Hablando de reformas


Cuquita de Anda.-

Tercera parte

Los liberales moderados no se atrevieron a consagrar en la Constitución las reformas radicales solicitadas por los puros, que hubieran afectado seriamente en el régimen social, creyendo que en esa forma lograrían armonía y tranquilidad, pensaron que la iglesia y los conservadores, responderían de buen agrado, reconociendo sus propósitos de avenimiento y paz.

Desconocían, por desgracia, la realidad. Las clases reaccionarias no gustan de transar. Cuando ceden, lo hacen obligadas por la fuerza, pero soñando en reconquistar después lo perdido. No quieren las cosas a medias. “Combaten la mitad -afirmo Roeder- con la misma impasibilidad que el todo”. Anhelan conservar siempre cuanto tienen. Hoy, nada menos siguen con la mente fija en los privilegios del ayer. Por eso no aceptaron la constitución que los moderados, ingenuamente, les ofrecieron.

El primero en desconocerla fue el Papa de Roma, Pio IX, ya lo dijimos, antes de ser aprobada le desató la guerra en un consistorio secreto en diciembre de 1856. “De todos estos deplorables sucesos -fue el llamado a la lucha- que con dolor hemos citado, fácilmente deducimos, V V. H H de qué modo ha sido atacada y afligida en México nuestra Santísima Religión, y cuántas injurias se han hecho por aquel Gobierno a la Iglesia Católica, a sus sagrados ministros y pastores, a sus derechos, y a la autoridad suprema nuestra y de esta Santa Sede. Lejos de nosotros de nosotros en que semejante perturbación de las cosas sagradas, y con presencia de esta opresión a la iglesia de su potestad y de su libertad, faltemos jamás al deber que nos impone nuestro ministerio; así es que, para que los fieles que allí residen, sepan, y el universo católico comprenda que nos reprobamos enérgicamente todo lo que el Gobierno Mexicano ha hecho contra la Religión Católica, contra la iglesia y sus sagrados ministros y pastores, contra sus leyes, derechos y propiedad con libertad apostólica des, así como contra la autoridad de esta Santa Sede, levantamos nuestra voz pontificia con libertad apostólica en esta vuestra reunión completa para condenar reprobar y declarar írritos y de ningún valor los mencionados decretos y todo lo demás que haya practicado la autoridad civil con tanto desprecio de la autoridad eclesiástica y de esta Silla Apostólica y con tanto perjuicio de la Religión, de los sagrados pastores y de los varones esclarecidos”.

Así, a nombre de la religión de Cristo, enemiga de los privilegios y de las riquezas acumuladas, se llamaba a la guerra para salvar las riquezas enormes y privilegios de los grandes eclesiásticos; así, a nombre de la religión de Cristo, contraria a la fuerza y la violencia, se llamaba a los mexicanos a matarse entre sí.

Sin embargo, el Alto Clero de México no necesitaba de tales llamados. Mucho antes había organizado ya rebeliones al grito de “Religión y Fueros” contra las medidas reformistas del moderado gobierno de Comonfort, quien por cierto había perdonado a los caudillos presos.

Puebla y Querétaro, entre otras ciudades del país, estuvieron en manos reaccionarias. Secretamente funcionaba el “Directorio Conservador”, que encauzaba las conspiraciones contra el régimen. Las leyes Juárez y Lerdo, la Carta Magna y las leyes de registro civil, la que reglamentaba el uso de los cementerios y la referente a las obvenciones parroquiales -de 27 y 30 de enero y 11 de abril de 1857 las tres últimas- eran los motivos principales de la campaña subversiva.

Claro, hubo elementos de la iglesia que comprendían la mala fe de sus dirigentes. El fraile Ignacio Hernández, por ejemplo, escribió sobre el caso: “No sabemos por qué el clero ha creído ver en la Constitución una cisma que lo espanta, cuando nada hay en ella que sea contrario a las doctrinas religiosas que heredamos de nuestros padres; tal vez ha tomado en el asunto las personas por las cosas; el abuso por la libertad; sus intereses por los del pueblo; sus privilegios por la igualdad ante la ley, y sus riquezas por la santa pobreza en que deben vivir, y de la cual no debieron salir jamás…”.