Hablando de barrios…


Cuquita de Anda

Tercera y última parte

 Ramón Dávila Garibay, al pie del bongo, que era una cubeta de lámina que tocaba melodías para que se contorsionara “La Güera”, emulando a Tongolele, y “Pancho” Moreno imitara al gran Chupamirto, Anita cantaba como los gatos aullando; fueron tandas y tandas inolvidables en el barrio de la Medellín, que quedan en el recuerdo de los que aun existen.

Pasaron las horas y el público se retiró, la compañía repartió sus ganancias; llegó la noche tranquilamente. El baño de la casa de los Moreno estaba en el corral, pero por el cansancio de las funciones no se quitó la carpa, al entrar don Ramón al baño y mirar el manteado (así le decían a la carpa), exhala: “¡Hijos de la… qué es esto!”. Se acerca y no da crédito a lo que miran sus ojos, “¡Dios mío, que no sea cierto!, ¡que no sea cierto!”, baja la vista y mira los boletos en el suelo y vuelve a exclamar ¡jijos de…!

Se dirige a la cama de “Pancho”, lo despierta, lo invita a acostarse en las piernas y le da tres sendos chicotazos. Mañana viene Chupamirto, ¿qué le voy a decir? Que unos escuincles me rompieron el manteado.

Queridos lectores, no hubo tandas por nuestra culpa ese año. Continuó: “¡Ándele, muchacho bribón, háblale a ‘La Güera’!”. En cinco minutos regresó “Pancho” a su casa: “¡Tan todos dormidos, apá!”.

Al día siguiente, antes de irse “Pancho” a la escuela, la busca y le dice, te habla mi papá, haciendo pucheros, me pegó, te quiere dar de chicotazos a ti también, porque echamos a perder el negocio con Chupamirto, no habrá tandas por nuestra culpa.

Transcurrieron los días tristes, para “La Güera” no hubo charco verde, no hubo salidas a Pascuales ni a la Piedra Lisa, porque no quería llegar a casa de los Moreno, ninguna decepción por grande que haya sido le había causado tanto sufrimiento y tristeza, como el de no ir al cuartel general, o sea, con “Pancho”; realmente se sentía apenada pero recordaba la noche de triunfo como actriz imitando a la “Tongolele” que el sentimiento de culpa se esfumaba y sólo quedaba una sonrisa en el rostro de “La Güera”.

Después de un mes, “Tere” le dijo a “Pancho” que le hablara a “La Güera”, que ya no le iban hacer nada pero que volviera, porque le hacía falta para que le ayudara a limpiar la jaula de los pájaros, a ser el pan de natas, que habían hecho, un rico chilayo, y la invitaban a comer.

Sopitos chiquitos de carne molida, Tere cocinaba como los ángeles, ella enseñó a “La Güereja” a cocinar desde pequeña, le indicó lo que tenía que saber una buena mujer cuando fuera grande, por todo el cariño recibido lo guarda un inmenso amor a doña Tere, su segunda mamá, su recuerdo y consejos quedan en ella a través del tiempo, imborrables; igual cariño recibió de don Ramón y una confianza ganada por la honradez de “La Güereja”.

Un buen día miró por la ventana que se estaban preparando para irse al mar, se preguntó: ¿Cómo se pensaban ir sin mí? Venció el miedo y poco a poco se fue acercando haciéndose la chistosa, le dice don Ramón: “Ándale, vámonos”. Corrió a ayudar a subir lo que faltaba y corriendo toda agitada y con los rizos por toda la cara, avisó a su casa y se fueron al bendito charco verde, junto a Armería, llegábamos con Quina en Armería; Miguel nos abrazaba y tomábamos agua y “Tere” le decía a su hermana que si nos acompañaban, cuando podían lo hacían, Quina era hermana de “Tere”, mamá de “Pancho” y vivían en ese pueblo siempre igual, sin cambios de nada.

El pueblo de Vera Vázquez, en donde creó el personaje de “Calabacita” para “La Güereja”, sin saber los alcances de esta niña, que le gustó para su “Campirana”.

Llegan los niños a brinco abierto, y entre gritos y risas bajan para gozar del agua fresca de ese río bello con canto interno, se comunicaba con las palmas y los pájaros; “Pancho” se alejaba a veces para escuchar esa orquesta, todo era bello en la niñez, cuando se es niño tienes en las manos el mundo, llevas cascabeles de alegría a donde vallas, no responsabilidades, sólo la del estudio, cumpliendo con la tarea, todo lo demás lo inventas, te duermes con una sonrisa y despiertas de la misma forma.

Al salir de casa para marchar a la escuela, el azul del cielo te cobija, bella provincia mía, como te amo, Colima adormilada, que has visto pasar mis años mozos y me sigues amando como siempre.

Recuerdo qué temor tenía “La Güereja” de encontrarse con Chupamirto, después del éxito de las tandas de la Medellín. Cada que se topaba con él, ponía los ojos en blanco y le decía a Don Ramón: “Amárrale las ilusiones de ser actriz, que no se arrime a mi carpa”, pero la quería a pesar de arruinarle una feria. De algo quedo segura, Chupamirto nos quería, lo miraban en su forma de tratarlos, siempre le dijo a “La Güereja” que llegaría lejos como artista, “tienes sangre de artista”, le decía, y ella se lo creía, ha vivido para el arte toda su vida y ella dice es el amante más fiel, recuerda su niñez del mercado grande mercado que no debió quitarse jamás ni perder esa arquitectura que tenía. Recuerdan ese flaquito de enormes ojos, “Pancho” Moreno, y a toda la pandilla del cuartel del mercado grande.