La Panga


Mayahuel Hurtado Ortiz

VULNERABLES ANTE DESASTRES NATURALES

Del 12 al 14 de octubre del año 2011, el huracán “Jova” causó graves daños en Manzanillo. El problema fue creer que no tocaría tierra y al final impactó las costas como categoría 1, generando inundaciones y destrozos a su paso.

Manzanillo, Tecomán, Armería, Minatitlán, Villa de Alvarez y Colima quedaron incomunicados. Más de 4 mil damnificados fueron atendidos en 221 albergues, donde estaba implementándose el Plan Marina y el Plan DNIII.

Los nueve ríos que cruzan Colima capital estaban desbordados. En la zona alta se deslavaron los cerros, cerrando los caminos; en Manzanillo, el mar devoró la carretera en Miramar, Salagua, Santiago; hubo casos en los que a las 3 de la madrugada se estaba rescatando a gente de las zonas de riesgo o en asentamientos urbanos cercanos a arroyos y canales de desagüe.

Pero en la cerrazón del porteño, en su arrogancia de creer que aquí no pasa nada, vivimos el 23 y 24 de octubre de 2015 el paso de un mega huracán, que por fortuna se desvió dos grados, para gozar de la bendición de no ser arrasados, me refiero a “Patricia”, un huracán categoría 5.

Un papel fundamental fue el exceso de información por parte de la Presidencia de la República, quien no escatimó recurso alguno para mantener informada a la población y hacer las acciones necesarias a través de los tres niveles de gobierno para que la población no resultara afectada. Expertos en el extranjero hablaban de un huracán histórico, sin precedentes, del cual el único comparativo que existía era que se trataba de “Un dedo de Dios”.

Hubo quienes se atrevieron a decir que se trataba de un invento, una exageración, porque no fue lo que se esperaba. Sin embargo, el coletazo de “Patricia” en Colima dejó daños muy considerables en 97 planteles educativos, 34 infraestructuras deportivas dañadas, de las cuales 24 eran del municipio de Manzanillo, así como 197 viviendas afectadas, de las cuales 53 fueron de Armería, 103 en Manzanillo y 36 en Tecomán.

Pero eso no es todo, 11 mil 645 hectáreas en los municipios costeros, donde se cultivaban hortalizas, como papayo, plátano, guanábana, tamarindo, etc., se vieron afectadas; además, en Manzanillo se registró la inundación de 100 colmenas, daños al sector pesquero y a por lo menos 107 Centros de Salud. Se calculaba que 100 millones de pesos podría costar la restauración de los daños.

El pasado 6 y 7 de agosto, las advertencias del Centro Internacional de Huracanes de Miami no dejaban de emitirse, pues en costas colimenses se formaba la tormenta tropical “Javier”. Los meteorólogos precisaron que tenía vientos sostenidos de unos 72 kilómetros por hora y su vórtice estaba a unos 88 kilómetros al oeste-suroeste de Manzanillo.

El Servicio Meteorológico Nacional (SMN) informó en el último reporte que para el domingo “se prevén lluvias intensas, con tormentas torrenciales en regiones de Jalisco y Colima, y lluvias muy fuertes con tormentas intensas en zonas de Nayarit, Michoacán y Guerrero”.

“Javier” azotó al puerto de Manzanillo con tormentas intensas que dejaron entre 150 y 250 mm cúbicos de aguas pluviales de acuerdo a los boletines de la Conagua, con un desplazamiento de 16 km/h y vientos máximos sostenidos de 75 km/h. Esto provocó inundaciones en todo el municipio y se agudizó más en la zona de San Pedrito, provocando la suspensión del Servicio de Transporte Urbano que se dirigen a Santiago, Miramar, la zona Centro y el Valle de las Garzas desde los Barrios I al V, como lo son las rutas 2, 7, 8, 10, 10-A, 11 y 12, de igual manera el servicio de taxi.

Ya hemos tenido varias pruebas, pero la arrogancia de creernos intocables nos azotará severamente si no entendemos que ante la furia de la naturaleza no somos nada y los peor, si no tenemos la capacidad de entender que Dios ha decidido otro final para Manzanillo, final que costas de Jalisco, Michoacán, Sinaloa y Baja California no han tenido, nunca podremos apreciar que los litorales colimenses, desde Tecomán hasta Manzanillo, gozan de esa piedad, que nos ha librado hasta el momento de perderlo todo en la sacudida de un terremoto, la furia de un huracán o el arrastre de un tsunami.

Que no se nos olvide: ¡Somos vulnerables ante desastres naturales!