Entre las palmeras


Libres de estorbos

Eunice Flores

 

Una de las malas costumbres que tienen los manzanillenses es la de invadir las banquetas. Cuando les conviene, dicen que son propietarios absolutos de ellas, pero cuando no es así, entonces argumentan que son de todos, como sucede en el caso de la limpieza de las suciedades de las mascotas, por ejemplo, ahí sí, no son de nadie.

Cada vez son más frecuentes los puestos de comida, que ponen sus mesas, sillas o banquitos sobre las aceras, sin importarles nada. Negocios establecidos que sacan sus mercancías a la banqueta, tapando también el área peatonal, sin ningún remordimiento. Y hay hasta quien pone nichos religiosos o siembra árboles, impidiendo el libre caminar.

Creo que estos abusos se deben a que los porteños somos muy dados a caminar por debajo de las banquetas, por un costado de los automóviles, ya que antes resultaba más cómodo, debido a que nuestras aceras siempre se han caracterizado por su angostura e inestabilidad, y se prestaba esta costumbre porque el tráfico vehicular de antaño en nuestro puerto era muy escaso en la ciudad y se manejaba a baja velocidad. De hecho, nuestra niñez la vivimos jugando en las calles, bajo los machuelos.

Hoy, es mayor el porcentaje de la población que tiene la posibilidad de adquirir un automóvil, aumentando el peligro de que las personas sean arrolladas cuando no toman las debidas precauciones. Esto último nos ha obligado a quienes no contamos con un carro, a ahora sí hacer uso de las banquetas, como se debe, tomando conciencia que ya no estamos en un poblado pequeño; sin embargo, son muchas las que están obstaculizadas.

Creo que ya va siendo hora de restringir los permisos para invadir la vía pública, las aceras, y quitar a los que están sobre ellas. Considerando que Manzanillo es una zona altamente sísmica, debiera tomarse esto en cuenta, y hacerse porque nuestras calles estén más libres de objetos que nos podrían ocasionar la muerte o un accidente. Ensanchar las aceras tampoco es muy conveniente para nuestra ciudad y puerto, ya que adolecemos de estacionamientos suficientes para tanto carro, y si esto ocurriera, aparcar los automóviles sería un problemón social.

Ahora que se están pavimentando nuestras calles con concreto hidráulico, aumenta el riesgo de atropellamientos, tanto de personas como de mascotas (que también son importantes), por lo que las aceras son una excelente opción para evitar futuros accidentes, pero necesitamos que estén libres completamente de objetos estorbosos.

Confío en que el Cabildo reglamentará esta situación con medidas más estrictas; pero también, los que andamos a pie, no nos arriesguemos a andar por debajo de las banquetas por gusto.

Otro problemón que tenemos en nuestros márgenes peatonales, sobre todo en el Centro Histórico, es que muchas rampas para los discapacitados son demasiado pequeñas para que quepa una silla de ruedas, y para acabarla de amolar, topan con pared o con poste. Imposible maniobrar así, pues no todas están exactamente en el ángulo, en la mera esquina. A leguas se nota que quien las diseñó es una persona que nunca en su vida ha tomado consciencia de las necesidades de las personas con discapacidad.

Y si a la problemática mencionada le agregamos las abultadas casetas telefónicas, que casi ya nadie utiliza, porque todo mundo traemos un celular, caminar se hace más complicado. El tiempo más difícil para utilizar los bordes laterales de nuestras calles es cuando llueve, ya que es imposible abrir una sombrilla, porque muchas de ellas suelen estar más anchas que las mismas aceras, por lo que acaban enganchándose en los objetos estorbosos o picándole el ojo a un peatón.

Una vez más quiero recordarles a nuestras autoridades municipales que no todos tenemos carros, y que todavía hay muchas familias porteñas que constantemente tienen que caminar sobre las banquetas. Bueno, hasta quienes tienen vehículo, en algún momento tienen que bajarse de él para hacer sus compras, transacciones o, simplemente, por el placer de caminar.

Que tenga un bonito día.