En la Mira


René Montes de Oca.-

LA sutileza literaria manejada en las primeras páginas de la novela Abelardo “El rostro de una vida” del prolífero autor colimense José Francisco Vázquez Martínez, nos habla de que su pluma se deja guiar por el corazón, como él mismo lo afirmara en reciente entrevista. El hecho de que el protagonista principal, aparezca de la nada en un ambiente costeño, dedicado a la meditación y a la observación de la naturaleza. Crear a un Abelardo silencioso y taciturno, expiando sus culpas pasadas, fortaleciendo su alma con la energía del Océano, vivificando su ser con el aire puro del trópico, dignificando su figura en la humildad y la sencillez de un anonimato reconfortante y saludable; le proporciona calidad a la obra literaria que además de analítica y reflexiva, representa una severa crítica a la degradación social que nos ha hecho víctimas en medio de la violencia, la codicia, la deslealtad y la total carencia de buenos principios.

El autor, nos hace sentir el estruendoso sonido de un río crecido, la inmensidad del mar adentrarnos en la noble faena de la pesca ribereña, nos ubica con habilidad en el paisaje natural que ha inmortalizado a García Márquez y Rómulo Gallegos, entre otros.

El contraste es uno de los méritos de la obra de Vázquez Martínez, porque ilustra al lector al presentar dos polos de convivencia social; el apacible, honesto y gratificante, por un lado y por el otro, el sucio, deformado, corrupto, enajenado, degradante y violento.

El lenguaje coloquial de la obra la hace amena, es didáctica, oportuna, saludable y valiente. Reconoce el poder del crimen, su disciplina y organización, por una parte, pero por la otra, exhibe la actitud de algunos políticos cobardes y desleales, dando lugar a que el lector haga sus propias conjeturas: ¿Quiénes dañan más a la sociedad?

La novela tiene sensibilidad, resalta los valores de la formación en el hogar, la fortaleza de la pobreza, cuando se lleva con dignidad y una moral bien definida.

En lo particular, disfruté el capítulo “Mi padre ha muerto” porque en él se plasma la inmensidad del progenitor que cuando carece de todo, ofrece a su familia lo único que es muy suyo, lo más valioso; el amor que emana de un corazón noble, humilde pero inmenso. Recordé la muerte de mi papá, en circunstancias semejantes al de la novela. Encontrar al amanecer, el rostro apacible, tranquilo, sereno y satisfecho de tu mejor amigo, tu protector, tu fortaleza, que se va para siempre, es satisfactorio, ya que cuando se sabe vivir con valores, también se muere en plenitud en medio de la grandeza de la armonía y la paz, con la inmensidad inconmensurable de haber cumplido.

Dos cosas igual de repugnantes nos llaman la atención en la novela; la forma cómo se alimentan los peces con los desechos asquerosos de las letrinas de los barcos, así como la sucia complicidad del Gober -como lo llama Vázquez Martínez en la novela- el personaje más ruin de la obra, el desleal, el cobarde, el cerdo que grita aterrado cuando lo llevan al matadero. Es que ante la organización criminal descrita en la novela, no se perdona la traición ni la deslealtad, no cabe la urdimbre ni existe la impunidad que en otros ámbitos, alimenta el cinismo y la perversidad hipócrita. La novela nos conduce a la reflexión sobre el enorme riesgo que se corre cuando existe complicidad narco-política, ya que el crimen organizado surge para generar violencia a través de hechos delictivos, como quien dice, anda en lo suyo, pero la clase política, cuando pierde los escrúpulos y se aparta de su noble misión, causa repugnancia porque se alimenta de excremento humano, como aquellos voraces peces de la obra crítica de Francisco.

Considero pues, la obra de Abelardo, un reto que el autor cumplió en un tiempo récord de un mes pasadito para su publicación, pero a la vez, debe representar para todo lector, un verdadero desafío, un llamado severo a las conciencias, una cátedra de moral y sensibilidad, para que la empresa encaminada a combatir la violencia, crezca y se fortalezca. Leyendo Abelardo, superaremos nuestra conciencia cívica, el valor de la obra es que lastima porque es cruda, pero a la vez reconforta al conducirnos a un final feliz, reconociendo los valores humanos como el recurso más efectivo para apartar a la comunidad de las malas costumbres. Esta obra del escritor del barrio de San José, es meritoria, certera, orientadora, nos involucra en la trama, porque desgraciadamente México vive en un ambiente degradante, lo vemos a diario y eso nos preocupa a todos. Michoacán es un desastre, Guerrero está cuestionando con severidad a sus autoridades por actos que simple y sencillamente no se deben registrar en una nación que aspira a ingresar al primer mundo, que intenta dar un salto enorme, pregonando fuera de las fronteras una situación muy diferente a la que vivimos los mexicanos, cuando por sólo poner un ejemplo; la educación pública se desprestigia con fines aviesos, el magisterio es hostigado como gremio batallador y protagonista ejemplar en tiempos difíciles, mientras que la aplicación de la justicia es precaria, algunos funcionarios  encumbrados en el ramo, son torpes e inmorales y no llegan al cargo por capacidad si no por influencia política.

Cuando gentilmente el autor me hizo llegar su libro, me recomendó ir identificando a los personajes con familiaridad provinciana, ahora que concluí la lectura del texto, estoy en condiciones de decirle a Francisco, que posiblemente haya ubicado por ahí a uno que otro protagonista, que no puedo señalar con certeza, aunque la novela tiene la calidad literaria de pintar una triste realidad socio-política, que todos percibimos, pero no nos atrevemos a precisar. Aunque pensándolo bien, no debemos pecar de suspicaces y limitarnos a atender la recomendación hecha por el autor al inicio la novela. “La presente obra es producto de la imaginación donde el autor nos da escenas sin la menor intención de comparación o alusión  a alguien en particular. Todo aquello que tenga parecido con la presente o con sus personajes, es coincidencia, en la literatura cabe todo lo que el escritor dicte. Aquel que dé nombre a los personajes, lo hace bajo su estricta responsabilidad”.