Entre las palmeras


Eunice Flores.-

Sosteniendo una conversación con un jovencito de primero de secundaria, me di cuenta que muchas veces se viaja sin apreciar lo que hay a los lados de la carretera.

En esta conversación surgió la duda por parte del muchacho acerca de dónde se ubicaba Mazamitla. Le empecé a dar referencias para entroncarlo a cuatro caminos, y una de las que di fue la zona de puentes que se ubica en el tramo Colima-Atenquique, pues sé que ha ido varias veces a Guadalajara, y mi sorpresa fue que nunca se acordó, ni siquiera sabía de la existencia de esos puentes y barrancas, a pesar de que ha pasado por ahí tantas veces.

Le hice esa observación y me dijo que él siempre que se sube a un carro para ir a distancias largas se duerme. La verdad se me hizo triste e indignante que no se conozcan muchos lugares, porque la gente duerme o se distrae con películas o dispositivos modernos una vez que se sube a un autobús o a un carro particular.

En Manzanillo, como en muchas partes, hay bellezas naturales que muchos no conocen, como es el tramo de Tepalcates, donde confluyen la laguna y el mar, y es un puente bastante hermoso como para pasarlo de largo sin ser apreciado.

Parece ser que la velocidad se ha apoderado de nuestras vidas, las distracciones y hasta el sueño cuando viajamos. Yo estoy completamente en contra de que las empresas autobuseras se preocupen por ser los que le dan más recio y meter a la gente en una caja cerrada con gruesos cortinajes para no ver hacia fuera, y llegar lo más rápido posible a su destino.

Se sabe que la cultura y el conocimiento no se adquieren solamente por los libros, sino también por los viajes; pero han dejado de educar y de ilustrar.

El ferrocarril de pasajeros que antaño teníamos, poseía esa magia de embelesar al pasajero con hermosísimos y diversos tipos de paisaje, y uno podía conocer montañas, planicies, ríos, lagunas, barrancas, pueblos pintorescos, etc. Esto mismo podría apreciarse en carretera si uno valorara estos contrastes que la naturaleza nos presenta. Quizá a estas alturas de la vida muchísimos porteños no sabrían contestar si se les preguntan cosas de nuestro estado.

Muchos dicen que para qué admirar lo que va uno recorriendo, si ese camino se ha transitado cientos de veces a lo largo de la vida, y que por eso prefieren dormir.

Las cosas no son eternas, y todos los días tienen cambios; simplemente la naturaleza nos ofrece distintos colores de una estación climática a otra. Pero además, esto es una mentira, porque cuando viajan a un lugar que les es desconocido, también se duermen.

Me gustaría que los legisladores locales reglamentaran la velocidad para que no haya excesos, de manera de promover la cultura y la educación que se adquiere al viajar -porque los buenos viajes ilustran-, evitar accidentes y que a los autobuses foráneos se les imponga por ley un límite de velocidad, pues aunque dicen que no sobrepasan los 95 kph, sí lo hacen, porque la alarma va pite y pite muchas veces sin parar, y ante esta situación los pasajeros no pueden hacer nada.

Que tenga un bonito día.