Homilía: Oigamos la voz del Señor


Antonio Flores Galicia

No seamos sordos a la voz del Señor. De diferentes maneras somos invitados a quitar lo malo y poner lo bueno. Cuando pequeños, muchos reciben orientaciones de sus papás y los parientes que les rodean; cuando se preparan para los sacramentos y van al templo o en el pensamiento reciben llamadas de Dios. Otros, por la manera de ser de sus familiares nunca recibieron orientación cristiana. Pero casi todos vamos recibiendo llamadas hacia el bien. El problema es grande cuando Dios nos llama al bien, de alguna manera, y nosotros no aceptamos el llamamiento. Allí está algo que nos dice la Biblia, expresión que asusta cuando nos damos cuenta que eso se da frecuentemente, hasta en personas que se creen bien, pero no quitan conductas erróneas: “Te llamé y me despreciaste, ahora yo me voy a reír de tu desgracia”.

Urge escuchar la voz de Dios, porque se corre el peligro de hacernos fuertes en alguna desviación y no se quita. Me inquieto cuando les he dicho a personas que dejen su conducta errónea, que arreglen los aspectos de su matrimonio en vez de divorciarse; que cumplan sus obligaciones de padres de familia, que ya no asesinen ni roben, que dejen las maldades de las drogas, que se equilibren en la ambición del dinero. No me hacen caso y me doy cuenta de la triste muerte que tienen.

Hoy es importante la actuación de Cristo contra el mal espíritu que atormentaba a un hombre: “Cállate y sal de él”. Aunque sean grandes nuestras equivocaciones y grande la fuerza de los espíritus inmundos que nos arrastran al mal, si acudimos a Cristo, venceremos. El problema está en que nos desviamos mucho, nos hacemos esclavos de nuestras pasiones y ambiciones, nos sentimos fuertes, inteligentes y poderosos en el mal, despreciamos las invitaciones a cambiar de vida, llega la muerte y nuestra conducta no se corrigió.

Qué triste es la muerte de los que no quisieron oír la voz del Señor. No quisieron oír su voz,  no aceptaron su autoridad y fuerza ante los espíritus inmundos y al final reciben la expresión: “Te llamé y me despreciaste”. Muchos se han dado cuenta de cómo mueren los que no aceptaron los llamamientos del Señor. Los que abandonaron a su esposa e hijos y llevaron vida con otra y con otra, cómo terminan sin que nadie se preocupe por ellos; los que acumularon riquezas y ni para alimentarse gastaban, mueren y sobran los que se pelean por el dinero; los que se dedican al tráfico de drogas o robos, mueren y no se llevan ni un peso, dice la canción: “Nomás un puño de tierra”, y yo les digo que ni eso se llevan.

Ojalá que en este domingo muchos quedemos asombrados de las palabras de Cristo, “quien enseñaba con autoridad y no como los escribas”.  O sea, es cierto que urge escuchar la voz de Cristo. No seamos sordos a su voz. Hecha fuera de nosotros todas las maldades que nos vengan. Tiene autoridad, sin comparación de los responsables religiosos. Pero, eres libre, oye su voz, te conviene.