Leyendas de la Armada

Leopoldo Barragán Maldonado. | Foto: Especial

Después de la capitulación de San Juan de Ulúa, y la expulsión definitiva de los españoles, el gobierno mexicano consideraba imperativo mantener activa la novel flotilla e incrementar sus unidades navales para contener a los buques españoles que todavía operaban desde Cuba, y presionar al gobierno peninsular en el reconocimiento de nuestra independencia. Bajo estas circunstancias la marina nacional se fortaleció con la incorporación del norteamericano capitán de navío David Porter, veterano combatiente y ex prisionero de la guerra berberisca. El ingreso de Porter representó un aliciente en la organización de las fuerzas navales, proponiéndose inmediatamente disciplinar las escasas tripulaciones y reparar los pocos navíos mexicanos.

El contacto de Johansson con el capitán Porter ocurrió cuando el jefe de la escuadrilla ordenó calafatear los bergantines ‘Bravo’, ‘Hermon’, y ‘Victoria’, así como la fragata ‘Libertad, para tenerlos en condición de combate. Se trabajaba apresuradamente convirtiendo en buque de guerra a ‘La Esmeralda’, un mercante capturado por aquella flotilla. La experiencia en el calafateo, su disciplina marinera y la buena puntería que Johansson había demostrado con los holandeses, y durante su estancia en San Bartolomé, fueron la carta de presentación ante el teniente David Henry Porter, comandante de ‘La Esmeralda’, y sobrino del capitán David Porter; desde entonces, el corpulento sueco formó parte de la tripulación, ganándose la confianza del joven teniente, a quien llegó a servir como guardaespaldas.

En 1827, La Esmeralda largó amarras, levó anclas, e izando velas zarpó hacia el Mar Caribe. El teniente Porter, apoyado sobre una carta de navegación y auxiliado de su compás, trazó el derrotero, calculó distancias identificando corrientes, profundidades, bajos y arrecifes, su objetivo era causar el mayor daño posible a los buques españoles. Aprovechando que los vientos soplaban por la aleta de babor, Porter le ordenó a Johansson, que en la segunda guardia iba como timonel, poner a barlovento la nave para que la proa de ‘La Esmeralda’ se enfilara al sur de Cuba. Durante la singladura, Porter estudiaba los mapas tratando de ubicar la posición de las fuerzas enemigas, y dialogaba con sus hombres más leales, entre ellos su primo David Dixon, y un camarero inglés llamado Tony que según le platicaba a la marinería, había servido en el ‘HMS Neptune’, en la mismísima formación del Almirante Nelson, y desde luego, en el grupo de probos marinos estaba Johansson el sueco fortachón. El teniente David caminaba lentamente sobre la cubierta de ‘La Esmeralda’, sin dejar de pensar en la estrategia que desplegaría para ejecutar eficazmente las órdenes que había recibido. Se trataba no sólo de hostigar a los barcos españoles, sino de capturarlos y hundirlos. Tony, al mirar el semblante de preocupación del joven oficial, le acercaba un pocillo de café, normalmente sin azúcar, tratando de racionar suministros porque las misiones de corso eran aventuras en que si bien sabían el objetivo, ignoraban el tiempo que pasarían en la mar; además, el café era muy estimado en la embarcación, ya que procedía de los afamados beneficios de Córdoba, que a lomo de mulas llegaba a Veracruz.

Cuando La Esmeralda entró en aguas caribeñas, el comandante platicó con Dixon, exponiéndole la necesidad de emplear una táctica que le escuchó a su tío David. Los dos oficiales convinieron en invitar al sueco y al inglés. En la privacidad de su camarote, el teniente Porter les detalló la intrépida operación que en 1804, el capitán Stephan Decatur había llevado a cabo en la playa de Trípoli, para abordar e inutilizar la fragata norteamericana ‘Filadelfi a’, capturada por las tropas mamelucas del rey Yousef Caramanli. El comandante reveló que Decatur, había seleccionado un grupo de marinos disciplinados, embarcándolos en unos botes del Essex y el Enterprise, formando un comando que en la noche del 16 de febrero, bogó sigilosamente infiltrándose en el puerto de Trípoli, bajo hermético silencio se aproximaron a la fragata, ascendieron por los cabos entalingados a las anclas de proa y popa, prendiendo fuego a la cubierta del buque cautivo, y retirándose sin ser descubiertos. Al terminar de escuchar la breve historia, Dixon, Johan y Tony se miraron entre sí, acordando ejecutar una operación semejante, sólo que Dixon recomendó que al frente de la misión fueran los marinos extranjeros, ya que el resto de la tripulación la completaban varios hombres sediciosos e inconformes con la rígida disciplina. Entonces intervino Johansson, levantó su rebenque asegurándole al teniente Porter, que él y su látigo mantendrían el orden entre los marinos. (Continuará)