In Memoriam: Trece años sin ti, amigazazo de la almazaza

Foto: Especial

Se dicen pronto, pero es un mundo de tiempo -tan relativo siempre- y en el trajín diario se van las semanas, meses, años y las décadas. Así, se cumplen hoy trece años de la partida de mi amado padre, Don Armando Naranjo Garibay (qepd), quien viajó al Reino Celestial a los casi 77 años de edad, en paz y reconciliado con Dios Nuestro Señor, en la cama de su casa -en Comala- y tomándonos de las manos a sus hijos.

Recuerdo aquel momento como si hubiera sido anoche: eran las 9:15 p.m. y mi papá expiraba, mientras con su mano derecha sostenía la de Celi y con su izquierda la mía. Mamá lloraba desconsolada a sus pies, mientras mi hermano Hugo había ido a Colima para comprar la medicina que urgía. Tuve que llamarle y decirle que regresara sin comprarla, que ya no era necesaria y Prieto lo entendió, rompiendo en llanto.

Jamás olvidaré la entereza de mi hermana, que con una mano sostenía la de papá y con la otra le acariciaba su cabello, despidiéndolo de la manera más amorosa con bellísimas palabras, diciéndole que no temiera, que todo estaría muy bien y que ahí en ese lugar de luz ya lo esperaba sonriente su pequeña hija Jimenita para llevarlo hasta nuestro Padre Celestial. Y exhaló: un último apretón de manos y se fue con un rictus de paz espiritual que nos tranquilizó el alma.

El cáncer nos había ganado la batalla que tan estoica y dignamente había afrontado papá, quien desde que se detectó -un año 8 meses antes-, habló con toda la familia y nos dijo claramente que tarde o temprano no podría hablar ni comer, y no quería quimioterapias ni traqueotomía; que llegaría hasta donde Dios le permitiera llegar.

 

FORTALEZA Y FE

A pesar de ser chaparrito, papá tenía un carácter muy fuerte y la enfermedad lejos de detonar su genio, lo moderó notablemente: jamás profirió maldiciones o reclamos a Dios y por el contrario, se acercó más a la fe. A pesar del parche que cubría su mejilla izquierda, todas las tardes iba con mi mamá a escuchar Misa y pedir a Dios por su familia, en la Parroquia de San Miguel Arcángel, en mi natal Comala.

Lo recuerdo levantándose de madrugada para bañarse y al pasar por el inmenso Sagrado Corazón de Jesús en la sala (y que hoy bendice mi hogar), se persignaba y rezaba el Padre Nuestro, que repetía cada noche antes de dormir. La imposibilidad de ingerir alimentos le fue restando peso -de por si siempre fue delgado- y fuerzas, pero jamás perdió la fe ni la alegría por la vida, y sobre todo el amor a mi madre, a sus hijos, nueras, yerno, nietas y nietos.

Nunca tuvo enfermera, mi propia hermana Celina asumió esa función con fortaleza inconmensurable: todas las mañanas y todas las tarde, invariablemente, iba de Colima a Comala a hacerle limpieza total de su herida con la mayor higiene que pueda verse: guantes, cubrebocas, gorro y ropa adecuada para atenderlo. En esa dolorosa situación, percibía en papá a un niño que se dejaba cuidar y consentir.

Desde que tengo uso de razón, lo recuerdo fumando y siempre tomando con mucho hielo agua, refresco o los tequilas, a pesar de que su garganta estuviese caliente de tanto cantar en miles y miles de bailes con la Orquesta Colorado Naranjo durante más de medio siglo. A final de cuentas, creo que el abuso del cigarro y tomar bebidas siempre heladas, devino en el cáncer de su boca, que le quitó la vida.

 

DOS GOTAS DE AGUA

Pero mejor les comparto recuerdos más gratos. Papá y yo teníamos muchas cosas en común: me heredó su nombre, el carácter fuerte, el amor a la música y literatura, el gusto por hacer y honrar amistades (como olvidar la frase con la que se dirigía a ellos: “Amigazazo de la Almazaza”). Dicen que me parezco mucho a él, otros aseguran que el más parecido a papá es Hugo; él sacó la generosidad de papá.

Ambos fuimos primogénitos y desde que recuerdo, me hacía énfasis en cuidar de los hermanos menores. Así lo hizo con sus hermanos Tere, Carlos, Alicia (+) y Horacio, a quienes amaba, lo mismo que a los hijos de cada uno de ellos, mis queridos primos Alcocer Naranjo, Naranjo Ortega y Naranjo Macías, con quienes a pesar de no tener mucho contacto, mantenemos inmenso cariño y respeto con todos.

Una de las mayores virtudes de papá era su generosidad: no escatimó jamás su ayuda a quien lo necesitara, a pesar de que la economía familiar no era boyante. Ese gen de la generosidad lo transmitió directo a mi hija Karla Mariana. Lo recuerdo quitándose un bonito abrigo que traía puesto para regalarlo a un muchacho sin camisa que tocó la puerta de casa pidiendo un taco; también se llevó una buena dotación de fruta y comida preparada por mamá.

Recuerdo cuando iba a convivir a casa de mis tíos Horacio, Rogelio, Gustavo, Arturo o Rubén, le gustaba ir él mismo a comprar los refrescos para las cubas, en lugar de mandarnos a sus hijos. Aprovechaba el viaje a la tienda, para comprar muchos paquetes de galletas o golosinas, y regalarlas a niñas y niños que andaban por ahí.

Al paso de los años -ya adulto yo-, le pregunté por aquella costumbre y me dijo: “Hijo mío, no sabes lo triste que es ser niño, querer pan, dulce o paleta, y no tener dinero para comprar”, en alusión a su difícil niñez con mis abuelitos Carlos Naranjo Villalobos y Felicitas Garibay Flores; ella (La Güerita) era una alma de Dios, pero él era muy duro con todos sus hijos, pero más aún con el primogénito

 

AMISTOSO Y BROMISTA

Otra característica fue lo amiguero: recuerdo que a la Sastrería Naranjo (a 50 pasos de la Presidencia Municipal de Colima, en Torres Quintero 99 esquina con Gildardo Gómez), toda la vida estaba llena no de clientes, sino de amigos de mi papá que iban a conversar y departir: políticos, periodistas, escritores, sacerdotes, trabajadores del Ayuntamiento y de la CFE, fotógrafos, abogados, historiadores, maestros, músicos y deportistas… era una amplia gama de amistades que a diario volvían cada jornada en una tertulia.

Ahí conocí al abogado Gustavo García Amezcua, al Güero Wilson, a un viejecito que le decían “El Chante”, a Armando Valencia Ponce de León, el de la librería, a los hermanos Óscar y Carlos Manuel Zepeda Rosas, a los organistas Miguel y Javier Flores, a Jesús Luna González y Eduardo Jaime Méndez, los hermanos Marco Antonio y “El Cobi” Ocampo Corona, Ramón Camberos García, Gabriel León Polanco, sus primos Raúl y Carmen Naranjo, el señor Quintero de los tacos Diana y muchos más, algunos que ya se nos adelantaron, otros que afortunadamente siguen vivos.

Pero papá no sólo era amiguero, sino que tenía una conversación además de interesante, aderezada con sinnúmero de anécdotas que provocaban las carcajadas estruendosas de los contertulios. Papá era simpático y agradable, muy respetuoso, y recuerdo que con el único amigo con quien “se llevaba” era el periodista guanajuatense Chuy Luna, con quien se gastaba -mutua- mente- bromas pasadas de rosca.

 

EL QUE SE LLEVA…

Recuerdo un viernes como a las 2:30 pm, a pleno solazo colimote llegó la Sastrería Naranjo un joven de unos 18 años en una moto destartalada con 5 enormes bolsas, preguntando por mi papá: ¿don Armando Naranjo?, y responde papá: “soy yo, a sus órdenes”. El chavo le dice: “aquí le traigo los 15 pollos rostizados que encargó”. Tardó más mi papá en correr con pitos destemplados al pobre chavo, que en llegar Jesús Luna riendo a carcajada abierta. De la mentada de madre no se escapó el buen Luna, con quien coincidí como reporteros en El Imparcial y Ecos de la Costa.

Pero el leonés la pagó muy pronto: 3 semanas después -estando yo presente llegó a la sastrería Jesús Luna, quien vivía sólo y modestamente en Colima (aunque todas sus tías estaban bien paradas en Guanajuato [momificadas], además de ser sobrino de un gran político nacional de rancia alcurnia), llegó con 3 pantalones, pues había bajado de peso y le quedaban muy flojos. Le pidió a mi papá que se los arreglara, diciéndole que le urgía, porque no tenía más ropa. Mi padre le dijo que en una hora regresara y así fue.

Papá le pidió a su amigo Chuy que pasara al fondo de la sastrería, a una especie de vestidor que existía con sólo una cortina como división, para probárselos y ver cómo le habían quedado. No había pasado ni un minuto de que Luna entró a probarse los pantalones, cuando se oyó un estentóreo grito: “¡pinchi chaparro jijo de la rechingadaaaaa!”.

Mi padre, en lugar de “agarrarle” por la cintura para ajustarlos a la nueva talla, le había soltado todo lo que daba la pretina y obvio los tres pantalones le quedaron todavía más guangos que al principio. Parecía que nadaba en ellos. Mi papá, que reía como nunca antes lo había visto reír, le pidió que dejara los pantalones y que se los tendría arreglados en una semana, y así lo hizo, además sin cobrarle absolutamente nada… sólo que durante esa semana completa le contó su travesura -con pantalones en mano y en presencia del propio Luna-, a todos los amigos que llegaban, a lo que todos celebraban la dulce venganza.

 

¿MÚSICOS EN LA ANDA?

Otra ocasión, llegaron dos fuereños a la Sastrería Naranjo, uno de ellos vestido con un traje negro que a leguas se observaba que no era suyo, pues además de quedarle sumamente flojo, tanto el pan- talón como el seco, estaba tan desteñido que daba pena ajena, además que calzaba unos tenis Superfaro como los que pedían al entrar a secundaria. El otro con una camisa percudida que de nueva debió ser blanca, con un corbatón de los años 60’s. Ya imaginarán la pinta de gandules. Evidentemente era un par de timadores.

Ambos portaban sendos gafetes más “hechizos” (falsos) que una moneda de 15 pesos. Se decían representantes jurídicos del Sindicato Nacional de Trabajadores Filarmónicos de la República Mexicana, y que los había mandado a Colima un tal “Venus Rey” para que pagaran una cifra estratosférica por impuestos no cubiertos y multas acumuladas durante 25 años. Total que aquella cuenta, hizo que mi tío Horacio, como director de la Orquesta, se pusiera nervioso, preguntando si había forma de que hicieran una rebaja o renegociaran la deuda para pagar menos.

Al escuchar aquello, Don Armando -mi padre- entró al quite: le guiñó el ojo a mi tío Horacio y le dijo que no se preocupara, que él mismo iba a arreglar favorablemente el asunto en ese mismo momento. Les dijo que el era el abogado del “Colorado Naranjo” y que no iban a pagar nada, porque la Orquesta no estaba dentro de ese supuesto Sindicato y que además esta Orquesta le pagaba a la ANDA, a lo que le respondieron los gañanes: “pero si la ANDA es la Asociación Nacional de Actores y ustedes son músicos, no actores”

Y revirando al vuelo, mi papá les respondió: “pero no me refiero a esa ANDA, sino a la otra ANDA!”

“¿Cuál ANDA?”, le cuestionó el fuereño. Y así de botepronto, papá le espeta con un sonoro grito: “a la ANDA y chingas a toda tu madre. Jálense, par de pendejos; ¡a la chingada!”. Así de mal hablado era Don Armando, cuando la ocasión lo ameritaba.

 

 

CHAPARRO PERO PICOSO

Otra anécdota de mi padre ocurrió durante las Fiestas Charrotaurinas de Villa de Álvarez, en una de las tocadas que se llevaban a cabo al mediodía en el Casino de la Feria de la Villa, que se encontraba justo en la esquina donde hoy está la Casa de la Cultura, que mucha gente identificaba como “el sombrero de ejidatario”, que en la gestión del ex alcalde Gabriel León Polanco (qepd) fue nombrado por el Cabildo como Casino “Orquesta Colorado Naranjo”, por la trayectoria de nuestra banda musical.

En aquella ocasión, un sujeto que quiso aparentar estado de ebriedad, pero bien sabía lo que hacía, se dirigió hacia el viejo órgano Korg que tocaba mi tío Horacio, y encima además de las partituras tenía su famosa trompeta de toda la vida que tanto apreciaba, y a un lado un flamante bugle (otro instrumento muy parecido a la trompeta, que da otro sonido), y en un descuido, ignorando el reluciente bugle, tomó la trompeta estrellándola contra el suelo y pisotéandola.

No terminaba de bailar sobre el valioso instrumento, al que además de su precio mi tío Horacio le tenía un cariño muy especial, cuando mi papá se levantó y se le arrojó al vándalo, rodando por el suelo y poniéndole cuatro o cinco trompadas, hasta que llegaron varios músicos más y sometieron al malandrín que había osado destruir la famosa trompeta del Colorado Naranjo. Así era mi padre cuando le hervía la sangre.

Muchos años antes, no sólo cantaba, sino que también tocaba la guitarra, y cuenta la leyenda que estando en los preparativos de un baile, siendo director de la Orquesta mi abuelito Carlos, antes de ceder la estafeta a mi tío Horacio, como buenos músicos, afinaban cada instrumento antes de iniciar la presentación artística.

Pero ese día que mi abuelo traía el genio de Naranjo hasta el copete y mi papá “iguanas ranas”, le gritaba mi abuelo a mi padre, “súbele que no se oye” y papá le subía. De nuevo mi abuelo le gritó: “que le subas porque no te oigo”. Corajudo como era, papá le preguntó a su papá: ¿quieres que se oiga? agarró la guitarra y la estrelló contra una silla, preguntándole: “ahora si la oíste”

 

HOMBRE CULTO

Y si era generoso, amiguero y bromista, mi padre también fue un hombre culto: a pesar de que sólo había terminado la primaria, por la pobreza de sus padres y por la obligación de trabajar desde muy niño, vendiendo periódicos, pan, haciendo mandado a los vecinos y por supuesto incorporándose a la Orquesta de mi abuelo Carlos Naranjo desde que era adolescente. Tan difícil era la situación económica de mis abuelitos, que recuerdo a mi tío Horacio (Colorado Naranjo) revelando que su cama era la parte baja de la mesa de cortar (sastre).

Sin embargo, y a pesar de estudiar sólo la primaria, papá siempre fue amante de la lectura, lo recuerdo leyendo todos los días todos los periódicos locales y el Excélsior de México. También devoraba la revista URSS que desde la desaparecida Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas le enviaban a casa. Nunca supe y tampoco le pregunté, por qué esa revista le llegaba personalizada con su nombre y con el grado de “Capitán de Corbeta Armando Naranjo Garibay”.

También amaba la lectura, le gustaba leer a Gabriel García Márquez y Octavio Paz, y por supuesto todos los autores colimenses que le obsequiaban sus libros, como Lipo Lepe, don Ricardo Romero Aceves y el maestro Juan Oseguera Velázquez. Conservo un deshojado libro muy extenso que sólo se titula “Literatura Universal”, del que cada tarde antes de dormir, nos leía diversas historias a mis hermanos y a mí.

De mi amado padre heredé el gusto por las letras, por eso estudié en la Facultad de Letras y Comunicación de la Universidad de Colima y por eso elegí el Periodismo como la pasión de mi vida. Ya adulto, tuve la costumbre de obsequiarle muchos libros que le dedicaba, y que tras leerlos en una sola tarde, me los donaba para mi biblioteca personal.

 

HUELLAS DE LA AMISTAD

Son tantas y tantas las anécdotas que recuerdo de papá, que estoy pensando en mejor escribir un libro sobre su vida y obra. Sin embargo, hoy me quedo con todos los comentarios y muestras de aprecio que cientos de amigos me han expresado sobre Don Armandazazo de la Almazazaza, que hoy concluyo con esta anécdota que ocurrió este 4 de marzo.

Le marco al celular del C.P. José Antonio Orozco Sandoval, el popular “Josean” para felicitarlo como cada año por un cumpleaños más de vida, y antes de que me yo le diga cualquier cosa, toma la palabra y me dice: “no se me olvida que hoy es el aniversario luctuoso de tu papá, y por eso mi esposa Lety y yo fuimos al templo de San José con el Padre Óscar Llamas y ofrecimos la Sagrada Misa por el descanso eterno de mi amigo Armando Naranjo”.

Detalles como esos, hacen que volteé al cielo y le dé gracias a Dios por el padre que me obsequió durante 42 años, y que también le dé gracias a mi adorado padre por haberme dado -junto con Hilda, mi Madre- esta vida tan bendecida. Soy afortunado, no cabe duda.