Entre las palmeras


Eunice Flores.-

Carlos Slim, accionista mayoritario de conocida empresa de telecomunicaciones, sugirió recientemente cambiar el sistema laboral, para que la jornada fuera de 11 horas en vez de ocho, pero solamente tres días por semana, dejando cuatro para descanso.

En lo personal me desagrada esta idea, pues serían demasiadas horas laborales, y tantos días de descanso no compensarían, habiendo un gran desequilibrio. Si cuando se descansa un día, al otro es difícil retomar el rol, el llamado San Lunes, la cuesta de la semana.

Lo ideal sería que se empleara personal y laboraran por productividad y metas; por ejemplo, si se es obrero, se fijarían objetivos a cumplir. Si un obrero tiene que llenar cien latas de un producto al día, y termina este objetivo mucho antes de la jornada tradicional de ocho horas, esta persona ya podría regresar a casa. Igual los oficinistas. Aunque no en todas las empresas se puede hacer esto, como en los comercios, pero la mayoría sí lo podría implementar.

Los países de primer mundo trabajan mucho menos que los mexicanos y, sin embargo, tienen mejor salud, más dinero, más tiempo para dedicarlo a su familia, a la cultura, recreación, educación, deporte y área espiritual.

Sin ir fuera del país, es muy notorio que de una ciudad a otra hay marcadas diferencias laborales.

En Manzanillo se trabaja demasiado, tirando ya a abuso, mientras que en la ciudad de Guadalajara se trabaja menos. Los porteños habitualmente tienen jornadas de nueve a nueve, y en algunos casos hasta las 10 de la noche con el mismo personal; mientras que en Guadalajara entran a las 10 y la mayoría sale a las seis de la tarde, claro, sin salir a mediodía a su casa.

Aquí las plazas y lugares recreativos lucen vacías casi todo el tiempo, con excepción de los domingos, que es cuando se ve a un poquito más de porteños paseando.

En Guadalajara, de las siete de la tarde en adelante, las enormes plazas están llenas de familias, jóvenes, adultos mayores y niños, hay eventos culturales por doquier, muchas obras de teatro, conciertos y funciones de cine se llevan a cabo en la Perla Tapatía, porque los artistas saben que van a ter éxito asegurado en cuanto a la asistencia; bueno, hasta las iglesias están llenas entre semana, y las unidades deportivas ya ni se diga.

Regresando a Manzanillo, aquí casi no hay misericordia para nadie, porque aquí todo es trabajo, trabajo y más trabajo, y si no lo cree, pregúntele a los trabajadores del volante en el transporte público urbano, que empiezan a trabajar desde las seis de la mañana y continúan hasta las 11 de la noche, pero hay que tomar en cuenta que desde las cinco reciben el camión, y después de las 11 que ya no los vemos, le hacen cuentas todavía al patrón, durmiendo escasas cuatro o cinco horas, y esto si la esposa o los hijos no lo detienen planteándole algún problema familiar.

¿Qué obtenemos con reducir las jornadas laborales? Mayor ahorro en servicios empresariales, pues al trabajarse menos, se ahorra luz y agua, se desgastan menos los equipos de trabajo, los patrones y empleados tendrían una vida más sana, y representaría un costo mucho menor en salud pública para nuestro gobierno.

Habría una mayor comunicación de las familias y por ende tendríamos matrimonios más largos, e hijos mejor atendidos. Habría menos drogadicción, se tendría tiempo para tomar cursos, asistir a eventos culturales, practicar algún deporte, convivir con amigos, conocer a los vecinos y hasta nuestra ciudad, la espiritualidad de las personas estaría mejor atendida y, sobre todo, los porteños amaríamos más nuestro trabajo y lo ejerceríamos con mayor calidad.

No se trata de trabajar como bestias, nomás por llenar huecos de tiempos, sino que lo que se haga sea de calidad, aunque se usen menos horas; que seamos más productivos, pues todo mundo sabe que es mejor calidad que cantidad.