Homilía


Antonio Flores Galicia.-

Cristo no vino a demostrar grandeza ni a buscar alabanzas. Se comportó humildemente, buscó la manera de ayudar, realizó la redención de la humanidad, perdonó y se comprometió a perdonar y a ayudar a quien se lo pidiera. Demostró su poder, su divinidad, cuando fue necesario. Vino a cumplir la promesa desde la creación del hombre: “Pondré enemistad entre ti (Satanás) y la mujer (al Madre del Redentor)”. Dios había ayudado con los profetas y por Moisés, luego vino a dar ayuda divina por Jesús, el hijo de María y educado por José. Evangelizó, demostró que era Dios y Hombre, entregó su vida en sacrificio como Redentor, corrigió desviaciones en la aplicación de la doctrina que ya se había dado y nos aclaró la necesidad de ser sinceros en nuestra actuación y que si estábamos con él todo lo tendríamos.

Esto de llamarle Rey de Universo, quiere decir que es Dios y desarrolla la historia de la salvación para toda la humanidad, con el sentido que se veía a los reyes de la tierra: Dueños de vidas y valores materiales, gobernantes en todo sentido y de todo. Es del que decimos: “Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible. Creo en un solo Señor Jesucristo, hijo único de Dios; que nació de María virgen y se hizo hombre; que por nuestra causa fue crucificado”.

Pero, qué triste. Aceptamos y vivimos solamente lo bueno y agradable. Lo que se debe hacer, lo olvidamos. Nos comportamos como los niños, quienes solamente ven lo bueno que les gusta sin aceptar obligaciones. Ese fue el gran problema de Cristo cuando predicó por los caminos de Israel. Ni siquiera en las calles de Jerusalén ni en su entorno. Vivía y predicaba en las regiones de los pobres, hambrientos y enfermos; con los ricos, sabios, poderosos y perfectos, ni pensarlo. Es cuando me da tristeza, por la vida que vivimos los católicos. Digo algo que nadie aceptará. Lo digo para decir a Dios al morir: “Les dije”. Actualmente los católicos llevamos una vida en mucho peor que cuando los judíos: Aquello con lo que tenemos provecho afectivo, social o económico.

Nuestra conducta ante Cristo, no es de encuentro como el de los pobres y lisiados,  huérfanos, necesitados, abandonados. Solamente un poco: Nuestras fiestas de Adviento, la Navidad con sus posadas cantos y piñatas, las fiestas a la Virgen de Guadalupe y al Patón de la parroquia o del pueblo, el Miércoles de Ceniza, la celebración de la Cuaresma, la Semana Santa, las grandes fiestas de los misterios de Cristo. Siquiera esto poco. Celebramos más fiestas que los judíos, gastamos más dinero que ellos, hacemos más ruido. Es Cristo “rey terreno, no Cristo Dios.

Sabemos que el día de nuestra muerte, este Rey, nos recibirá y “apartará a los unos de los otros… dirá a los de su derecho, vengan benditos de mi Padre, tomen posesión del reino preparado para ustedes desde la creación del mundo… a los de la izquierda, apártense de mí malditos”.  ¿Por qué unos a la derecha y otros a la izquierda? A la derecha los que en la vida  dieron a Dios y a los demás, a la izquierda los que nada dieron y sólo pidieron y quitaron. Nunca se te apareció Cristo para pedirte, delante de ti estuvieron las personas; pero: “Cuando no lo hicieron con uno de aquellos insignificantes, tampoco lo hicieron conmigo”, nos dice Cristo.

Ocupamos que Cristo venga nuevamente. No a redimirnos ni a predicarnos. Todo eso ya está. Que venga a darnos fuerza, a ponernos superiores que sean auténticos evangelizadores, a que aumente el número de católicos que vivan la doctrina auténtica de Cristo. Ven, Señor. Llenamos tus templos de hermosas y carísimas imágenes, hay muchos cantos y repiques. Tus templos que deben ser casas de oración, los hemos convertido en ricos mercados. Tú, nunca dijiste que eras Rey, sino amigo, doctor y maestro. Ven, Señor Jesús. Para que vivamos como hermanos.