La Armada de México en la vida de una colimense


Cuquita de Anda.-

Primera parte

Un día soleado de mayo me llegó una estupenda noticia: Había ganado el concurso “El viejo y la mar”. Posteriormente, se comunicaron conmigo para decirme que me mandarían el boleto de avión para asistir a la premiación, debo decirles que la alegría brotaba por mis poros y aparentemente sonreía sin motivo alguno.

Había ganado, me lo tracé y lo realicé. Tomé el avión, a pesar de que mis hijos no querían que fuera porque había sufrido 10 operaciones en la pierna izquierda. Unos coagulillos me habían hecho la travesura y ellos asustados. Yo podía llevar una persona conmigo, porque te lo permiten, te mandan dos pasajes y dos habitaciones, así como todos los gastos pagados para tu acompañante.

Pero yo hice conciencia de mi realidad, estaba sola, y mis hijos tenían muchas ocupaciones. Además, era algo que tenía que vivirlo de afuera hacía adentro, más porque traía la secuela, la nostalgia, la tristeza de haber pasado 10 veces por el quirófano.

Al llegar a México me recibieron con una escolta de guapos navales que preguntaron mi nombre y contesté asombrada por la grata sorpresa de un ramo de flores y de esos guapos navales. El contra maestre Macotela se presentó ante mí y me dijo que me estaban esperando. Me pellizqué un brazo, para saber que no estaba soñando. Que estaba viviendo una maravillosa realidad.

Llegamos al hotel de la Naval, muy elegante, muy limpio, donde un grupo de hombres y mujeres navales me atendieron. Me enseñaron mi habitación y me invitaron al salón para convivir con un periodista, un escritor muy famoso, Fernando de León, que alcanzó mucha fama con su libro “Cárceles de Invención” y la experiencia vivida con compañeros de todas partes de la República, en especial Néstor Moreno, su hija, una psicóloga muy inteligente, mi enfermera de pie, un pareja de Aguascalientes y varios compañeros.

La experiencia maravillosa de verte en el pódium ante tanta gente importante, como el secretario de la Armada de México, Francisco Saynner Mendoza; el secretario de Conaculta, el secretario de Educación y muchos personajes que escapan a mi memoria.

Nuestra noche de bienvenida, nuestra premiación pero, sobre todo, ese 17 de mayo, en un Sanborns del centro, a donde supuestamente nos llevaron a tomar un café, disfruté un gran festejo sorpresa, ya que por la emoción había olvidado que cumplía años. El equipo había preparado una cena porque sabían que era mi cumpleaños.

Fueron diez días inolvidables, recuerdo en la cena de despedida, que mis ojos frecuentemente se humedecían porque tenía que partir, porque el sueño hecho realidad había terminado, porque tenía que regresar pero no volvía con las manos vacías, venía con un primer lugar en literatura.