Hace 133 años todo Manzanillo quedó bajo el agua

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Un metro de altura en promedio alcanzaron las aguas el 19 de octubre de 1886

Tan solo habían pasado 60 años de que Manzanillo se había formado como uno de los incipientes puertos mexicanos del lado del litoral del Pacífico, cuando una desgracia causó estragos económicos y anímicos entre la población de aquel pequeño puerto, que lejos estaba de alcanzar la categoría de ciudad, y aunque no se tienen referencias exactas sobre la pérdida de vidas humanas y heridos por la fuerza del meteoro, que se sacan por parte de los expertos a la luz de los daños, deben haber sido importantes. El alcance del avance de las aguas sí que quedó registrado.

Apenas en 1848 (hacía 38 años) se le había otorgado de manera definitiva la categoría de Puerto de Altura y Cabotaje, por lo que Manzanillo estaba en pleno auge y desarrollo como puerto. Poco se reconocía del puerto original que empezó con dos chocitas y menos de 50 personas en torno a los barrios de La Perlita y La Chancla.

Eran las seis de la tarde, cuando ya el Sol empezaba a bajar, y como aún no se tenía luz pública, más allá de lámparas que se prendían con antorchas en algunos puntos, y algunos braseros y pequeñas fogatas que las familias ponían en las esquinas de las pocas calles, todo mundo se había recogido, y más cuando el cielo se veía bastante amenazador, nublado.

Hasta los habituales zancudos que llenaron el aire con sus zumbidos molestos, listos para picar, no se habían presentado ese día. Fue precisamente a esa fatídica hora cuando un fortísimo ciclón proveniente del sur del país, que habiendo avanzado con dirección noroeste por la costa de Guerrero y Michoacán ingresó a la bahía, donde, por efecto de los cerros que conforman la bahía quedó, como se dice popularmente, encerrado.

Hay que imaginarse el terror de los habitantes, si tomamos en cuenta que todas las casas, a excepción del Hotel Ruiz y las viviendas consistoriales, eran de palo, tejas, palapas, adobe y otros materiales endebles. Las palmeras empezaron a retorcerse como si bailaran al compás del viento, que soplaba con toda su furia, destruyendo las lanchas y barcos que había en la bahía.

El barco Barracuda, que transportaba pasajeros y carga entre Acapulco y Manzanillo, se apresuraba a entrar al puerto y bajar a todos sus pasajeros, e inmediatamente levó anclas para seguir con proa al norte, para escapar del monstruo meteorológico.

Milagrosamente se salvó, navegando a todo trapo, pues siguió una trayectoria diferente al ciclón. Se menciona que el barco llegó al puerto cuando empezaban los primeros vientos, con fuertes ráfagas, pero no siendo todavía propiamente el ciclón, por lo que solamente se dejaba sentir una ligera lluvia, pero, tan solo cuatro horas después de haberse ido el Barracuda, se dejó sentir con toda su potencia.

En esos tiempos del Siglo XIX, como puede entenderse, no se podían medir las magnitudes de los ciclones, ya que no se habían inventado los instrumentos de medición ni existían los satélites que actualmente dan seguimiento a su trayectoria. Tampoco se les ponía nombre, por lo que solamente se les identificaba por la fecha en que golpeaban a un puerto o población costera, y la fuerza del fenómeno se sacaba en conclusión por los efectos y daños que causaba, de suerte que, por intermedio de estos datos, se ha creído que su fuerza era de cuatro a cinco grados en la escala actual, que es la Saffir-Simpson.

Lo más fuerte que trajo este ciclón por las evidencias que arrojan los relatos y escritos al respecto, fue la cantidad de lluvia que cayó.

Pronto el agua llegó hasta el jardín Galván, de modo que no hubo paseantes ni músicos que amenizaran el ambiente en la pequeña plaza de pueblo. Por ese tiempo, el jardín era solamente de una cuadra, la que se encontraba exactamente frente a la Presidencia Municipal, pues Manzanillo tenía solamente 13 años de ser municipio; antes de ello, era una población y ese mismo edificio recibía el nombre de Casas Consistoriales. Luego el mar entró a la Aduana Marítima y cubrió todo el playón, afectándose la carga ahí depositada, así como las bodegas del puerto que quedaron destrozadas.

Por esas épocas, la calle México era muy corta, mejor conocida como calle de La Laguna o Principal. Se menciona que tenía tres cuadras de extensión, ya que al parecer las manzanas tenían otra conformación, al ser algunas un poco más largas. Terminaba por donde actualmente se localiza la Farmacia Zapotlán.

El agua del mar subió y lo mismo hicieron los de la laguna, de manera que toda la calle México o Principal quedó anegada, confundiéndose las aguas del vaso lacustre con las del océano, como si Manzanillo fuera un Venecia mexicano, una enorme laguna.

En promedio, el agua subió un metro de altura, por lo que todos los objetos, muebles y enseres de casas y negocios quedaron bajo el enorme charco.

Se menciona que aquello fue tan sorprendente, que algunos caimanes de los muchísimos que por el entonces tenían las lagunas que rodeaban Manzanillo, como la de Cuyutlán y la de San Pedrito, se metieron a la ciudad y llegaron hasta el otro lado, hasta la bahía, y en el colmo de lo insólito, como se repetían la anécdota todavía años después, se dio una lucha contra los tiburones que merodeaban la costa dentro de la bahía.

El impacto del meteoro duró 36 horas, según las crónicas, de manera que, si tomamos en cuenta que impacto inicial del meteoro fue a las 6:00 de la tarde del día 19 de octubre, los efectos del mismo se dejaron sentir con furia sobre el caserío costero a eso de las 6:00 de la mañana del día 21 de octubre. Manzanillo quedó bajo el agua y se necesitaron varios días para que la población regresara a la normalidad.

Esta inundación, en parte se debió a que la población en general estaba muy baja, por lo que primero se tuvo que rellenar, en tiempos de las obras del puerto que encargó al Ing. Smoot el Gral. Porfirio Díaz, y después por medio de los ingenieros que mandó a hacer varias obras de mejoramiento de Manzanillo el presidente Lázaro Cárdenas, que las nivelaron e hicieron de material sólido, así como algunas aceras.

Recuérdese que la primera nivelación que se hizo a un terreno en la bahía corrió a cargo de Francisco Anguiano, cuando en 1825 se hizo lo propio en la zona de La Perlita, con motivo de la solicitud de la apertura del Puerto de Manzanillo al comercio de cabotaje y altura, trasladando el antiguo Puerto de Salagua a la nueva ubicación.

De ahí en adelante, no se hizo una nivelación general y terraplenación importante hasta 1927, la cual estuvo a cargo del contratista norteamericano Otis S. Smoot, hermano del Ing. Edgar K. Smoot. Éste elevó el malecón a cinco metros sobre el nivel del mar y niveló el resto de las calles de la población, elevándolas metro y medio sobre el nivel del mar. Pavimentó las callas de la Laguna (Principal o México), De la Madrid (Morelos), Obispo Vargas (Francisco González Bocanegra), Colhuas, Colima (Allende) y Medellín (Miguel Galindo). Esto evitó que se repitiera una inundación del calibre de la que aquí he hablado, que fue algo dramático y a la vez impresionante, donde se dejó ver en el Manzanillo del entonces la insignificancia del ser humano, ante la grandeza de la creación.

Definitivamente, la inundación que causó en Manzanillo aquel ciclón del año 1886 fue algo que quedó marcado en la historia de nuestro puerto.

Hoy que se han creado tantas nuevas colonias, muchas de ellas ganadas a las diferentes lagunas que otrora rodeaban la ciudad y que se fueron desecando por efectos del clima y otros factores, así como otras que el mismo ser humano ha ido rellenando, las cuales tienen un alto riesgo de sufrir una inundación tan severa como aquella que puso a Manzanillo bajo las aguas.