En la Mira


René Montes de Oca.-

“Un buen maestro es como una vela, se consume a sí mismo para dar luz a otros”. Mustafá Kemal Atatûrk.

El próximo día ocho de este mes, en conocido restaurant de nuestra ciudad, nos daremos cita los compañeros egresados en el año de 1965 de nuestra Escuela Normal de Maestros “Profr. Gregorio Torres Quintero”. En esa reunión, haremos los preparativos del evento conmemorativo a realizar el próximo año en el cual cumpliremos medio siglo de haber concluido una carrera que nos ha llenado de satisfacciones durante nuestra azarosa vida.

Los que aún sobrevivimos de nuestra generación, vamos al encuentro con los años, con un bagaje muy significativo sobre nuestras espaldas; nuestros pasos ya no serán tan firmes como hace cinco décadas y en algunos casos, como el mío, mostraremos inseguridad al caminar, debido a las secuelas de algún daño físico propio de nuestra edad.

Trataremos de acudir a la cita, lo más presentables posible, utilizaremos maquillaje y otros auxiliares de belleza, para disimular la huella que en nuestros semblantes ha dejado el paso del tiempo, los sinsabores de la vida y las enfermedades. Sin embargo, no encontraremos producto milagroso que nos regrese la juventud de antaño, ese divino tesoro que se va para nunca más volver.

Pero en nuestro caso, serán las satisfacciones que deja el ser maestro de escuela, las que nos darán la fortaleza para enfrentar la edad que se acumuló sutilmente sobre nuestras figuras, mientras nos entregábamos a la noble tarea de educar.

El espejo no miente y las fotografías en ocasiones parecerán tan crueles, que nuestros seres queridos preferirán no difundirlas; pero sin duda, no existe sobre el planeta nada más satisfactorio que mostrar el desgaste corporal, que habla elocuentemente de la vida que entregamos con cariño a una profesión tan digna y humanista.

Hace días saqué de mis archivos más valiosos una bonita fotografía de mi amiga Aurora Rubalcaba Gutiérrez, que data de hace más de cuatro décadas, la cual fue publicada en la columna “Del Mar al Volcán”, de EL NOTICIERO, para corregir la omisión involuntaria en una colaboración anterior, puesto que Aurorita fue la primera senadora de la República por nuestro estado. Al recordar a esta bella dama, me pregunté: ¿Qué sería de su vida? y gracias al internet, tuve el privilegio de ver una fotografía reciente de esta dama a quien siempre admiraré y apreciaré. La política colimense, quien fuera senadora junto con su tocaya Aurora Navia Milán, de Zacatecas, fue una de las primeras mujeres que ocupó una curul de esta importancia, también fuer la primera delegada de la Secretaría de Educación Pública en Colima, a quien le correspondió iniciar los trabajos de la descentralización educativa, sentar las bases de lo que luego fue Unidad de Servicios Educativos a Descentralizar, posteriormente Servicios Coordinados de Educación y actualmente Secretaría de Educación del Gobierno del Estado.

Me encontré en la fotografía de internet a una Aurora que afortunadamente goza de buena salud física, pero noté que el paso de los años ha dado un toque de inmensa grandeza y personalidad a su semblante que siempre ha personificado carisma y belleza. El tiempo que pasa y deja huella sobre nuestra existencia, colma de valores a mi amiga la política humanista, quien sabe gozar de las bondades y el mérito de vivir plenamente, con toda inmensidad y buena fe.

No cabe duda que vivir en un ambiente de valores dignifica la senectud, la tercera edad luce orgullosa, cuando se ha tenido el cuidado de cultivar un corazón noble y generoso. Es importante llegar a la recta final de nuestra existencia gozando de perfecta salud moral, puesto que esta condición proporciona la fuerza para lucir un cuerpo desgastado con orgullo y satisfacción.

Sólo los torpes se avergüenzan de los daños corporales, tratan de disimular las imperfecciones ocasionadas por el paso de los años, sin percatarse de que en el alma, también pueden acumular serias lesiones, las cuales al final de cuentas, son las que les impiden ver la vejez con alegría, las arrugas como huella de sabiduría y las canas como aureola plateada de divinidad.

Por ello, el día ocho, acudiremos al encuentro con los años, ahí nos veremos en el mejor espejo: El de los compañeros de escuela; como los contemplemos estamos y desde el punto de vista que los apreciemos, detectaremos sus valores, sus experiencias, su madurez y su nueva filosofía para saber apreciar las cosas.

No debemos olvidar que el tiempo es vida y debemos reconocer orgullosos, que nuestra vela se ha ido consumiendo poco a poco, pero con el noble propósito de dar luz a nuestros semejantes.

Un saludo afectuoso a la señora Olguita, madre de nuestro compañero Javier Díaz Márquez, una mujer admirable para quien siempre profesaré un respetuoso cariño por sus virtudes como esposa y madre; una dama que sabe querer a los amigos de sus hijos, esperando nos acompañe como siempre en el evento del viernes.