Entre las palmeras


Peligro de quedar incomunicados

Eunice Flores

Una de las características más distintivas de la presente administración municipal es que muchísimas calles y colonias de nuestro querido Manzanillo han sido transformadas en sus vialidades con pavimento hidráulico. Y es que la mayoría de las obras que se hacían antes eran de asfalto, empedrado simple o ahogado en mortero, y las más elegantes, con adoquín.

Aunque eran materiales mucho más económicos, su durabilidad era sólo para un corto plazo. A pesar que no todas las obras han sido al cien por ciento con recursos municipales, la bendición de alguna manera nos ha llegado en la administración de Virgilio Mendoza. Una de las calles que se ha anhelado pavimentar hidráulicamente ha sido la Hidalgo, de las vías del tren hasta la tienda de autoservicio enclavada en esa colonia Libertad, y por más que se intentó hacerlo en cierta administración de hace ya algunos ayeres, no se concretó, que dizque porque era carísimo.

Así que, todo lo que estamos viendo actualmente es histórico, y la durabilidad del concreto, si la Capdam lo permite, es para muchos años. Y digo esto de si la Capdam lo permite porque éstos tienen la costumbre que cada que hacen alguna reparación, rompen y nunca dejan igual de bonito que como estaba.

El único defecto que veo a la hora de ejecutar las obras es que las constructoras no toman en cuenta a los habitantes del entorno y cuando abren para renovar tuberías, lo hacen de banqueta a banqueta, de tal manera que los habitantes para poder cruzar la acera e ir, por ejemplo, a la tienda de la esquina, con algún vecino, un familia o a la escuela, e inclusive hasta su propia casa, tendrían que hacerlo volando.

Por si eso fuera poco, las banquetas las llenan de escombro, tubos, o con el propio material de construcción de la empresa que lleva a cabo la obra. No se preocupan por dejar accesos, metiendo en serios problemas sobre todo a las personas con algún tipo de discapacidad, de la tercera edad o trabajadores que cuentan con algún vehículo, carro, bicicleta, moto o triciclo que utilizan para desempeñar sus labores. Mientras la obra dura, las personas quedan prácticamente incomunicadas.

Hasta ahorita solamente se preocupan por dejar libre tránsito a empresas poderosas o lugares públicos que gocen de cierta importancia, como hospitales u oficinas, que ya sería el colmo que no se les tomara en cuenta; pero sí se olvidan de los repartidores de agua, de pan y bolillo, proveedores de las tiendas de barrio, etc.

Si se presentara una emergencia durante una obra, ni la ambulancia podría entrar, como tampoco un particular podría salir. Toda esta pesadilla me consta, porque yo la viví en mi colonia. Hoy luce muy bonita, es verdad; pero para poder llegar a mi casa, mi esposo tuvo que pelear con el ingeniero de la constructora, llegando a discusiones tremendas y pleitos infructuosos. No nada más fue mi caso, pues también varias personas de la tercera edad pasaron por lo mismo.

En situaciones como ésta, el gobierno no tiene ninguna culpa, porque ni el presidente ni el Cabildo tienen alguna bola de adivinar para estar viendo a detalle lo que sucede en cada barrio de la ciudad. Para eso están los presidentes de colonia y sus mesas directivas, e inclusive hasta comités se forman para que vigilen el avance y la calidad de la obra, y en base a lo que todos ellos ven, tienen que gestionar o dar quejas según sea el caso. Son los presidentes de colonia quienes mejor conocen a los habitantes de su barrio; saben cuántas personas de la tercera edad hay, cuántos discapacitados y enfermos, y las necesidades de su entorno; sin embargo, son ellos los más indiferentes y ni siquiera se atreven a exigir que dejen acceso para pasar sin problema alguno.

En el mejor de los casos, cuando se logra llegar a un acuerdo con los de la constructora, éstos son poner tablas endebles, inestables y pandas sobre las anchas y profundas zanjas, teniendo que pasar por ellas las personas pareciendo jugar al gallo-gallina, abriendo los brazos como avioncito, para poder guardar el equilibrio mientras la tabla baila y se zangolotea bajo sus pies, además de pandearse por la parte central, pues la grieta que hay que salvar es muy enorme. Para colmo, uno voltea hacia abajo, y ve que allá donde puede uno caer hay tuberías y varillas, que amenazan con atravesarnos como a Drácula en caso de dar el zapotazo.

Por todo lo antes escrito, sugiero que las calles se abran por mitades; primero que se trabaje del lado derecho, y una vez terminado de arreglar, hasta entonces se abra el otro, como antaño se hizo con la calle Aldama, la colonia Libertad, en tiempos de mi niñez, lo cual recuerdo muy bien, cuando las calles eran de pura tierra y piedrillas pequeñas.

Que tenga un bonito día.