Homilía: Dos hijos desiguales


Antonio Flores Galicia.-

Hoy tenemos una invitación de Cristo a una buena actuación, por algo que sucedió en el Templo de Jerusalén, un centro de poder político, económico e ideológico de Israel. La parábola de hoy es una invitación a responder: “¿Qué opinan de esto?”. Se trata de algo personal. Dejemos a un lado la conducta de los demás. Cada uno examínese y responda según sea y conforme sean las ideas personales, como diciendo: “Yo, ¿cómo soy y qué haré?”. Es urgente ese yo, porque pronto nos preocupamos de los otros.

Cuando Cristo y sus apóstoles llegaron al templo, se dieron cuenta de una discusión cerrada. Cristo quería la respuesta personal: “¿Qué opinan de esto?”. Otra vez, rápido, están dos cosas cuya respuesta dirá lo que son y ambicionan los que responderán: “Hijo, ve a trabajar”. Uno respondió ya voy, pero no fue; otro respondió no quiero ir, pero se arrepintió y fue.

Muchas veces son muy fuertes nuestros gustos y caprichos, la falta de conocimiento de la doctrina de Cristo, y hacemos lo que queremos, sin escuchar las invitaciones que nos hacen personas rectas y nuestra conciencia. Dicen muchos jóvenes de hoy: ¿Y si no quiero? Con esas personas, se pierde el tiempo con aconsejarlas, con invitarlas a reuniones, con aclararles las cosas. Son como el hijo malo que respondió: “No quiero ir”. Actuó como dice en otro lugar el evangelio: “Honran a Dios con los labios, pero cuyo corazón está lejos de El”. Examinemos si no actuamos como ese hijo. Tristemente vemos que en las comunidades cristianas abundan esos hijos. Se creen perfectos porque rezan mucho, otros porque dan limosnas, otros porque son amigos; pero ante Dios están dejando otra imagen, son una mentira. Era hijo, vivía en la casa del padre, recibió la petición de su padre, pero, “no quiero ir”. Cuidado, es el mayor grupo de hijos de Dios, actualmente. Dicen en el pueblo: “De lengua me como un taco”.

El otro hijo, no era bueno, también andaba mal. Pero se arrepintió de haber dicho: “No quiero ir”. Se arrepintió y fue. Era un hombre que sobrecogido por los remordimientos de su conciencia, se arrepiente y se salva. Nos dice San Ambrosio que el remordimiento es una gracia para el pecador. Sentir remordimiento,  escucharlo,  prueba que la conciencia no está totalmente apagada. El que siente su herida, desea la curación y toma remedios, donde no se siente el mal, no hay esperanza de vida.

Tenemos en la Iglesia a miles de santos que fueron pecadores. Reconocieron que estaban equivocados e iniciaron una vida nueva. Son muchos: San Ignacio de Loyola, San Agustín, San Francisco Javier y… tú, lector, que después serás diferente. No recuerdes ni lamentes tu pasado. Ve hacia adelante, reconoce tus grandes cualidades, tus valores personales; ve cuánto necesita tu entorno social y decídete a actuar. Cuántas personas malas han avanzado, después de arrepentirse; miles y miles han escuchado la voz de su conciencia y no le han hecho caso. Dicen en el pueblo: “Te la das de muy, muy”. Cuidemos que no nos llegue la expresión de Cristo: “Ustedes, ni siquiera después de haber visto, se han arrepentido ni han creído en él”.