Entre las palmeras


Eunice Flores.-

*UNA de las facetas que más disfruto de la vida es la de ser ama de casa y dentro de ella, me gusta cocinar. He reflexionado últimamente sobre los cilindros de gas. ¿Quién nos garantiza la calidad de estos envases metálicos? ¿Quién da fe de que son seguros?

Cuando uno va a las tiendas, es muy común ver las calcomanías que año con año pega la Procuraduría Federal del Consumidor (Profeco), después de verificar que estos instrumentos de medición estén despachando correctamente los kilos y también creo que lo hacen con los metros, aunque en estos últimos, las calcomanías se las dan a los dueños de las tiendas para no tapar los números. El caso es que son verificados para la confianza de los clientes.

En el caso de los cilindros de gas de treinta kilos, que están presentes en casi todos los hogares porteños, no se les ve ni una calcomanía de verificación. Es bien importante que año con año la Profeco realice un chequeo a estos contenedores de gas. Se tienen que revisar las válvulas, que abran y cierren perfectamente; que los fondos no estén oxidados o con orificios por donde el combustible se escape y que traigan la cantidad de kilos que deben traer.

Según tengo entendido de acuerdo a lo dicho por propios trabajadores, los cilindros deben ser cambiados cada diez años. Y, ¿cómo nos garantizan a los clientes que los envases tienen menos de los diez años? ¿O quién nos informa si tienen más? Me extraña que, siendo del conocimiento general de los trabajadores de la Procuraduría Federal del Consumidor que el gas que utilizamos en nuestra cocina todos los días, por los menos dos veces cada veinticuatro horas, es altamente peligroso; sin embargo, no están emitiendo verificaciones constantes del estado de los cilindros que almacenan el gas.

Quizá sí lo hagan, pero, lamentablemente, al cliente no le dan ninguna garantía de que así es. Muy pocas veces nos percatamos que las válvulas no cierran, porque no estamos abriendo y cerrando continuamente el gas, como lo hacemos con una llave de agua, pues, una vez que un cilindro se abre, ya no se cierra hasta que el trabajador de la empresa gasera se lo lleva. Otras veces, las válvulas no están bien y hay pequeñas fugas del combustible que no son perceptibles al olfato, y quizá ni tan peligrosas, porque lo escapado es tan, pero tan poco que, como dije, no se nota, pero hace que el suministro dure menos de lo que habitualmente duraría. Hay envases que por la parte de abajo están bastante oxidados y desgraciadamente lo notamos  cuando el trabajador de la empresa gasera lo quita y vemos que en el hueco hay demasiado polvo de óxido, que soltó el cilindro; pero, eso sí, bien pintadito por todos lados a excepción de la zona que mencioné. Y de la cantidad de kilos, de esa ya mejor ni hablar. Pero sí, muchas veces quienes cocinamos continuamente tenemos un sentimiento de culpabilidad cuando el combustible nos dura menos y según nosotras, empezamos a restringir la cocción de los alimentos, comprando ollas caras para ahorrar gas o bajando constantemente la llama, cuando, en realidad, es la empresa gasera la que nos entrega cilindros con menor cantidad de gas; ah, pero eso sí, nos cobran los treinta.

Por todas las razones mencionadas creo que los porteños merecemos seguridad en la entrega de nuestro combustible para cocinar y una forma de hacerlo es que veamos en sus envases la calcomanía anual de verificación que emite la Profeco.

*Que tenga un bonito día.