Homilía


TODOS DAREMOS CUENTA DE NUESTRA ACTUACION

Antonio Flores Galicia

Lo importante es la conducta que tengamos en la vida. Eso es lo que debemos tener en cuenta los que aceptemos la verdad de que nadie es eterno: “Todo pasa y todo queda. Pero lo nuestro es pasar, pasar haciendo camino sin descansar”. Y aquello otro: Al morir nada nos llevaremos, ni un puño de tierra. Como siempre, ante todos está la verdad, importa mucho que cada uno, si quiere actuar conforme a ella, debe tener presente qué debe hacer y qué debe quitar, gobernarse y gobernar. Pero todos somos libres: “Yo fui el responsable de mi propio destino”. Los que crean en Dios acepten lo que nos dice: Le daremos cuentas de lo que hicimos en la vida, no porque no lo sepa, sino porque cada uno debe “dar cuentas de su administración”. Los que no crean eso y digan que lo importante es nuestra vida, los invito a que vean qué se llevan los que van muriendo. Que si tumbas, misas, flores, novenarios, publicaciones en los periódicos, música, herencia, lágrimas y comentarios. Está bien. Pero el difundo, ¿se llevó siquiera un dólar de los millones que logró tener?

Hoy se nos dice qué actuaciones hubo cuando Cristo fue a la aldea de Betania, donde vivían tres amigos: Lázaro, Marta y María, como a unos tres kilómetros de la ciudad de Jerusalén. Es importante ver tres conductas para entender lo que debemos actuar responsablemente. La responsabilidad está frente a la verdad. Cristo encontraba descanso con esa familia después de haber cumplido sus compromisos judíos en el Templo de Jerusalén y de haber soportando fatigosas, bochornosas jornadas y polémicas con los refunfuñones fariseos, pues no tenía ni un piedra donde reclinar su cabeza. Marta preparó la comida, María se sentó a los pies de Jesús para escuchar su doctrina, Cristo les dijo que hicieran las mejores cosas y que buscaran las mejores.

Se nos dice, este domingo, que hagamos lo necesario, que distingamos lo necesario de lo pasajero, que no andemos solamente buscando conveniencias y gustos, sino que veamos qué es importante. O sea, que seamos responsables de nuestra conducta. Vamos en viaje hacia otra vida que hay después de la muerte. Por eso no es bueno utilizar nuestros días en la tierra en cosas que dejaremos al morir. Aquí tenemos un grandísimo problema. Cuánto perdemos con esa actuación que tenemos, como si fuéramos eternos: Más dinero, más fama, más gustos y conveniencias. Si en la tierra estuvimos buscando y logramos tener miles de millones de pesos, al morir, ni un dólar nos llevaremos.

Invito a que nos examinemos. Sepamos quiénes somos. Eso de preocuparnos por novenarios, misas, rosarios, cenas con cerveza y vino, para recordar a la persona amada, que murió. Se pelean por la herencia, se destruye lo que logró el difunto. El muertito, solamente respondió a Cristo que le dijo: “Dame cuentas de tu administración”. Y no podrá decir cómo era el esposo o la esposa, los hijos y vecinos, los alumnos y el gobierno. Solamente, la palabra de Cristo: “Tú qué hiciste”. Pero esto es solamente para los que crean en Cristo. Los que no crean, son dueños de sí mismos, pero nada se llevarán. En una parte del mundo, el jefe del departamento donde se guardaban los féretros de los que incineraban y después los vendían ellos, me daba en secreto todas las cajas que necesitara para los pobres, sin decir a nadie de dónde procedía el regalo. Ayudábamos a muchos y el muertito no se llevaba su caja hasta de 50 mil pesos. Así es la vida.

Bien. Marta se preocupaba por remediar las necesidades de muchas personas hambrientas y sedientas, en su misma casa les preparaba comida; María reconocía la grandeza y divinidad de Cristo; Cristo demostró a todos los presentes la importancia de la actuación, la conveniencia de dar a los demás, la aclaración de la importancia de ser piadoso y caritativo. La importancia de cómo actuemos, sin perder el tiempo en examinar la actuación de los demás, porque cada uno tendrá la recompensa de su actuación. Lo que dará Dios a los que le sirven en la tierra. Creamos en él y pongamos en él nuestra esperanza. Amemos a Cristo, de verdad.