La Esperanza, una hacienda jalisciense con sabor colimense


Fernando G. Castolo

Por los paradisiacos paisajes que se vislumbran al pie del Volcán de Colima, justamente inaugurando los terrenos divisionales entre el estado colimense y el de Jalisco, se encuentra la hermosa Hacienda de La Esperanza, casco que aún conserva el donaire de su otrora opulencia, gracias al esmerado empeño que su propietario actual tiene por una finca que salvaguarda el amor de su madre por las cosas añejas de nuestras latitudes.

No hay pretextos para no reconocer la belleza arquitectónica de esta construcción que, acaso, carece de los ornamentos afrancesados decimonónicos que prevalecían en la época de su plenitud pero, en cambio, nos ofrece una perspectiva vernácula de su conjunto, donde sobresale un amplio corredor con su piso de barro, sus columnas de ladrillo y su cubierta de tejas, enlamadas por el tiempo, pero que resultan aristocráticas en medio de aquel verdor intenso que ofrecen las parotas y las mil variedades de otros tantos árboles que se yerguen en su torno.

Ya dentro del casco uno puede observar maravillado un espacioso tablero central ajardinado, dominado por una cantarina fuente que evoca los oídos con su musical presencia; rodeado en tres de sus lados por erguidas arcadas que dan sombra a los amplios corredores de esta magnífica edificación. Aquí la humanidad se engrandece y se traslada hacia el pasado.

Los olores frescos de la cocina han atraído nuestra atención. Desviándonos de la autopista, entramos a un vericueto de camino donde unas cuantas casas diseminadas van hilvanando el vetusto pueblo que se pierde en la neblina de los barrancos, dominando aquel escenario justamente el viejo casco hacendario, que perteneció en un espacio a la altiva y solemne mujer del jaliscolimán (nació en Jalisco y fue gobernadora de Colima), de beatífica escritura: Doña Griselda Alvarez Ponce de León.

Estacionados ahí, los jardines dan la bienvenida a la ajena vista de los viajeros, donde una alberca de aguas transparentes hace su aparición en medio de ese atrio o antesala de la gran casona. Ahí los comensales están dispuestos en grandes mesas, puertas recicladas de rancios humores y rumores, que dan el atractivo de un palacio virreinal campirano.

Decíamos, pues, que los olores de esa peculiar cocina que se oferta abundante fue el pretexto idóneo para revisitar (porque ya la habíamos visitado en otras ocasiones) esta joya patrimonial, donde la especialidad son los chiles en nogada, que se hacen acompañar de las recién cacheteadas tortillas que diestras manos ofrecen en forma de amarillentos centenarios, rociando aquel manjar con suculentas aguas frescas de sabores veraniegos.

Aunque la Hacienda de La Esperanza se encuentra en suelo jalisciense, guarda en su intimidad todo el bagaje de rancias costumbres colimenses, como orgullosamente colimense es don Miguel Delgado Alvarez que, con aquel don de gentes que le caracteriza, revitaliza este vestigio esperanzador.