Homilía: Vamos para predicar


Antonio Flores Galicia

Cuánto habían desviado los judíos la doctrina de Dios, que recibieron por medio de Moisés y los profetas, se las dio a todas las gentes. Trató de preparar al pueblo donde Jesucristo realizaría la redención de la humanidad. Llegado el tiempo, inició la Redención, actuado Cristo como debía hacerlo quien se ofrecería como sacrificio por todos los hombres. Pero, no venía solamente a redimir a los que en ese tiempo vivían en el mundo, sino a todos los hombres de todos los tiempos. Por eso, necesitaba dejar predicadores para que llevaran su doctrina a todos los pueblos en todos los tiempos.

El primero y gran problema era que se dieran cuenta de que era Dios, dueño de todo y que hasta a los demonios y maldades materiales dominaba. Así se fueron convenciendo, poco a poco, sus primeros seguidores: Quitó la fiebre a la suegra del que sería grande entre sus seguidores; curó a todos los enfermos y poseídos del demonio que le presentaban; no permitía que hablaran los demonios; muchos lo buscaban. Predicó en toda Galilea y en las sinagogas, expulsó demonios. Jerusalén no fue su lugar preferido para su actuación redentora, sino la región de los pobres y humildes. Tengamos cuidado con la soberbia y avaricia.

Pero, hay algo que impresiona. Lo buscaban para que los curara y para que les diera de comer. Se iban a sus casas y solamente doce aceptaron su llamamiento, lo siguieron a dondequiera que iba. Allí está nuestra debilidad humana, algo que siempre ha existido y que ha crecido en nuestros tiempos: Dame, necesito, cúrame, quiero ganar, defiéndeme de mis enemigos. Cristo te pide que ya no vivas en amasiato, pero solamente lloras porque murió tu compañero o compañera y todavía dices: “A mí Dios no me oye”. A cuántos jóvenes les pide que obedezcan a sus padres, que estudien, tengan buena conducta; pero no le hacen caso y el día del examen corren a pedirle a Dios buenas calificaciones. Delante está nuestra conducta, con Dios. Al que está con Dios, nada le falta.

Lo malo que tenemos o nos rodea, no son solamente las enfermedades o el trato que están dando hoy, sino la gran desviación de la personalidad. Urge que cada uno pensemos: Quién soy, qué quiero, qué debo hacer. Existen graves problemas en las personas y en la sociedad. A los buenos les urge que muchos crean y haber rezado mucho, pero no predican, no buscan seguidores y, lo peor, no buscan seguidores de Cristo. De muchas sectas o grupos religiosos van por las calles buscando seguidores y, cosa triste, las señoras “santas”, solamente andan buscando cooperación para comprar adornos para el templo. Esto, no es un invento, sino una triste realidad.

Le dijeron a Cristo: “Te andan buscando”. Cristo les contestó: “Vamos a los pueblos cercanos para predicar también allí el Evangelio, pues para eso he venido”. Se ocupa que le digamos nosotros: “Aquí estoy, Señor”.  Iniciemos, siquiera aceptando la preparación que se nos exige para recibir sacramentos, hagamos nuestras reuniones y peregrinaciones  buscando el progreso y que nuestros cursos y encierros misioneros no sean para encontrar con qué vivir. Cuantos ignorantes de la doctrina, enfermos y poseídos del demonio, necesitan que lleguen a ellos los que ya están con el Señor. Todos digamos con Cristo: “No tengo por qué presumir de predicar el Evangelio, puesto que esa es mi obligación”. Qué expresión de San Pablo. Cuidado, predicadores del Evangelio. Urge quitar esa conducta judía que ha crecido entre sus seguidores y predicadores. Primer problema que hemos de vencer: Que se acepte esto.