Hablando de reformas


Cuquita de Anda.-

Cuarta y última parte

El clero, pues, no ha tenido razón para resistir abiertamente la Constitución, valiéndose de armas vedadas. Así, en los pulpitos, en las pastorales y de mil otros modos, han profanado la cátedra de Jesucristo y barrenado las atribuciones de la autoridad suprema, causándole al país males incalculables, lo mismo que a la iglesia que pregonan defender, cuando en realidad no hacen más que ofenderla y arruinarla. La iglesia no necesita tesoros para cumplir con sus obligaciones piadosas, ni los fieles buscan en ese recinto sagrado el Fausto y la riqueza mundanal.

Pero estas voces eran condenadas por las autoridades eclesiásticas, que con el estímulo y el aliento, o más bien la exigencia del Papa, aumentaron sus actividades conspirativas. Mientras en las sacristías se promovían revueltas, se llevaron a efecto las elecciones de diputados y las de presidente y las de vicepresidente de la República.

El nuevo congreso careció de un grupo importante de liberales puros. Y como don Ignacio Comonfort fue electo primer magistrado, se pensó que el grupo moderado decidiría los destinos del país.

Sin embargo, “con la elección del presidente de la República -escribió Roeder- coincidió la elección la elección del presidente de la Suprema Corte de Justicia: Posición inamovible, posición que llevaba la sucesión a la presidencia, y posición que se llenaba por voto popular; y el elegido fue Juárez”.

Era, sin duda, una advertencia imposible de ignorar. No debían, pues, cantar clara y tranquila victoria quienes creían que contemporizando y transigiendo iban a resolver los problemas del país. Comonfort necesitaba ir con sumo cuidado, en su política de “apretones de manos”.

Los Conservadores necesitaban un guía con fuerte personalidad. Algunos pensaron aun en Santa Anna, pero el sentido común lo rechazaba. Muy reciente estaba su huida, tras el repudio del pueblo. ¿Y, por qué Comonfort no podía ser el caudillo que en esa hora les faltaba? Cierto, se trataba de un hombre liberal, patriota y sincero, que creía en la necesidad de la Reforma, pero pensaba en la realización de ésta por medios persuasivos y poco a poco.

Además, era tímido, débil de carácter, influenciable y voluble, y por añadidura, antirradical. Por él, Ocampo se había retirado del gobierno de don Juan Alvarez y lo había juzgado con severidad.

La atención del clero se fijó, pues, en el presidente. Siguió sus pasos, y si llegó a haber alguna duda sobre la utilidad que podía prestarles, pronto desapareció. Sus palabras al abrirse al Congreso y al hacerse cargo de la Presidencia, convencieron a los enemigos de la Constitución. Coincidían en lo fundamental: En su oposición a ésta. Y, al fin, si después Comonfort no se plegaba a sus directivas, podrían hacerlos a un lado, como realmente llegó a suceder.

La ceremonia inaugural del Congreso, afirmó don José Ma. Vigil, “tuvo algo sombrío. El discurso de Comonfort fue una sucinta y fría narración del estado que guardaban las cosas políticas, que por cierto no era nada lisonjero; pero ni una palabra de entusiasmo ni una frase de encomio a la ley fundamental, nada que condenase las maniobras incesantes de la reacción conservadora; en suma, ausencia completa de ese espíritu, de esa fe que anima a los reformadores que tienen plena conciencia de la obra que ha cometido”.

Por eso deben haberle zumbado molestamente en los oídos las palabras del presidente de la Cámara, don Manuel Ruiz, uno de los diputados de más avanzadas ideas: “El pacto fundamental de la República, al asegurar los derechos sagrados de los pueblos, les alcanzó mejoras y mejoras suspiradas en vano por mucho tiempo; pero los intereses de una mezquina minoría, bien avenida con su dominación opresora, con sus fueros, sus privilegios y su autoridad divina, quedaron heridos; y como por desgracia la conquista no fue completa, los defensores de esos mismos intereses agonizantes recobraron algún aliento y cubriéndose con el manto del patriotismo, y bien de la comunidad, vistiendo el ropaje sagrado de la religión se lanzaron al combate alarmando a los pueblos en nombre de la Patria, de Dios, de la conciencia y de la moral”.

Cuando don Ignacio Comonfort, el primero de diciembre tomó posesión como Presidente Constitucional, señaló que “el más eficaz de los remedios será hacer en el código fundamental saludables y convenientes reformas”. No permanecía en secreto, en verdad, su opinión de que era imposible gobernar con la Carta Magna; sin embargo, estaba en lo correcto al tratar de modificarla por medios legales, es decir, dentro del mismo orden constitucional.

Don Isidro Olvera, presidente del Congreso, tocó en seguida el punto. Sin ambages, manifestó la esperanza del pueblo de no topar con un Jefe del Ejecutivo conspirador, si no leal: “La fórmula con que V. E. acaba de prestar el juramento -le contestó- que para esta solemnidad previene la Constitución, en compendio las principales condiciones para la felicidad del pueblo mexicano. Si la anarquía, si la guerra civil y las desgracias a que conducen estas lamentables situaciones se debieron en otras épocas a la conspiración del Ejecutivo contra las instituciones fundamentales, es sin duda una necesidad imperiosa la que en la nueva era que hoy comienza para la República, el supremo encargo del presidente sea desempeñado conforme a la Constitución, con lealtad y patriotismo; y si la nave del Estado encalló a veces por el descuido con que la dirigiera ese mismo poder y por el abandono en que tuvo los intereses públicos, es también otra exigencia no menos urgente la de que V. E., como acaba de prometer, promueva el bien y prosperidad de la nación, por iniciativa que atenderá debidamente el Congreso, y por una administración sabia y prudente”.

Más de nada serviría la advertencia. Diez y siete días después, Comonfort se convertiría en un infidente más de nuestra historia.