Leyendas de la Armada

Leopoldo Barragán Maldonado. | Foto: Especial

El comandante de La Esmeralda tenía información de que la fragata correo ‘Príncipe’ había zarpado de Cádiz, y estaba fondeaba en la isla Cienfuegos, era una buena presa para ser abordada. Porter organizó a sus hombres en dos secciones, el primer grupo permanecería de guardia al mando de su primo Dixon, que apoyado por Tony, vigilarían el pañol de armas y municiones, el resto se apostaría como serviolas; el segundo grupo se aprestaría al abordaje de la nave española. Al caer la noche, toda la tripulación se formó a popa recibiendo mosquetones, municiones y alfanjes. Mientras tanto, el grupo de comando arrió un bote del pescante de estribor, el primero en abordar fue el sueco Johansson, llevando bien fajados el alfanje y su rebenque, el último en hacerlo, Henry Porter. El proel, apoyándose con su bichero, abrió la proa del bote separándose del casco de ‘La Esmeralda’, siguiendo las órdenes del teniente Porter, los marinos armaron los remos y dieron avante parejos, evitando las zapadas.

La boga era cadenciosa y les hacía buena mar favoreciéndoles la corriente. Al aproximarse a la fragata, Porter mandó arrancar, con toda la fibra posible los marinos bogaron al máximo, ya con suficiente estrepada, el teniente ordenó palanquear los remos metiéndolos en el bote, y al proel hacerse firme en el casco del ‘Príncipe’, los marinos cargaban en sus espaldas los mosquetones, empuñando sólo los alfanjes para cautelosamente abordar la fragata. Al saltar a cubierta sorprendieron a tres guardias españoles que se divertían jugando a las cartas y bebiendo ron, para evitar cualquier disparo, los amordazaron, envolviéndolos en costales y lanzándolos por la borda.

Los hombres que seguían a Porter incautaron todos los enseres útiles, en tanto que Johansson derramaba aceite por la cubierta, entonces tres marinos insolentes, atraídos por las cerámicas, los ornamentos, las sedas y las pieles que estaban a popa, empezaron el saqueo escandalizando y desacatando las órdenes de su comandante, al darse cuenta de tal insubordinación, los marinos leales al teniente neutralizaron a los transgresores amarrándolos al palo de mesana. Porter les advirtió que al menor grito serían eliminados, y con el fi n de mantener la disciplina, le ordenó al musculoso sueco castigarlos con el rebenque, diez merecidos azotes a cada uno, los latigazos desgarraron sus chaquetillas dejándoles las espaldas marcadas y sangrantes por las tiras del cortante cuero. La tranquilidad de aquella noche sólo fue interrumpida por los gemidos de dolor que salían de las gargantas de los indisciplinados. Después de haber sido azotados, Porter tomó una candente antorcha prendiéndole fuego a la fragata española; todos los marinos, incluyendo los facciosos, regresaron al bote.

El audaz teniente, previendo ser descubiertos, ordenó a los marinos bogar hacia la playa de la isla, para ocultarse y observar si los españoles no los perseguían. El suave viento atizaba el fuego en la cubierta y arboladura del ‘Príncipe’, las llamas reflejaban sobre el mar la silueta de aquel navío; escondidos entre los manglares, el comando de Porter miraba atento el dantesco espectáculo, en esos momentos dos de los sublevados sometieron a un marino arrebatándole el mosquetón y su alfanje, salieron de sus escondites dirigiéndose hacia Porter para asesinarlo, Johansson alcanzó a mirarlos, poniendo en alerta al teniente, que al darse vuelta sacó su pistola disparándole un plomazo que se le incrustó en el centro de la frente, simultáneamente el sueco desfundó su rebenque y con certero golpe del ensangrentado látigo desarmó al segundo insurrecto. Cuando la escaramuza llegó a su fi n, y sin importar ser descubiertos, los dos revoltosos fueron encadenados de pies y manos, por la gravedad de su falta nuevamente fueron azotados, 20 fatales latigazos soportaron sus maltrechas espaldas. Casi moribundos por el férreo castigo, fueron conducidos hacia ‘La Esmeralda’.

Cuando los españoles llegaron a la playa, sólo miraron como el fuego consumía, de proa a popa, los restos del Príncipe, que más de lucir el altivo porte de una fragata correo, parecía un buque fantasma; y por si fuera poco, a partir de aquel día, han dicho marinos que navegan cerca de aquellas aguas, que al fi lo de la media noche, cuando la mar arrulla con su calma, y las estrellas cubren el fi rmamento, en vez de percibir los seductores cánticos de las sirenas que solían posar en los arrecifes, sólo escuchan el chirriar del rebenque y los agonizantes gemidos de dolor de tres almas en pena