En la Mira


La literatura como factor de cambio

René Montes de Oca.-

La pasión por escribir debe estar siempre motivada por el anhelo de contribuir a la buena conformación social. El escritor, en cualquiera de los géneros, debe exaltar en su obra las bondades de la vida, buscar la motivación para el logro de la felicidad plena, transmitir optimismo, manejando como premisa los valores y los buenos principios; esgrimiendo la sensibilidad íntegra, en la lucha permanente contra los vicios y malas actitudes que representan una verdadera amenaza para la armónica integración de un tejido social saludable, propositivo y noble.

Escribir por escribir, atiborrar de letras determinado texto, descuidar su contenido literario con valor social, es condenarlo a la intrascendencia.

Esto de ninguna manera quiere decir que el autor deba forzosamente comprometer su obra a la incondicionalidad, doblegarla a la inercia del medio, acoplarla a los desaciertos, apagarla en aras de agradar a un sector que se pierde en los halagos, en las falsas apreciaciones, en un esnobismo que degrada la verdadera causa literaria.

Es que la literatura a través de la historia ha encausado luchas, alimentado revoluciones, generado cambios, fortaleciendo estructuras sociales deterioradas y generando nuevos modelos de convivencia social.

El autor, al concebir su obra, siempre debe tener cuidado de fijar de antemano su objetivo social, percibir la reacción que su escrito ocasionará en el lector, procurando que éste venga a contribuir a las mejores causas, que sea motivo de reflexión para mejorar el comportamiento de una humanidad, que siempre tiende a salirse de las buenas costumbres, incurriendo en desatinos.

Tres escritores colimenses me llaman de momento la atención por sus obras que impactan, que son oportunas, que aparecen en el tiempo y espacio en que se cuestiona la temática sobre la cual precisamente tratan sus textos.

Cuquita de Anda Díaz, fina dama enamorada de la vida, luchadora social, promotora incansable de las buenas causas, valiente emprendedora y reconocida formadora social, marca pauta al tocar el tema castrense, es atinada, porque le apuesta al sector que ha logrado mayor grado de inmunización contra los malos artificios de una corrupción enfermiza y una deslealtad que avergüenza al México contemporáneo.

Francisco Vázquez Martínez, profesionista y líder, luchador incansable, tiene la virtud de plasmar en el género de la novela liviana la fuerte problemática representada en una lacra social enfermiza y ruin. La pluma de este prolífico autor colimense utiliza la sátira irónica para exhibir corrupción, burocratismo, soborno, complicidad gubernamental y desfachatez, condenando estas negativas actitudes al rechazo social, considerándolas inmoralidades vergonzantes que buscan ocultarse en un ambiente de frivolidad materialista y perversa.

Alfredo Juárez Albarrán, con gran profesionalismo, pondera la mística del médico colimense, habla coloquialmente de un sector muchas veces incomprendido, eleva a los hombres de blanco al rango del apostolado y reconoce su misión inconmensurablemente generosa.

Obras como “Los pilares de la medicina en Colima” apremian, porque vienen a conformar con solidez la nueva figura del médico, de ese guardián de la salud que no descansa, que no tiene tregua en su misión sublime.

Es la obra del caballeroso y fino médico Juárez, un verdadero legado histórico que enorgullece el profesionalismo en el ejercicio de la medicina que ha caracterizado a una pléyade de hombres y mujeres que han dejado sus mejores años y su vida al servicio de sus semejantes, aquellos que no olvidan su juramento hipocrático, los beneméritos de la salud, los que se han venido consagrando en una labor que puede colocarlos en un lugar privilegiado en la escala de valores, pero a la vez, lo que los puede conducir a un lugar en donde las tentaciones los hagan olvidar su ética, ocasionando actitudes despreciables, muy lamentables por negativas.

La obra de Alfredo es oportuna, porque viene a rescatar una profesión demeritada hasta cierto punto por la especulación mediocre y difamada recientemente por las autoridades en el estado de Jalisco.

Cuquita, siempre defensora del pundonor militar, en la práctica ha sido apasionada de la probidad castrense. Su experiencia como gallarda soldadera, su convivencia con la agreste serranía en campamentos militares, su abnegada lealtad al lado de su pareja en misiones peligrosas, han conformado una fortaleza indescriptible en su figura literaria; indescriptible porque su mensaje es profundo, su narrativa sincera, sus letras motivan, sensibilizan y enorgullecen.

La obra de nuestra muy sincera y valiosa amiga es importante, ahora que se discuten temas como el Servicio Militar para mujeres. Leer a Cuquita sería muy motivador para un sector que manifiesta un preocupante rechazo a incorporarse a un servicio militar que en el varón es obligatorio y motivo de orgullo nacional.

Nuestra amiga escritora ha fortalecido en quienes hemos tenido el privilegio de leerla, esa confianza en la institucionalidad de nuestra fuerza armada, ahí radica la importante labor de la literatura que orienta, que informa, que analiza, arroja luz y conforma valores.

En cuanto a la obra de “Pancho” Vázquez, vale la pena decir, es contundente en estos momentos álgidos por los que atraviesa el país. Sus personajes, esos que fueron producto de una imaginación novelesca, ahora, por desgracia, cobran vida a lo largo y ancho de nuestro territorio nacional.

Nuestro autor colimense fue preciso en su denuncia, certero en su análisis de la problemática socio-política, crítico acertado que advirtió con su pluma el estado de degradación por el cual desgraciadamente estamos atravesando.

Adelante con su pluma mis inteligentes compañeros, su obra no es en vano. Colima es capital de la cultura y muy pronto regalarán, otra vez, muchos libros casa por casa. Ojalá que muchas de sus obras lleguen a todos los estratos colimenses, que se difunda su ideología y su acertada acción literaria, es mi mejor deseo. Enhorabuena.