En la Mira


René Montes de Oca.-

Resulta agradable escuchar al Lic. Mario Anguiano, gobernador constitucional del estado, cuando habla de apoyos por varios centenares de millones de pesos al campo colimense y hasta cuando expone Carlos Cruz, delegado Federal de Sedesol, que esa dependencia también canalizará 200 millones de su presupuesto para apoyo al mismo sector, nos emocionamos.

Ojalá, en verdad hacemos votos porque esas buenas intenciones no se pierdan en la vorágine burocrática de las dependencias encargadas de la distribución de los recursos, que las acciones no se cubran de niebla y que la transparencia aflore, dando certeza a las personas que se dedican a cultivar la tierra con afán y buena fe, a esos hombre y mujeres que merecen respeto y apoyo, seriedad y compromiso.

Porque el panorama pinta desalentador. Los cañeros en plena campaña para renovar su directiva, hablan de mejores tiempos, tienen fe en que el azúcar refinada recupere el terreno que le está ganando la fructuosa, añoran aquella época de apogeo que en realidad no supieron aprovechar para modernizar los campos con tecnología de punta. Fueron tan negligentes sus políticas que ni siquiera en plena bonanza productiva pudieron mejorar los métodos arcaicos del corte de caña, para dejar de contaminar la zona urbana con la nociva ceniza de las primitivas y antiecológicas “quemas”.

Resulta penoso que los ingenios azucareros se sigan manejando con el mismo viejo sistema, ver el batey desordenado, el sistema de acarreo riesgoso, lento y sucio. Una industria a la que se le ha sacado mucho jugo… quizá demasiado, pero en cambio es poco… muy poco, lo que se le ha retribuido en progreso tecnológico, poniendo en práctica una nueva moral productiva, las más elementales normas de progreso y bienestar que permitan sanear la industria y ofertar un producto de óptima calidad, científicamente mejorado, más depurado, saludable y nutritivo y, sobre todo, competitivo comercialmente.

El problema cañero es grave, porque los productores se están encontrando con los resultados de su irresponsabilidad acumulada por muchas décadas, su falta de visión modernista. Durmieron el sueño de los justos en tiempos de bonanza, no pusieron nunca en práctica políticas previsoras.

La caña enriqueció a unos cuantos, las prácticas de acaparamiento de parcelas cañeras, los contubernios entre funcionarios del ingenio y los liderazgos obreros y campesinos, lograron establecer un sistema colmado de vicios y abusos, en el cual el productor más pobre siempre salía perdiendo. Pero la caña fue buen negocio, hizo señorones a los más vivos, transformó unas cuantas economías familiares, pero hundió una actividad agroindustrial importante que ahora agoniza inexorablemente. Urge darle al sector azucarero ¡más guarapo y menos bagazo!

Por otro lado, los maiceros también reclaman mejores condiciones, más apoyos, crédito efectivo, mejoramiento tecnológico, bajos precios en los insumos. Colima fue productor de maíz por excelencia, pero ahora la mayoría se importa. Los campos prácticamente se deforestaron para robarle terreno a la tierra laborable, hubo hasta una campaña que se denominó: “Que sólo los caminos se queden sin sembrar”. Pero ahora los productores de maíz, también lamentan la endeble estructuración de sus proyectos, la caída de programas, además de muchos intentos gubernamentales que sucumbieron ante el embate de la corrupción en el campo.

Ahora, los productores están abiertamente en manos de los acaparadores, a merced de los “coyotes”, los encarecedores, quienes manejan precios de insumos y productos a su libre albedrío, con políticas deshumanizadas y colmadas de inmoralidad, haciendo añicos un sector que en un tiempo fue orgullo de Colima.

Los productores de hortalizas aún no desmayan y hasta altos funcionarios a nivel nacional, felicitan a los colimenses dedicados al cultivo de papayo, por su avanzada tecnología en los sistemas de protección. Pero una seria amenaza nos acecha, son las plagas las que abundan en esta actividad agrícola y la papaya empieza a tener las pesadillas de algunas, como las manchas crónicas de la cáscara, que aunque no restan calidad al producto, demeritan su presentación en el mercado.

El productor debe entender las nuevas políticas del campo, mejorar su tecnología y marchar a la vanguardia en innovaciones, con la mentalidad de que ahora la agricultura requiere mayor inversión, un criterio menos mezquino; el campo nos necesita para poder responder a nuestras aspiraciones, no podemos entrarle a la competitividad en calidad, precios y cantidad, mientras no aceptemos que hay que mejorar las técnicas y proteger los cultivos durante todo su ciclo, con responsabilidad y cuidado extremo.

Debemos de reconocer que las plagas entran por la vulnerabilidad arcaica de los productores, la cual sigue siendo mezquina, nada más quieren obtener el producto, sin invertirle a los cultivos. Si no damos amor y cuidado a la tierra, sólo veremos la cara árida de una mala producción y el desencanto del fracaso agrícola. Por ello siempre pondremos en duda la real efectividad de los apoyos financieros al campo, mientras no se inyecte moral y valores, que transformen tanto a las instancias gubernamentales como a los productores, quienes se vienen acusando mutuamente de los fracasos agrícolas, señalan al de enfrente pero no hacen nada por adoptar políticas más honestas, acciones menos corruptas y viciadas.

Es el momento de que consideremos al campo como fuente sabia generadora de alimentos, una madre que germina la semilla amorosamente, la fábrica que la naturaleza ofrece a la humanidad para que en ella se realicen proyectos humanistas, acciones colmadas de calidad y valores.