, ingresaba a las tabernas para buscar algún mendrugo de pan, recibir de los alborotados parroquianos una moneda, o al menos entretenerse escuchando las increíbles aventuras de los marinos briagos. Por aquellos tiempos la Compañía Sueca de las Indias Orientales, todavía disfrutaba de abundancia económica debido al comercio que realizaba por las rutas de la India y China. Se dice que un día atracó en el fondeadero de Helsingborg, uno de los barcos más grandes con que contaba la Compañía Holandesa de Indias Orientales, era el navío ‘Geertruyd’, cuyos ofi ciales deambularon por algunos arrabales del puerto en busca de hombres que bajo los efectos del alcohol, o impulsados por el deseo de ganar dinero, tuvieran el atrevimiento de enrolarse en la marina. Esta pesquisa fue la oportunidad para que Johan se embarcara, como mozo de cocina, en aquel buque que podía transportar hasta 100 toneladas de carga. En el último tercio del siglo XVIII, era tanto el prestigio de la marina holandesa, que hasta Pedro I, zar de Rusia, eligió el país de los molinos de viento, para cursar sus estudios navales.

El nuevo grumete, Johan Johansson, quedó sorprendido cuando el capitán del ‘Geertruyd’, con resplandeciente sable en la cintura, luciendo una casaca azul con puños rojos, charreteras y galones dorados, camisa de cuello alto, guantes, pantalón y medias blancas, ascendió por la pasarela del buque, siendo recibido con guardia de honor y una salva de 13 cañonazos. Johan trabajaría con la crema y nata del comercio marítimo. Al correr el tiempo, Johansson realizó varias travesías ultramarinas hasta Java, aprendiendo no sólo las rudezas de la vida a bordo y el arte de la navegación, sino también las estrategias para enfrentar y evadir a los buques piratas, ya que los navíos holandeses al retornar del Lejano Oriente, traían sus bodegas repletas de marfi l, especias, sedas, y hasta opio, siendo una presa muy codiciada de los corsarios.

Johan Johansson, escuchó de los oficiales holandeses que con el incremento del comercio de esclavos, la famosa ‘trata negra’, Suecia había expandido sus rutas marítimas hacia las Antillas, y también negociado con los franceses la posesión de la isla San Bartolomé que les servía de base. Johansson, cuando no estaba de guardia reposaba una par de horas, balanceándose en su coy, con las manos entrelazadas en la nuca, y la mirada perdida en los maderos del buque, pensando que había llegado el momento de descubrir nuevos horizontes. Cuando regresó a Helsingborg, se ofreció como voluntario en un mercante sueco que lo llevó hasta Gustavia, capital de la pequeña isla convertida en varadero, donde abundaban careneros y calafates dedicados a la reparación de buques averiados. Johan, que para entonces ya era un curtido marino, comprendió que laborar atiborrando de estopa y recubriendo con brea las tablas separadas de los cascos y cubiertas, no le llenaría sus bolsillos de oro, además añoraba las sagaces maniobras y los zafarranchos para repeler el abordaje de los piratas, disparando su mosquetón desde la cofa del palo mayor. En Gustavia, al ser puerto abierto a la navegación, había trabajo pero no aventura. Cierta tarde de caluroso verano, un calafatín que lo auxiliaba en su faena, le comentó que de oídas sabía que se estaba formando una escuadrilla mexicana para surcar el Mar Caribe, así que aprovechó los decretos borbónicos del libre comercio entre España y América, y en la primera oportunidad se embarcó hacia Veracruz, con el propósito de probar suerte en el continente americano.

Cuando el sueco Johansson llegó a nuestra patria, encontró un ambiente propicio para colmar su espíritu aventurero. El tiempo apremiaba para mexicanos y españoles, los insurgentes contra viento y marea, habían consolidado su independencia, mientras que los realistas ni tenían buena mar ni mejores vientos, las luchas de liberación se extendían por el continente y los peninsulares sumaban más derrotas que victorias. En 1823 allá en Venezuela, en la batalla del Lago Maracaibo, la armada colombiana humilló a la fl ota española que estaba bajo el mando del capitán Ángel Laborde, oficial que desde el apostadero de La Habana, incursionaba en el Golfo de México, para avituallar a las tropas acantonadas en la fortaleza de San Juan de Ulúa. (Continuará)