En la Mira


René Montes de Oca

“Si se educa a los niños, no será necesario castigar a los hombres”.

Pitágoras de Samos.

Hace un mes, cumplió 100 años de vida la Profra. Celsa Lorenzano Velasco, con tal motivo la felicitamos, en primer lugar por haber llegado a su centenario con buena salud física y mental; y, en segundo, por entregar de manera sublime siete décadas a la educación de Colima. A la fecha no hay mentor con vida que haya superado esa cifra como docente, lo que representa todo un acontecimiento dentro del sector educativo.

Un centenario se celebra hasta post mortis, cuando la obra realizada durante ese siglo es generosa, deja huella. En este caso, no me voy a referir a ningún premio Nobel ni a gente de altos vuelos culturales, científicos, políticos o empresariales; simple y sencillamente honraré el trabajo de una modesta maestra rural, que inició siendo casi una niña, llevando educación a los rincones más apartados del estado, montada en un borrico en algunas ocasiones, otras a pie, cruzando veredas, con un costalillo al hombro, cargado de lápices, cuadernos, gises y borradores, además de algún material para la enseñanza de lo más elemental, las herramientas para educar y erradicar el analfabetismo.

Nosotros fuimos apóstoles, misioneros de la educación, me dice doña Celsa, no nos consideramos profesionistas ni siquiera conocíamos la normal, ni tanta política laboral. La calidad de la que ahora se habla no era nuestra preocupación, nos apuraba más darle un taco al niño y dedicación a su aprendizaje en la lectura y escritura.

Fuimos testigos de hambre, enfermedades y pronto nos involucramos en la problemática que vive el campesino. Yo procuré capacitarme en primeros auxilios, aprendí a inyectar y siempre cargaba con mi suero antialacránico.

En una ocasión me llegaron unas personas de otra comunidad con un muchacho muy grave picado de alacrán, les dije las recomendaciones para poder aplicarle el suero y a mi juicio, no se encontraba en condiciones de recibir el medicamento, pero sus padres me insistieron hasta el cansancio y se hicieron responsables del caso, por lo que procedía a inyectarlo y luego se retiraron de mi casa. Pasaron algunos años y un buen día llegó un muchachón, grandote, con un buen canasto de pitahayas y tocó a mi puerta. Le abrí para decirle que no compraría el producto a lo que me respondió: “Se las vengo a regalar maestra”, al ver mi asombro, me dijo: Yo soy aquel chiquillo al que le salvó la vida cuando ya casi me despachaba pa’l otro mundo un alacrán, ¿ya no se acuerda? Y cómo no me había de acordar, si lo que nos pasa en las comunidades permanecen en nuestra mente toda la vida.

Efectivamente, la presencia del maestro siempre fue cobijo para el medio rural. Algo está fallando en esa zona ahora, que ese sector está a merced de los malos, ya se hizo muy vulnerable. Las penitenciarías están repletas y la mayoría de internos carecen de educación, la ignorancia va asociada con las prácticas delincuenciales. Niños, muchos niños que no se educaron, ahora son hombres que requieren las sanciones del Estado.

Nosotros, me siguió diciendo la centenaria mentora: No íbamos a sacar “lumbreras” ni nos dábamos el lujo de concursar, no estábamos en condiciones de ostentar, nos conformábamos con subsistir, nuestro objetivo era formar buenos ciudadanos y la técnica que usábamos era el sentido común y a veces hasta la religión. Tratábamos de hacer personas de bien a los campesinos y que más o menos se defendieran con la educación elemental que nosotros, modestos preceptores, les proporcionábamos con recursos sumamente limitados.

“El objetivo de la educación es la virtud y el deseo de convertirse en un buen ciudadano”. Platón.

Miles y miles de caritas humildes y chamagosas pasan ahora por mi vieja memoria, a cada rato, aquí en mi lecho, entono coros escolares, canciones rancheras, me sigo sintiendo una profesora rural y a mucho orgullo, aunque agradezco al gobierno que me haya brindado formación normalista a través del Instituto Federal de Capacitación del Magisterio y más, que me haya permitido participar en el escalafón que me colocó como primera Jefa de Sector de Educación Primaria en el estado d Colima. Fui profesora en la Escuela Tipo, la más prestigiada en mis tiempos, directora de escuela, supervisora de zona también, pero lo que más me satisface, fue mi entrega a la educación rural, a donde fuimos a coadyuvar a la noble tarea de que el niño se descubriera, que tuviera noción de que existía, tomando en cuenta estos factores, como base para su educación elemental.

Ahí, feliz y satisfecha, nos despedimos, dejando en su lecho a la agradable viejecita, viviendo en su pasado honroso, del cual dijo: “Nomás los recuerdos quedan”.

“Educar a un niño no es hacerle aprender algo que no sabía, sino hacer de él alguien que no existía”. John Ruskin.