Golpe de timón  


Pascal Beltrán del Río

 

El PRI está a punto de designar como su nuevo líder nacional -el número 48 en su historia- a Enrique Ochoa Reza, el hombre más joven que ocupará ese cargo desde Genaro Borrego en 1992.

No me detendré en argumentar si el ex director de la Comisión Federal de Electricidad (CFE) cumple o no con los requisitos para ser dirigente nacional de su partido.

Se ha señalado que en 2010 negó, ante una Comisión de la Cámara de Diputados, ser militante del PRI, aunque la semana pasada exhibió una credencial que lo acredita como miembro activo desde 1991.

Credencial, por cierto, firmada por el entonces líder nacional Luis Donaldo Colosio, quien tenía 38 años cuando ocupó el cargo, cinco menos que Ochoa.

Si el virtual nuevo líder reúne o no los requisitos, es tema de los priístas. Si alguno de ellos piensa que no, puede pelearlo ante el Tribunal Electoral, que sería el que determine si existe alguna violación estatutaria.

Quien dirige a los partidos es cosa de sus militantes. El PRD acaba de ser liderado por Agustín Basave, un externo; y, en el PAN, Roberto Gil fue candidato a la jefatura nacional en 2010 pese a que se señaló que no tenía el tiempo de militancia requerido.

Más interesante, me parece, es tratar de entender el mensaje que se envía cuando se saca a Enrique Ochoa de la CFE -donde enfrentaba cuestionamientos por el alza de tarifas recién anunciado- y se le envía al PRI para sustituir al renunciado Manlio Fabio Beltrones.

Primero, creo que es evidente que el presidente Enrique Peña Nieto ha recuperado el control del PRI en un momento crucial de su administración.

Es probable que si los resultados de las elecciones hubiesen sido otros, el mandatario no habría tenido inconveniente en continuar con el arreglo existente, que denotaba cierto grado de acuerdo entre Los Pinos, el líder nacional Beltrones, los gobernadores y algunos factores de poder en el partido. Pero el hubiera no existe y el saldo de los comicios del mes pasado es implacable.

El PRI ha puesto en serio riesgo su continuidad en la Presidencia. Como ya he comentado aquí, la diferencia para el partido entre gobernar un estado o no gobernarlo es de entre tres y cuatro puntos porcentuales en votaciones federales. Y, hoy en día, esos tres o cuatro puntos pueden implicar ganar o perder la elección presidencial de 2018.

El presidente dio, pues, un golpe de timón tras haber perdido, de golpe, seis gubernaturas que tenía en su poder, cinco de las cuales nunca había dejado ir.

Y Peña Nieto volvió a concentrar las fichas un año antes de que el PRI enfrente una prueba fundamental en sus aspiraciones de retener la Presidencia: La elección de gobernador del Estado de México.

Con su decisión, el presidente ha mostrado que quien conducirá electoralmente al PRI en el último tramo de su gobierno será él.

Eso marcará una diferencia fundamental con Ernesto Zedillo, el último presidente de la primera etapa del PRI, quien dejó hacer al partido, y se desentendió de él, luego de que éste le negara la posibilidad de que sus favoritos para sucederlo -marcadamente Guillermo Ortiz- tuviesen oportunidad de ser candidatos.

La división PRI-Los Pinos terminó con la pérdida de la Presidencia en 2000. Hoy, el presidente ha recuperado el control del partido, aunque no estoy seguro de que cuenta con el apoyo de una parte de la nomenclatura. Si la inconformidad que han manifestado algunos con la designación de Ochoa no se supera, eso quizá también pudiese tener un costo hacia 2018.

El segundo aspecto de la decisión muestra un deseo de renovación de aires en el PRI. Como digo arriba, Ochoa será el dirigente más joven en casi un cuarto de siglo y uno de los 10 más jóvenes en la historia del partido desde 1929.

Me parece que ahí la apuesta ha sido encontrar una figura que puede competir mediáticamente con el panista Ricardo Anaya y hacer aún más evidente que Andrés Manuel López Obrador pertenece a una generación distinta de la mayoría de los mexicanos.

Veremos cómo resulta esa última apuesta. La vez anterior que se hizo algo similar, jóvenes como Javier Duarte y Roberto Borge le fallaron al PRI.