Entre las palmeras


Eunice Flores.-

En el marco del Día del Maestro, quiero sacar del baúl de mis recuerdos a una profesora que fue muy importante en mi formación educativa, más exactamente en la primaria. Se trata de la maestra Gloria Ibáñez Escobar, quien me dio clases cuando estaba en el tercer grado de educación básica.

Todos sabemos que ese año es muy importante, porque es cuando se nos enseñan las matemáticas, especialmente las tablas de multiplicar, y las primordiales operaciones aritméticas, como son suma, resta, división y multiplicación.

Resulta que, para una persona con discapacidad visual, como siempre ha sido mi caso desde que nací, es vital saber lo que se escribe en el pizarrón, pues de lo contrario nos quedamos en el limbo, y el aprendizaje es casi imposible en estas condiciones de inferioridad con el resto de los alumnos. La maestra Gloria tuvo la sensibilidad para entender mi limitación y, para ayudarme, me permitía pasar a la pizarra y copiar de una distancia bastante, bastante cercana, las cuentas que había explicado como realizar; y mientras mis compañeros hacían sus ejercicios en sus mesabancos, ella me hacía pasar a su escritorio, y con mucha paciencia me explicaba el procedimiento de cada operación básica matemática directamente en mi cuaderno.

Por esta encomiable acción yo pude aprender y tener un óptimo aprovechamiento, ya que, en ese año, mi boleta de calificación final fue de puro 10. Y no lo digo por presumirme, sino por presumirla a ella. Estoy agradecida infinitamente con la profesora porque me brindó una atención especializada a mi discapacidad visual que muy pocos maestros después de ella tuvieron. Nada que ver con aquella que tuve en la secundaria, por cierto que también de matemáticas, que cuando le dije que no alcanzaba a ver la pizarra desde mi butaca, ella simplemente me contestó que ese no era su problema, y como me perdí de ver todo lo que fue el algebra, obviamente que troné, como dicen los jóvenes estudiantes.

Pero, volviendo con mi ex maestra Gloria, no solamente me dio formación numérica, sino que siempre guardaba tiempo para contarnos hermosos cuentos clásicos de la literatura universal, que, por cierto, gracias a ello le agarré un gran gusto a la lectura, porque creo que esas bellas narraciones tuvieron que ver con que ahora pueda estar escribiendo esta columna en este prestigioso medio, pues desde aquellos años, ya por mi cuenta y por mi gusto, no he abandonado el leer e, inclusive, escribir diálogos a los dibujos que una amiga mía me hacía, tipo historieta o cómic, y que hace algunos años pegaba en las vidrieras de la tienda de mi padre.

Cuando los maestros dan sus clases, sea a la edad que sea a la que la impartan, la forma en que la den a sus alumnos jamás se olvida; ni mucho menos las actitudes que ellos toman para con uno. En el tiempo que estoy narrando, yo tenía apenas ocho años, y jamás puedo olvidar la paciencia, el respeto y comprensión a mi discapacidad visual y el cariño que yo pude recibir de la maestra Gloria Ibáñez Escobar; como tampoco puedo olvidar los malos tratos de la otra, que actualmente es directora de una conocida secundaria, pero que siempre me demostró odio y desprecio.

Según ella, yo no iba a poder avanzar en mis estudios; inclusive, que nunca iba liberar mi certificado de secundaria, pero, esto último no lo logró, y tan lo pude hacer esforzándome, que después estudié secretariado administrativo, computación y actualmente estoy estudiando inglés. Estoy segura que hay poquísimos profesores como la maestra Gloria, ya que la mayoría se comportan de manera indiferente hacia el aprendizaje que sus alumnos puedan tener. Muchísimas gracias, maestra Gloria, pues todo lo que usted hizo por mi jamás lo olvidaré.

A pesar de que nuestro salón de clases era una palapa en la escuela Marina Nacional, pero su clase era de gran calidad. Así que esta columna se la dedico hoy con todo mi cariño a usted, y muchas felicidades.

Que tenga un bonito día.