En la Mira


Zacualpan de mis recuerdos

René Montes de Oca.-

Como buen comalteco, en mi infancia fui guamuchilero; como la generalidad de los niños pobres, una de mis recreaciones inolvidables fueron sin duda aquellas salidas a cortar esa fruta silvestre por los alrededores del ahora Pueblo Mágico de México.

A veces salíamos con rumbo a Los Mezcales, en otras ocasiones por el camino al rancho de Agosto y Paredes Grandes, también le dábamos para el sur, allá por El Pedregal, con rumbo al Río Grande; claro está, siempre a pie, ya desde en esos tiempos de los 50’s practicábamos las ahora en boga “caminatas por la salud”, con la diferencia de que nuestra recompensa era darnos un buen atrancón de guamúchiles, sabiendo de antemano las singulares flatulencias posteriores, causa de bromas muy de chicos pueblerinos inocentes e ingeniosos.

Pero ya desde entonces codiciábamos la fruta de Zacualpan y cuando las inditas de ese lugar llegaban a Comala vendiéndola en sus chiquihuites, de inmediato acababan tan rica mercancía.

Durante una temporada de guamúchiles, había en la escuela un niño que se echaba “unos”, pero en verdad concentrados y la chiquillada nos levantábamos de los mesabancos cercanos ante la pestilencia de los gases.

Para remediar esta anomalía, la maestra decidió mandar llamar a la mamá del niño para recomendarle que le aplicara una purga o tomara algún medicamento que le corrigiera ese malestar digestivo. Pero resulta que la madre era una señora del Distrito Federal recién llegada que se hizo acompañar de una vecina al llamado de la escuela.

Ya sobre el asunto, la maestra le dijo a la señora: “Fíjese que su hijito se echa unas ‘plumas’ muy hediondas y los niños ya no lo aguantan”. La señora no entendió el término que la maestra muy ceremoniosa utilizó para describir los gases olorosos del niño y se quedó en ascuas. La vecina le hizo de traductora para orientarla diciendo “flatulencias, mija; flatulencias, amiguita”; cuando de pronto, se escuchó un grito sonoro proveniente de atrás del salón, en donde se encontraba la chiquillada muy atenta: “¡Pedos, señorita!… ¡pedos! y bien apestosos, ¿ verdad, vales?”.

Aún comemos muchos guamúchiles y mi madre comalteca de pura cepa, a sus 87 años de edad, acompañada de hijos y nietos, hace una ceremonia sentada en la banqueta de su vivienda en la colonia Magisterial de la capital, dedicándose a comer guamúchiles que compra en abundancia a las nativas de Zacualpan que aún comercializan rústicamente el producto en nuestra gran ciudad.

Me encanta platicar con las señoras vendedoras y siempre les digo que admiro y quiero a Zacualpan porque en una ocasión constaté la bondad de su gente, su espíritu de superación y su esfuerzo por progresar en un ambiente la unidad dentro de su comunidad indígena.

Iniciaban los 70’s cuando eché a andar el primer Centro de Capacitación Política en la sede del Comité Directivo Estatal del PRI. Para impartir las clases invité un selecto grupo de profesionistas y en el caso de la materia Desarrollo de la Comunidad, le brindé la oportunidad a una talentosa jovencita recién egresada del Vasco de Quiroga, que me enteré estaba muy versada en trabajo social.

En efecto, Pastora Leticia Ferráez Lepe, oriunda de Manzanillo, resultó una dama muy inteligente y con una iniciativa sorprendente. Para cerrar el programa del curso teórico, me propuso una práctica de campo con los alumnos con duración de tres días en Zacualpan; propuesta que de inmediato acepté, conociendo nuestra situación de falta de apoyo financiero para estas actividades.

Pero en fin, comprobé que con imaginación y trabajo, todo se puede; el presidente municipal de Comala y el dirigente del PRI en ese mismo municipio, Jesús Valencia Salazar y Leonardo Fuentes Campos, respectivamente, me tendieron la mano pagando, cada uno de ellos, un día de estancia de los muchachos en la comunidad.

El trabajo dirigido por mi amiga Pastora fue tan bueno en Zacualpan, que mantuvo a la comunidad participando con mis alumnos del Cecap, todo el tiempo en un ambiente de entusiasmo y camaradería, lo mismo en investigaciones, prácticas deportivas, noches literarias musicales y convivencia de superación. Con tristeza al segundo día le dije al Comisario del lugar: “Fíjese que hoy nos despedimos ya que no tenemos para un tercer día de alimentos”. Jamás olvidaré aquella modesta autoridad, que con su respuesta, habló muy bien de la moral indígena: “¿Y quién le dijo que ya se iban, maestro René?, todos ustedes se quedan y los alimentos del tercer día, ¡van por cuenta de la comunidad!”.

Por eso quiero a Zacualpan y siempre la recordaré agradecido, porque me duele la situación por la que atraviesa. Ahora me entero que un grupo de amigos de ese lugar intentarán platicar con Peña Nieto, ojalá y que el presidente los escuche, que sea justo en su solución, quien analice la problemática y que su veredicto unifique a mis amigos zaculpeños, que vuelvan a ser aquel pueblo hospitalario, pobre, trabajador y digno; unido en sangre y en ideología, al margen de los vicios de la codicia y la mezquindad.

Zacualpan pueda salvarse, eso queremos todos los colimenses, sin distinción de grupos ni politiquerías baratas, todos los indígenas son orgullosamente colimenses, amigos entrañables y gente de bien; ¡dignifiquemos nuestras raíces!, ¡respetemos nuestra identidad!