Hablando de barrios…


Cuquita de Anda

Segunda parte

Enfrente del número 242 de la calle Medellín se encontraba una vecindad muy original y todos los chavos de ahí eran de la palomilla. Lo curioso de estas viviendas era que la dueña trataba a los inquilinos como si fuesen su familia y la habitación tenia recamara, cocina y comedor, una casa más o menos como las actuales de Infonavit; bueno, un poquito más grandes.

Los amigos que vivían en esta vecindad eran limpios de cuerpo y de conducta, los recuerdo con tanto cariño que ¡qué lástima que les perdí la pista! Éramos como 20 chiquillos que nos aglutinábamos en la camioneta de don Ramón como lata de angulas, pero éramos inmensamente felices, los problemas que tuvieran los padres de algunos de nosotros, no nos afectaban en lo más mínimo.

Desde el amanecer hasta que se ocultaba el día, vivíamos la vida en una constante aventura; un día bailábamos al son de la cubeta en nuestras interminables tandas y al día siguiente le dábamos vida a las aventuras de Superman o cualquier otro héroe de esa época, como Memín Pinguín.

Vas creciendo y vas dejando las vestimentas de tus héroes predilectos, vas adquiriendo las verdades, las responsabilidades y ya no te queda tiempo para vivir las aventuras y las fantasías de cuando eres pequeño.

Frecuentemente, esta palomilla, los domingos, se le encarlangaban a don Ramón Moreno y “Tere” para que los llevara al charco verde.

Todas las tardes eran de alegría y dicha intensa; a “La Güera” le encantaba la adrenalina y juegos de emoción; en la Piedra Lisa, los varones de la palomilla se acabaron los pantalones y nosotras las mujeres los calzones. Mientras jugábamos, “Tere” y Ramón gozaban de las ricas tostaditas con queso, frijoles y col, con un jugo de jitomate de súper chupete.

Cuando el paseo era a la Huerta de San Miguel, la chiquillada pedía irse desde temprano, ya que se alquilaba una de las albercas que se encontraban en donde ahora es el Jardín de Corregidora; eran privadas, cada familia o grupo rentaba su alberca.

Ahí jugábamos a ver quién llegaba primero a la otra orilla, a buscar monedas en el fondo, mismas que los grandes nos aventaban; comíamos ricos tacos paseados, que con hambre, después de la nadada, nos sabían a gloria.

Varias veces, el recuerdo les llega al sentarse en una banca de este jardín, en donde sólo se conservan unos arcos del pasado, que les llamaban la palomilla.

Cuando se hacían la pinta, ¡Virgen de Guadalupe!, a la Huerta de don Ramón caían, estaba en donde es actualmente el Centro de Salud del Parque Hidalgo, marabunta desatada se comían mangos a reventar, estas enormes huertas que colindaban una con otra adornando el frente del Parque, dichosos días que no volverán, travesuras sanas de mentes sanas.

Palomillas en el buen sentido de la palabra, la unión de varios chicos que se reunían en la casa de “Pancho” para hacer travesuras y divertirse. También asistían a la matinée del cine Diana, qué días viendo caricaturas de las de amor, no las de ahora, donde sólo abordan la violencia.

Como hemos llegado hasta esta orilla, no lo sé, de momento empezaron a desgajarse los valores y quedar drogadicción y alcohol en la niñez y juventud, las pandillas son diferentes. ¿Cómo pudimos permitir que nos pasara esto, por la avaricia de unos cuantos?

Cuando el tiempo apremiaba y el calor también, el baño de los caballos les quedaba de maravilla, éstos se encontraban cerca de la Marina, en Las Amarillas, no podían permitir deshidratarse y el baño de los caballos estaba bien, pienso en que era como uno lava carros, pero la cantidad de caballos era enorme en este tiempo.

¡Qué hermosos tiempos!, con razón se dice que todo tiempo pasado fue mejor, y regresando al alboroto de los domingos, se iban al charco verde en donde los enseñaban a nadar con una cámara de llanta colgada de un árbol, donde al subirse a la cámara, uno de los grandes los empujaba y los aventaba al agua por instinto de conservación aprendimos a nadar el que no pasaba esa prueba, ya no lo volvían a invitar, nadábamos como ranas pero, pero flotábamos, que días de charco verde.

En uno de los viajes al charco verde fueron dos amiguitas nuevas del barrio (que por cierto una se caso con El Tigre, un taxista Lupe y Eduwiges con el licenciado Castañeda), pues las invitadas fueron arrojadas por la cámara al agua al ver que no flotaban, “La Güera” se arrojó a salvarlas, una chiquilla de la misma edad que ella las agarró y se las colocó una a cada hombro, pero Eduwiges se desesperó y se abrazó de la cabeza de “La Güera”, sumergiéndolas en las profundas aguas del entonces charco verde.

No le quedó otro remedio a “La Güera” que darle un puñetazo en la mandíbula y arrastrarla inconsciente a la horilla; al ver esto, uno de los adultos y el flaco de “Pancho”, saca a “Lupe”, su hermana, y como ratitas mojadas cimbrándose más de miedo que de frío castañeándole los dientes, parecieran calavera de difunto.

Les pregunta “La Güera”: ¿Por qué chillan si no les paso nada?, y le contestaron las hermanas: “¿Y si nos hubiéramos muerto?”. Y les responde “La Güera”: “Pero no se murieron, la que andaba estirando la pata era yo, por salvarlas y no estoy chillando como ustedes; si no dejan de llorar, no van a hacer admitidas en el club”, automáticamente dejaron de gemir y aceptaron la torta que les ofrecía “Toño” Ortega.

Cuando tocaba ir al mar, amarrábamos una cámara grande con una cuerda y sorteábamos cuántos se subían y cuántos la sostenían; una vez, Pinzón no acomodó bien la cámara, la puso al revés y se enterró en el costillar el pivote, donde le echan aire a la cámara, olvidó decir el sangrerío escandaloso con que lo sacamos del mar y los adultos nos sentenciaron, no más cámara en el mar, y de hoy en adelante, se bañan únicamente en el chapoteadero o el río, si quieren.

Toda la palomilla volteó a ver a Arnoldo con coraje y le dice Anita, la hija de don “Pantaleón”, por tu culpa, sonso, ya no nos vamos a bañar en el mar y con voz de consuelo contesta Pinzón, pero nos queda el río; le curaron el costillar a Pinzón ante la mirada de sus compañeros, no de compasión, sino de coraje, porque por culpa de él no nos volveríamos a meter al mar, cuando menos en la cámara.

El papá de Pinzón tenía un conjunto musical y cuando la pandilla asistía a su casa, cuidado, pues querían tocar todos los instrumentos. Sí, era una linda pandilla; sí, traviesos, pero sólo eso, a través del paso del tiempo todo se ha perdido, sobre todo las costumbres y valores, la edificación del ser en el futuro, las pandillas actualmente no se comen la nata como lo hacíamos nosotros, con la leche del vecino, las pandillas actuales cometen tantas atrocidades que te preguntas si son seres humanos.

Mis amigos tenían dones de todo, médicos, artistas y locos, ya ven que de esto todos tenemos un poco.

Don Ramón le rentaba un manteado (es una carpa grande) a Chupamirto, un cómico de lo mejor, no se ha conocido a nadie como él, su mirada pícara e inocente a la vez y su mímica te trasladaban al verdadero teatro de carpa al teatro de palillo, sólo que Chupamirto era mejor, de un grande como actor que es difícil describirlo por su chiste con doble sentido y sus ojos en blanco en la pregunta pícara.

Dos tandas con un sólo boleto y la gente abarrotaba el teatro en la feria que era el atractivo (Chupamirto), el papá de “La Güera” les tenía prohibido entrar, decía que era de mal gusto verlo, pero la palomilla se las ingeniaba para entrar, pues “Pancho” les daba boletos, es más, feria sin Chupamirto no es feria.

“Pancho” y “La Güera” se metían al corral pensando qué travesura iban a hacer; don Ramón rentaba la carpa a Chupamirto, era octubre, el de la luna llena, el mes de los enamorados y de los niños traviesos.

A “Pancho” y “La Güera” se le ocurrió jugar a la carpa del Chupamirto, la cual guardaba don Ramón en el patio de atrás, donde tenía dos cuartos grandes y ahí almacenaba la carpa; un día, ellos cortaron dicha carpa y como ya estaban los boletos de una vez los cortaron también, para que estuviera la tanda completa, ¡dos tandas por un solo boleto! Y Armida se colocó en la entrada para cobrar cinco centavos.

“La Güera” se colocó un sombrero de plumas y tomó una piel del sofá de “Tere”, se la puso en las caderas, se pintó con crema blanca un mechón y ¡listo!, era “Tongolele”.